El Mago de Blackland - Libro I - El Despertar

Capítulo 32

La sala del trono olía a piedra vieja y a desesperación reciente.

No era el olor noble de los tapices, ni el incienso ceremonial que alguna vez se permitió allí para fingir divinidad. Era otro, sudor atrapado bajo hierro, sangre seca en las juntas del suelo, humo que se colaba por grietas como un pensamiento sucio.

El rey Horok estaba sentado en el trono de basalto negro, pero ya no parecía un rey. Parecía un hombre clavado a una roca, incapaz de moverse, aunque quisiera. Tenía el puño vendado con una tira de tela manchada, sangre vieja sobre algodón, y su mirada, fija en la gran puerta, era un hueco. Un hueco donde se acumulaban decisiones.

Riwen se mantenía a pocos pasos del estrado, con el casco puesto y la espada de kercio en mano. La hoja, oscura y húmeda por la sangre, parecía más una sombra afilada que un arma. A su alrededor, un puñado de guardias reales formaban una línea, escudos al frente, lanzas bajas, respiración contenida.

En un lateral, Hunter apoyaba un hombro contra una columna, los ojos brillantes, el gesto inquietantemente sereno. No sonreía del todo, pero la curvatura de su boca seguía insinuando esa necesidad de estar por encima incluso en el fin. Cerca del otro arco, Ikarus era una figura aparte, quieto, rígido, como si la sala fuera suya por derecho arcano. Sus ojos no miraban al rey ni a la puerta, miraban la vibración del aire, la temperatura de la magia.

—No queda nada —murmuró uno de los guardias, sin darse cuenta de que hablaba.

Riwen lo silenció con una mirada.

El castillo gimió en alguna parte más abajo. Un golpe. Luego un grito que se cortó. Luego silencio.

La puerta principal de la sala del trono, madera vieja reforzada con hierro, tembló con un impacto que no provenía de un ariete. Era un impacto irregular, como si algo estuviera golpeando desde el otro lado con el cuerpo, con desesperación, con hambre.

—Llegaron —dijo Riwen, sin emoción.

Los guardias ajustaron posiciones. El rey no se movió. No tenían tiempo de buscar una vía de escape al exterior del castillo.

Hunter se enderezó, flexionó los dedos como quien se prepara a tocar una cuerda invisible.

Ikarus cerró los ojos un instante, como si escuchara algo más allá de lo humano.

Entonces, el primer varakros apareció.

No entró como un guerrero. Lo hizo como una sombra que se coló por una rendija en el caos. La puerta había cedido apenas, y por ese hueco se deslizó una figura delgada, con dagas y ojos rojos finos, como brasas estiradas. Detrás de él, otra silueta. Y otra. Un grupo de asaltantes varakros había alcanzado la torre.

Los guardias reales levantaron escudos.

Riwen dio un paso adelante.

Pero antes de que el primer varakros pudiera terminar de cruzar el umbral, el aire se volvió azul. No un reflejo azulado de cristal.

Un azul profundo, eléctrico, como si el cielo nocturno se hubiera encendido por dentro.

El varakros se quedó congelado un latido, mirando hacia abajo, como si algo invisible le hubiera tocado el pecho. Luego desapareció.

No cayó. No ardió con humo. Se deshizo en luz y polvo, un polvo brillante que flotó un instante y se apagó, absorbido por la oscuridad del corredor.

Los otros varakros retrocedieron de golpe. Se oyó un siseo. Un sonido de alarma que no era humano.

La puerta tembló otra vez… y esta vez no por golpes enemigos.

El fuego azul lamió la madera desde afuera como una lengua viva. El hierro de los refuerzos se calentó, no al rojo, sino a un brillo extraño, como metal que recuerda el sol. La madera se consumió con facilidad obscena, no se quemó, se desintegró. Se volvió humo en parches. Se consumió en trozos que no caían.

En menos de un minuto, el portón ya no era una puerta. Era un arco abierto.

Y a través de ese arco, la luz azul llenó el corredor.

Los guardias retrocedieron sin quererlo, cegados por el brillo. Riwen apretó el puño. Hunter entrecerró los ojos. Ikarus, por primera vez, dio un paso atrás.

Zayn entró.

No lo hizo caminando.

Entró como si el suelo fuera opcional.

Sus botas rozaban la piedra, pero no se apoyaban del todo; había una levedad horrible en su postura, como si el aire lo sostuviera por miedo. La llama azul lo envolvía en un aura constante, pulsante, y el humo del corredor se curvaba hacia él, obediente.

Su rostro estaba quieto. Demasiado quieto. Inexpresivo.

Los ojos, en cambio, eran dos brasas azules sin humanidad. No miraban a las personas como individuos, sino como formas, como presencias que podían ser eliminadas.

Riwen sintió, contra todo pronóstico, una oleada de alivio.

—¡Zayn! —exclamó, y su voz sonó casi triunfal—. ¡Por fin! Lo lograste… ¡Bien hecho, muchacho! Con esto—

Zayn giró la cabeza. No había pronunciado su nombre antes y ahora en su voz parecía un llamado artificial causado por el miedo y la desesperación.

La mirada azul se clavó en Riwen como una aguja.




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