El mago de flamas azules

Emboscada

En un mundo completamente ajeno a él, yacía un hombre inconsciente en el suelo. Sin embargo, no estaba solo en su desamparo, pues un grupo de ocho personas se congregaba a su alrededor. Buscaban refugio bajo una especie de cúpula formada por tierra que uno de ellos había logrado crear mediante su habilidad mágica. En medio de este improvisado refugio, el líder del grupo se encontraba sentado en posición meditativa, concentrado en protegerlos de un inminente peligro.

En el exterior, hordas de bandidos y piratas enfurecidos arremetían sin descanso, decididas a quebrantar la resistencia del domo. Los sonidos de golpes de espadas, martillos y flechas se mezclaban en un caótico estruendo que sacudía la pequeña fortaleza, pero esta se mantenía firme a pesar de todo. No era su estructura física lo que le confería su solidez, sino el control ejercido por aquel que la había creado. Sin embargo, gradualmente, este ser que los protegía iba perdiendo poder, debilitándose poco a poco.

—Max, ¿te encuentras bien? ¿Cuánto más puedes resistir? — decía una mujer con aspecto rudo. Vestía ropa bastante sugerente, pero estaba armada con dos dagas en su cintura. Era una de los líderes de aquel grupo.

—No mucho —dijo el mago mientras fruncía el ceño—. Sus ataques no son fuertes, pero son demasiados, mi magia se debilita.

—Hace mucho frío —se quejaba uno de los soldados.

—Lo siento, no pude practicar mucho este hechizo —dijo la maga disculpándose—. Se irá en unos segundos.

—Estamos de suerte por haberlos encontrado, esto no podría haberse llevado a cabo sin su ayuda. —Luego, la portadora de dagas miró al joven desmayado y preguntó—: ¿Quién es él?

—Cayó desde el cielo inconsciente. Los bandidos se acercaban, no podíamos dejar que un inocente cayera por nuestra culpa — contestó un aprendiz de paladín robusto.

—Pero, capitana, los bandidos nos perseguían a nosotros por la joya. Debimos haber huido y dejarlo… —una aprendiz de maga llamada Victoria se quejó.

—Hicieron bien, Paul —contestó la capitana Lily—, es el deber de un soldado de Athenas proteger a los civiles que no pueden luchar.

—Es extraño. Por sus ropas y su apariencia, parece un forastero —dedujo otro aprendiz de paladín llamado John, que era un poco más delgado. La aprendiz de maga se acercó para verlo más detenidamente y le dijo al forastero:

—No sé quién eres, pero nos sería de gran ayuda que despertaras, así no tendríamos que cargarte mientras huimos. Arenisca caía de la cúpula del domo y unos rayos de luz penetraban en el interior. Se empezó a sentir que la tierra del domo se rasgaba, se rompía.

—Estoy perdiendo el poder, no podré sostenerlo por más tiempo —decía Max mientras trataba de mantener la concentración.

—Todos prepárense, esto está por ponerse muy feo —gritó Lily mientras sujetaba con firmeza sus afiladas dagas.

***

Esa misma mañana, en las cercanías de un lugar conocido como la Abadía, se había estado desarrollando una importante zona de entrenamiento donde los jóvenes del reino buscaban postularse para formar parte del ejército. Nos encontramos en los bosques de Hera, un paraje que albergaba la grandiosa ciudad del rey, Athenas y que irradiaba una atmósfera llena de historia y poder.

La Abadía, un punto neurálgico de reclutamiento de los ejércitos del rey, recibía cada año a cientos de jóvenes dispuestos a convertirse en los guardianes de la ciudad. Al frente de esta institución, destacaba el comandante McBride, un hombre respetado y reconocido como un héroe de Athenas debido a su participación en innumerables guerras. Ahora había decidido asumir el importante rol de mentor y guía de estos jóvenes aspirantes, presentándolos al ejército real y preparándolos para las duras batallas que les aguardaban.

Ante la mirada expectante de los reclutas, el comandante McBride se posicionó frente a ellos, listo para pronunciar sus palabras de instrucción y motivación. Su voz resonó con autoridad y experiencia, envolviendo a todos los presentes en un aura de determinación y disciplina.

—Bienvenidos sean todos —habló el instructor en jefe desde una plataforma—. Bienvenidos a este nuevo año de reclutamiento del ejército real. Soy el instructor en jefe y comandante Adolf McBride. En estas semanas de entrenamiento, ustedes, aspirantes, al aprobar, pasarán a ser soldados del ejército de Athenas. Hay varias especializaciones para elegir que pertenecen a los tres gremios que rigen en el mundo. Una vez aprobado este curso, tendrán que cumplir misiones para asegurar una mejora en su rango y pasar a ser caballeros. De esta manera, podrán postularse o no para ser miembros de los gremios. Toda esta información se verá con más profundidad durante su estadía. Así que, para comenzar a precalentar, tendrán una misión de entrenamiento con un capitán asignado en pequeños grupos. Pasaré a nombrarlos.

Continuando con su enérgico discurso, el comandante McBride procedió a mencionar a cada uno de los reclutas y sus respectivos líderes. Estos líderes eran antiguos reclutas que, habiendo demostrado habilidades sobresalientes, habían decidido colaborar en el entrenamiento para adquirir una valiosa experiencia en liderazgo de grupos. Con sus nombres pronunciados, los reclutas se sentían llenos de orgullo y expectativas por la misión que los esperaba.

Dando por concluido su discurso, el comandante McBride asignó una misión específica a cada grupo, desafiándolos a aplicar los conocimientos y habilidades adquiridas durante su entrenamiento. Con determinación en sus rostros, los líderes tomaron la responsabilidad de preparar a sus equipos y asegurarse de que estuvieran listos para emprender la misión.

En este momento, nos situamos en uno de los grupos de reclutas que se encontraban a punto de recibir a su líder asignado. La expectativa se palpaba en el aire mientras aguardaban con ansias la llegada de quien los guiaría en esta trascendental empresa.

—Novatos —dijo despectivamente una mujer ruda mientras se acercaba—, bienvenidos al peor grupo que pudo haberles tocado. Mi nombre es Lilian, pero díganme Lily, si quieren. —Tomó una pausa para verlos y luego les ordenó—: Preséntense.




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