El Mago de Blackland - Libro I - El Despertar

Capítulo 28

La noche se desplomó sobre Blackland.

No fue un manto suave ni un tránsito natural del día. Fue una sombra arrancada del cielo, empujada por el humo de las reservas ardiendo, por el hollín que subía en columnas negras desde las torres secundarias, por el olor espeso a resina quemada y carne chamuscada que comenzaba a trepar las murallas. Las almenas, horas antes ordenadas en líneas limpias de piedra y acero, ahora eran un enjambre vivo de siluetas tensas, de pasos apresurados, de manos que cargaban haces de flechas y cubos de brea.

Desde la colina alta, más allá del alcance inmediato de los arcos, Ander Morgan observó el fuego con los ojos entornados. Las llamas no eran un accidente. No eran una sorpresa. Eran la señal.

El estandarte de Khoros; negro, pesado, con el sigilo dorado bordado en hilos que parecían sangre seca, ondulaba detrás de él como una sentencia dictada antes del juicio. Morgan no gritó. No necesitó hacerlo. Alzó el brazo, lento, seguro, y lo dejó caer.

El cuerno de guerra respondió.

El sonido atravesó el valle como una herida abierta. Grave. Prolongado. Un bramido que no pedía permiso ni anunciaba intenciones… ordenaba muerte.

Las primeras filas comenzaron a moverse.

Desde las murallas, los vigías lo vieron todo al mismo tiempo. El suelo vibró. No como un temblor, sino como una respiración contenida que de pronto se liberaba. Filas compactas de hombres avanzaban con escudos al frente, las lanzas inclinadas, los cascos reflejando el fuego lejano. Detrás, las sombras más densas, los equipos de asedio, empujando estructuras de madera reforzada que habían resguardado en la retaguardia de sus filas, escaleras largas como árboles muertos, el ariete cubierto por una estructura de cuero empapado en agua y vinagre.

—¡A los puestos! —rugió una voz en la muralla oeste—. ¡Ahora!

Los arqueros ya estaban allí.

Las primeras flechas cayeron antes de que el ejército de Khoros llegara a la distancia óptima. No fue una descarga ordenada, sino una lluvia nerviosa, desesperada, como si las manos supieran antes que la cabeza que aquello ya no era una amenaza futura, sino un presente irrefrenable. Algunas saetas se clavaron en escudos. Otras encontraron cuellos, muslos, huecos entre placas. Los primeros hombres cayeron, pisoteados de inmediato por quienes venían detrás.

—¡Mantengan el ritmo! —gritó un capitán desde la torre central—. ¡No disparen por pánico!

La segunda descarga fue distinta. Más baja. Más precisa.

Los cuerpos comenzaron a amontonarse frente al foso seco, y el olor cambió. La sangre fresca, caliente incluso en la noche fría, empezó a imponerse sobre el humo. Gritos. No de guerra, sino de sorpresa, de dolor, de hombres que no habían terminado de aceptar que iban a morir allí.

Pero el avance no se detuvo.

Las escaleras fueron lanzadas hacia adelante como lanzas gigantescas. Algunas se astillaron al chocar contra la piedra. Otras se afirmaron con un golpe seco, brutal, encajando entre almenas. Hombres comenzaron a trepar de inmediato, protegidos por escudos levantados sobre sus cabezas.

—¡Aceite! —ordenó alguien desde lo alto.

Los calderos volcados convirtieron los primeros metros de ascenso en una carnicería. La brea hirviendo se deslizó por la madera, prendiendo fuego a barbas, a manos, a ojos. Hombres cayeron envueltos en llamas, arrastrando consigo a otros. El hedor se volvió insoportable.

Y aun así, siguieron subiendo.

El ariete alcanzó el portón principal con un impacto que resonó hasta en las entrañas de la ciudadela. No fue un golpe limpio, sino un latigazo sordo, como si la puerta hubiera sido golpeada por un dios cansado de esperar.

Dentro de Blackland, las campanas comenzaron a sonar.

En la ciudadela interior, el comandante Riwen caminaba entre columnas de humo bajo, su capa manchada de hollín, el rostro surcado por líneas de tensión que no estaban allí semanas atrás. Había sangre en los escalones, y no toda era enemiga. El ataque interno había sido contenido, sí, pero a un precio alto. Los traidores colgaban ahora de sogas improvisadas en los patios secundarios, balanceándose con el viento caliente del incendio, los ojos abiertos como si todavía buscaran una salida.

Un mensajero apareció corriendo, jadeando.

—Comandante… el asedio… ya están en las murallas norte y oeste.

Riwen asintió una sola vez. No preguntó cuántos. No preguntó cuánto tiempo. Eso ya no importaba.

Fue entonces cuando vio a Isca.

El guerrero avanzaba entre el caos con dos sacos de cuero cruzados sobre la espalda. Su armadura estaba manchada de sangre seca, su respiración controlada a fuerza de voluntad. A su lado, Zayn caminaba con la mirada perdida en algún punto invisible, como si cada paso le costara arrancarse de un recuerdo que aún ardía en su mente.

—Llegas tarde —dijo Riwen, sin reproche.

Isca dejó caer los sacos a sus pies. El sonido del metal chocando dentro fue limpio, casi ceremonial.

—No había forma de llegar antes, la ciudadela es un caos y hay barricadas interiores a cada paso.

Riwen abrió uno de los sacos. Las hojas de kercio captaron la luz de las antorchas con un brillo antinatural, profundo, como si no reflejaran el fuego, sino que lo bebieran. El aire alrededor pareció tensarse un instante, apenas perceptible.




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