La ciudadela de Blackland ya no tenía forma.
Había sido un mapa, un conjunto de corredores calculados, un embudo de piedra donde Riwen podía empujar y cortar, donde las flechas todavía obedecían a la matemática, donde el fuego se derramaba desde arriba y el enemigo se ahogaba en su propio número. Pero la guerra, cuando huele sangre suficiente, deja de respetar los mapas.
El aire era una mezcla de humo, metal caliente y ese perfume ácido de la alquimia oscura que quemaba sin llama. Las antorchas temblaban como si el castillo respirara con dificultad. Por los patios se arrastraban cuerpos, algunos vivos, otros ya convertidos en obstáculos. Había gritos que se ahogaban en gargantas cortadas. Había plegarias que nadie alcanzaba a terminar.
Los magos de Hunter aún contenían.
Aún.
Hunter se movía entre los suyos con la elegancia insolente de un depredador que disfruta el caos. Su capa estaba manchada de sangre ajena; su sonrisa, siempre presente, tenía ahora un borde de tensión que traicionaba la mentira. Llevaba las manos levantadas y la magia le respondía como un animal obediente, ráfagas de un fuego violeta empujaba cuerpos hacia las paredes, cuchillas invisibles que cortaban de forma quirúrgica, un golpe de calor que reventaba un yelmo por dentro y dejaba al soldado cayendo como un saco sin ruido.
A su lado, Dana Pike sostenía una pared de hielo contra la que chocaban flechas y hachas arrojadizas. No era una pared elegante, era una masa translúcida, rugosa, levantada con furia. Cada impacto dejaba grietas que se expandían como venas. Dana tenía el rostro pálido y el cabello pegado a la frente por sudor frío. Sus labios se movían sin descanso, murmurando sílabas que mordían el aire para darle forma. Sus ojos, duros, sin sueño, no miraban a los enemigos como individuos. Miraban al ritmo de la marea.
Mark Evans era un poder increíble, pero diferente, furia gravitacional con rabia cansada. Sus manos se movían dirigiendo objetos, constante, y certero. Los hombres de Khoros gritaban cuando eran golpeados, aplastados, asfixiados, como si el mundo quisiera retenerlos en su propia muerte.
—¡No se quiebren! —rugía Mark, con el rostro iluminado por su propio incendio— ¡No se quiebren ahora!
Pero el número era demasiado.
El portón abierto era una boca que no dejaba de tragar. Los hombres de Khoros entraba en oleadas, y entre ellos, cada vez más varakros se movían como cuchillas. Ya no eran cien. Eran muchos más, suficientes para que el aire se volviera hostil incluso para los magos. Donde antes el fuego de Hunter encontraba carne, ahora encontraba resistencias, talismanes colgando, ungüentos oscuros sobre piel, sombras que se interponían como piel nueva.
Un varakros alzó un frasco y lo lanzó por encima de la pared de hielo de Dana. El vidrio estalló en el suelo con un sonido seco, y una nube negra se expandió como un suspiro venenoso. Dos soldados de Blackland que protegían a los magos se llevaron las manos a los ojos, ciegos de golpe. Uno cayó de rodillas y empezó a rascarse la cara hasta dejar hueso. El otro se lanzó hacia adelante, desorientado, y una lanza lo atravesó como si fuera una ofrenda.
Dana apretó la mandíbula.
La pared de hielo tembló.
La magia estaba cobrando su precio.
Hunter giró, viendo cómo un grupo de varakros avanzaba con pasos medidos, no corriendo, sino cerrando el espacio con paciencia de verdugo. Uno de ellos, más delgado, con marcas rojas en el cuello, extendió la mano hacia la pared de Dana y pronunció una palabra que no era palabra; era una vibración.
El hielo se oscureció.
Como si la escarcha absorbiera sangre.
—Dana —dijo Hunter, sin perder la sonrisa—. No te duermas.
Dana no respondió. Tenía sangre en la nariz. No por un golpe. Por esfuerzo.
—No me doy el lujo —escupió.
La pared se quebró en una línea fina.
No era aún colapso, pero era un aviso.
A pocos metros, los drakkars que quedaban en el interior, una sombra de lo que fueron, intentaban resistir con fuerza bruta. Uno de ellos, con un ojo quemado por el polvo negro, blandía un hacha con rabia ciega. Pero los varakros de mayor nivel ya no se dejaban aplastar. Se movían con agilidad en torno al gigante, cortándole tendones con precisión, debilitándolo como se debilita a un toro antes de derribarlo. Un drakkar cayó y, antes de que pudiera rugir, una flecha ennegrecida le entró por la base del cráneo.
Se apagó como una antorcha sumergida.
El patio central se había convertido en una boca de callejones, y cada callejón era un duelo perdido.
El comandante Riwen apareció entre el humo con el casco abollado y la espada de kercio en la mano. El metal oscuro parecía absorber la luz, y aun así, donde tocaba, la carne varakros se ennegrecía como si el mundo le negara la regeneración. Riwen cortaba sin desperdiciar movimiento… muñeca, garganta, rodilla. Era un comandante, sí, pero allí parecía un ejecutor.
—¡Formación! —gritó—. ¡Atrás, hacia los escalones! ¡No se queden en campo abierto!
Nadie quería retroceder. Retroceder era admitir que la ciudadela ya no era suya.
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Editado: 04.04.2026