El primer impacto en el portón seguía oliendo a victoria.
No a una victoria limpia, esa no existía ya, sino a una de esas ventajas breves que la guerra concede para burlarse de quienes la pelean; un empuje logrado, un enemigo frenado, un corredor que todavía no se desborda. Los drakkars mantenían el embudo con una brutalidad casi alegre, abriendo cuerpos humanos como si fueran sacos de grano, aplastando y empujando hacia atrás a la infantería de Khoros hasta que los cadáveres formaban un dique de carne.
La piedra bajo sus pies ya no era piedra. Era una pasta húmeda y resbaladiza hecha de sangre, barro y aceite derramado. El aire estaba caliente en el centro del corredor, cargado de humo y gritos, y frío a los costados, donde las corrientes se colaban desde pasillos oscuros. Cada respiración raspaba la garganta.
Un drakkar, enorme, con una lanza rota clavada en el hombro, lanzó un rugido y levantó a un soldado de Khoros por el cuello con una sola mano. El hombre pataleó, los ojos saltándole de las órbitas. El drakkar lo estampó contra el marco del portón. Se oyó el crujido de su cráneo. El cuerpo se dobló, inerte, y cayó como trapo.
—¡Atrás! —gritó Riwen desde el flanco, tratando de mantener un orden que se le escapaba entre los dedos—. ¡No se dispersen! ¡Embudo! ¡Embudo!
Los defensores, detrás de la primera línea drakkar, obedecían como podían. Había lanceros con los brazos temblando por el cansancio. Había caballeros con las manos hinchadas de tanto golpear metal. Había hombres que ya no tenían saliva para tragar el miedo.
Y sin embargo, durante unos minutos, el portón parecía una garganta que rechazaba al enemigo.
El aire vibró con una risa que no era humana.
Al principio, nadie supo de dónde venía. No era burla de humanos ni triunfo de drakkars. Era un sonido más fino, más seco, como si la risa estuviera hecha de vidrio.
Luego apareció el primer indicio, una flecha que no silbó como las demás.
Salió desde el fondo de la masa de Khoros, atravesó el aire y se clavó en la pantorrilla de un defensor que estaba cubriendo a un drakkar. El hombre gritó y quiso dar un paso atrás… pero su pierna no respondió. El tendón, cortado con precisión, lo dejó colgando del hueso. Cayó de rodillas y, antes de que alguien pudiera agarrarlo, una segunda flecha le entró por el ojo.
No hubo pelea. Solo silencio inmediato.
En el mismo latido, otro defensor se llevó las manos al rostro. Algo le había explotado cerca, una bolsita de vidrio contra la piedra. Un polvo negro le entró en los ojos. Sus gritos fueron de animal. Rasguñó su propia cara, arrancándose piel, intentando sacar el ardor con uñas sucias.
El embudo se tensó.
Riwen sintió el cambio antes de verlo. El enemigo, hasta entonces humano, cambió de temperatura.
—¿Qué fue eso? —escupió un capitán.
No hubo respuesta.
La infantería de Khoros, de pronto, comenzó a separarse, no por miedo, sino por obediencia. Como si algo más alto que ellos hubiese alzado la mano.
Y entonces entraron.
No en tropel.
Entraron como una línea que sabe exactamente dónde pisa.
Eran como cien varakros.
No los colosos que los cuentos prometen, no los monstruos coronados de hueso que uno imagina para el final de los días. Eran otra clase de horror… brujos de guerra, mezcladores de arma y magia, cuerpos ágiles envueltos en cuero oscuro y placas ligeras, con marcas grabadas en la piel como cicatrices voluntarias. Sus ojos brillaban en tonalidades extrañas, algunos con pupilas rojas finas como agujas, otros con un blanco lechoso, como si ya no vieran el mundo con ojos mortales.
Avanzaban sin apuro, pero sin duda. Y el aire a su alrededor parecía enfermo.
El primer varakros levantó la mano y la cerró en un puño.
Un defensor, a tres pasos, se arqueó hacia atrás como si un gancho invisible le hubiera tirado de la columna. Un espectro de la magia de sangre. La boca se le abrió en un grito que no salió. Sangre oscura le brotó por la nariz y por los oídos. Cayó rígido, con los ojos abiertos, y en su garganta se marcó una vena inflada que luego reventó, salpicando al hombre de al lado.
El segundo varakros se deslizó, como si el suelo lo ayudara. Pasó por debajo de una lanza drakkar y cortó la parte posterior de la rodilla con un cuchillo curvo. No buscó matar. Buscó inutilizar. El drakkar dio un paso y, de pronto, el músculo no existía. El gigante cayó de costado con un rugido, y la línea se abrió un palmo.
Ese palmo fue un abismo.
Los varakros no gritaban. No se inflaban. Trabajaban.
Uno arrojó un frasco al suelo. El vidrio estalló y un líquido verdoso se extendió, burbujeando. Un defensor pisó la mancha sin verlo y la suela comenzó a humear. El hombre miró abajo justo cuando el líquido le comía el cuero, le trepaba al tobillo, le mordía la piel. Gritó. El olor a carne quemada se mezcló con el humo de las antorchas.
—¡Atrás de esa mancha! —rugió Riwen, pero ya era tarde.
Otro varakros soltó una punta de flecha arrojadiza, pequeña, negra, sin plumas. No voló recta, pareció desviarse en el aire, como guiada por una intención propia. Se clavó en el cuello de un arquero que había bajado a defender el corredor. El arquero se llevó las manos a la herida… y se quedó quieto. Los dedos se le pusieron morados. La piel alrededor del impacto se ennegreció como fruta podrida. Cayó sin espasmos, con una expresión de sorpresa tranquila.
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Editado: 01.04.2026