El corredor no se quedó en silencio.
Se quedó sin aire.
La muerte de Lyara había abierto un hueco en la ciudadela, y ese hueco no era solo emocional. Era físico, tangible, un vacío donde el mundo parecía dudar de sí mismo. Las antorchas parpadearon como ojos asustados. El humo se detuvo en el aire un instante, suspendido, como si la gravedad hubiera olvidado su trabajo.
Dajvaris lejos de quedarse a contemplar la escena, se dirigió a las escaleras que llevaba a las torres. La amenaza mayor había sido eliminada y su objetivo era el rey. Unos cuantos varakros y soldados de Khoros lo siguieron
Zayn seguía de pie junto a la cabeza a metros de las escalinatas hacia las torres.
Al principio, no ocurrió nada espectacular. No hubo relámpago ni estallido, no hubo palabra pronunciada hacia el cielo. Solo un detalle diminuto… el calor que empezó a brotarle desde el pecho, como una fiebre que no se manifiesta en la piel, sino en el alma.
Su respiración cambió.
El aire entraba… pero no parecía llegarle a los pulmones. Como si el cuerpo hubiera dejado de ser suficiente para contener lo que estaba despertando. Sus dedos temblaron, no por miedo, sino porque algo dentro de ellos quería moverse sin permiso. La piel de sus manos se tensó. Se escuchó un chisporroteo tan leve que podría haber sido una gota sobre el metal caliente.
Tomó su talismán y con los ojos llenos de lágrimas contenidas lo hizo trizas. Rompió el vínculo con la magia que le había sido enseñada en Matuc. La piedra de ónix cayó en pequeños trozos al suelo.
Luego, alrededor de su muñeca, apareció la primera hebra. Un hilo azul.
No una llama todavía; una vena de luz, fina, irregular, como una grieta luminosa abriéndose bajo la piel. Se arrastró por el dorso de su mano y desapareció en el antebrazo, como si buscara un camino hacia el corazón.
Zayn parpadeó.
Sintió el hilo cómo se siente un insecto bajo la ropa. Se miró la mano con extrañeza, casi con rechazo. Quiso cerrar el puño… y el puño se le cerró tarde, como si el gesto hubiera tenido que pedir permiso a otra voluntad.
El azul volvió.
Esta vez no como hilo, sino como un vapor frío que se pegó al aire alrededor de su cuerpo. El humo del incendio cercano se curvó hacia él, atraído por una fuerza sin forma. La luz de las antorchas, a unos pasos, se achicaron, humilladas. La sombra que proyectaba Zayn se hizo más larga, más densa, y no obedecía a ninguna antorcha, parecía tener vida propia.
Una punzada le atravesó la sien.
Un destello en la mente, Grimward, el inquisidor, el brazo de Dunyen cayendo, la noche iluminada por un azul que no era humano. Y encima de ese recuerdo… la cabeza de Lyara rodando, el rostro apagado, la certeza brutal de que el mundo no premia la bondad, la usa.
Zayn apretó los dientes.
—No… —murmuró, pero no supo si se lo decía al recuerdo o a lo que sentía subiéndole por el cuerpo.
La punzada se convirtió en presión. Como si algo empujara desde dentro del cráneo, buscando un lugar para asomarse. Rechazaba el poder, pero lo necesitaba.
Y entonces escuchó la voz.
No venía de afuera. No venía del aire ni de nadie cercano. Era un pensamiento intruso, pulido, viejo, demasiado seguro.
“Todos merecen morir”.
Zayn se estremeció.
La frase no sonó como tentación. Sonó como una ley escrita antes de que él naciera.
—Cállate… —susurró, llevándose una mano a la sien.
El azul respondió al gesto, como si el fuego escuchara mejor que la carne. Un resplandor más intenso trepó por su brazo, envolviendo los dedos. La luz no proyectaba calor común, proyectaba una sensación de profundidad, como mirar el fondo del océano y entender que allí no hay misericordia.
“Merecen morir”… insistió la voz, más cerca. “Los que traicionan. Los que obedecen. Los que dudan. Los que suplican”.
Zayn tragó saliva.
Quiso retroceder… y no retrocedió. Su cuerpo se quedó quieto, clavado en el suelo como si la piedra lo hubiera aceptado como parte de ella.
El azul se espesó alrededor de su torso.
Ya no era hebra ni vapor, era un aura naciente, irregular, que parpadeaba con vida propia. Pequeñas lenguas de luz se desprendían y volvían a pegarse a su piel, como si lo probaran. Como si lo lamieran.
Su respiración se volvió más rápida.
En el borde del aura, el aire empezó a chisporrotear. No como fuego, sino como vidrio sometido a presión. Las partículas de humo se deshacían, desordenadas, y el mundo cerca de él adquiría un brillo extraño, como si la realidad estuviera siendo afilada.
Zayn bajó la mirada.
La cabeza de Lyara seguía allí.
Y el azul, caprichosamente, no la tocaba.
Era como si la presencia que lo estaba tomando reconociera ese cuerpo como origen, como llave, como precio. Como si el fuego se alimentara de esa muerte sin consumirla.
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Editado: 04.04.2026