La torre del consejo, con sus pilares marcados por runas viejas y su suelo húmedo de catacumba, empezó a sentir el peso real de la guerra cuando la sangre dejó de ser un detalle y se volvió una alfombra. Los guardias reales resbalaban en ella. Las botas varakros la pisaban con indiferencia. La luz de las antorchas parpadeaba cada vez que un hechizo sacudía el aire, y el techo alto devolvía ecos que sonaban como carcajadas de piedra.
Riwen peleaba como si el mundo dependiera de su espada.
Tal vez dependía.
El kercio, oscuro y encantado, abría cuerpos varakros como una negación viva… donde cortaba, la magia oscura no podía cerrar, la sangre negra se espesaba y moría. Riwen no desperdiciaba movimiento. Una muñeca. Una garganta. Una unión. La hoja entraba y salía con la eficiencia de un hombre que ya no pelea por gloria, sino por tiempo.
Un guardia real recibió una daga en el muslo y cayó. Riwen ni siquiera giró la cabeza. Aplastó el rostro de un varakros con el pomo, lo remató con una estocada y empujó el cuerpo para bloquear una salida lateral. Hunter, detrás, lanzaba ráfagas de fuego dirigido que hacían crujir extremidades y estallar ojos. No tenía el lujo de elegir belleza, su magia era un empuje constante, un intento desesperado de mantener distancia en un espacio que se encogía. La energía del elfo ya estaba en mínimos pero no se rendía.
Okdev observaba todo con una calma que causaba escalofríos.
No estaba en el centro del combate. No daba tajos. No se manchaba de sangre como los otros. Se mantenía cerca de un pilar, el manto oscuro cayéndole como agua muerta, los ojos brillando con esa intensidad que no era humana sino antigua. Su calma era insulto.
Cada vez que un guardia intentaba aproximarse a él, la magia de sangre se interponía como una pared invisible. No una pared de carne, una intención que aplastaba.
La defensa se agotaba en el choque contra el borde de lo inevitable.
Draevan, en cambio, era el movimiento que el ojo no alcanza.
Aparecía y desaparecía en el mismo parpadeo. Una sombra se estiraba por el suelo como lengua, trepaba por un muro, se plegaba en una columna y de pronto estaba allí, detrás de un guardia, al lado de Hunter, en el ángulo ciego de Riwen. No buscaba combate. Buscaba finales.
Un guardia real levantó el escudo para cubrir al rey.
Draevan no golpeó el escudo.
Golpeó el cuello expuesto justo por encima del borde, donde la correa había aflojado por sudor y pánico. La hoja de sombra entró sin resistencia. El guardia soltó un sonido breve, casi sorprendido, y cayó. Su sangre roja se mezcló con la negra en el suelo, y por un instante la torre olió a dos mundos chocando.
Riwen vio el cuerpo caer y rugió cargando hacia Draevan.
El varakros se deshizo en humo oscuro y reapareció a dos pasos, como si se burlara de la física. Riwen giró, cortó el aire, alcanzó a rozar la sombra. El kercio encontró algo, un borde de realidad, y Draevan retrocedió medio paso con un siseo, más por cautela que por dolor.
Okdev levantó dos dedos.
La sangre de un cadáver cercano se alzó en hilos finos y se tensó como una cuerda. Riwen sintió que el aire se le apretaba en el pecho. Un tirón invisible buscó el corazón, no para matarlo, sino para hacerlo más lento.
Riwen escupió, enfurecido, y empujó contra esa presión a pura voluntad.
Dio un paso.
Dos.
Y entonces otro varakros cortó detrás de su rodilla derecha.
Fue un corte pequeño, preciso, casi elegante. La rodilla de Riwen cedió sin aviso, como si el cuerpo lo hubiera traicionado. El comandante se tambaleó, y en ese tambaleo una daga le encontró el costado. No profunda. Suficiente.
El dolor no lo detuvo.
Riwen giró, atravesó a ese varakros con el kercio y lo dejó clavado, colgando un segundo antes de desplomarse.
Hunter gritó su nombre, pero su voz se perdió en el choque de metal.
Porque la marea enemiga había entrado.
Los varakros superaban.
No por número solamente, sino por calidad de crueldad. Donde los guardias atacaban buscando matar, ellos atacaban buscando inutilizar. Cortaban tendones. Cegaban ojos con polvo negro. Tiraban frascos de veneno que convertían heridas en quemaduras vivas. La torre era un cuchillo que se iba cerrando.
Riwen retrocedió un paso, como pudo… y en ese paso el mundo le arrancó la última estabilidad.
Una maza golpeó su hombro. Sintió el hueso crujir. El brazo se le adormeció. El kercio casi cayó.
Riwen apretó la empuñadura con lo que le quedaba de fuerza y voluntad, cambió la espada a la mano contraria, y siguió luchando.
Pero el cuerpo ya no era un muro.
Era un hombre agotado intentando ser muro.
Un varakros le clavó una daga en el abdomen y la giró.
Riwen soltó un sonido bajo, no grito, sino ese gemido masculino y antiguo que sale cuando el mundo se rompe por dentro. Aun así, con la daga en la carne, Riwen giró el kercio y le partió la garganta al atacante. La sangre negra le salpicó el rostro.
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Editado: 04.04.2026