El mago de flamas azules

¿Tengo poderes?

En la tranquila atmósfera de la enfermería, el joven yacía en un estado de inconsciencia, sumergido en el torbellino de sus sueños. Repentinamente, la intensidad de sus visiones lo arrancó de su letargo, dejándolo sobresaltado y confundido. Incorporándose con cautela en la cama, sus ojos apenas lograban distinguir la habitación a su alrededor. Su respiración agitada se aquietó mientras una voz, reconocible y cálida, le llegaba desde la penumbra. La voz inquiría sobre su bienestar, y él, con un esfuerzo perceptible en su voz debilitada, aseguraba estar bien. El peso de su cansancio y la confusión que lo envolvían finalmente lo vencieron, arrastrándolo de nuevo hacia el sueño.

Mientras el joven se encontraba momentáneamente despierto, Victoria, consciente de la tarea encomendada, se apresuró a informar al archimago, como este le había solicitado previamente. El anciano recibió la información con gratitud y asumió la responsabilidad, liberándola de su deber. A pesar de ello, Victoria optó por retornar al lado del joven en la enfermería. Había descubierto en ese pequeño espacio una sensación de calma y seguridad que la había atraído, por lo que se decidió a aguardar allí.

Victoria, aspirante a convertirse en maga elemental, pertenecía al linaje de los Connors, una familia prominente en el clan de sacerdotes, dedicado a la magia de la luz sagrada. Aunque sus habilidades eran innegables, siempre se había sentido a la zaga de sus compañeros, consciente de que su destino parecía estar vinculado a la especialización de su familia. Sin embargo, movida por una profunda determinación, desafiando las objeciones de su familia, eligió el camino de la magia elemental. Cada día, se sumergía en el estudio y la práctica, forjando sus aptitudes con diligencia y demostrando así que su elección no era en vano. Mientras reflexionaba sobre esta trayectoria en su mente exhausta, se dejó vencer por el sueño.

La aurora siguiente trajo consigo la conciencia de Victoria, que se despertó después de haber pasado la noche entera inmersa en sus ejercicios. Aún estaba sentada en la silla junto a la camilla, con su cuerpo apoyado sobre una mesa cercana. Sus ojos captaron el perfil de alguien sentado junto a la ventana, despierto y observador. Sin dudar, Victoria rompió el silencio al dirigirse a él.

—Bienvenido, ¡por fin despiertas! —Se acercó un poco con curiosidad, pero manteniendo la distancia.

—Gracias. ¿Hace mucho estoy así? —Sin mirarla, seguía con su vista en la ventana.

—Bastante. Ya van casi cuatro días desde que te encontramos.

—Es mucho. —Bajó su mirada y comenzó a mirar sus manos—. Me siento extraño, diferente, no entiendo por qué... —Su rostro demostraba confusión y duda.

—No es de extrañar, caíste desde una gran altura… ¿Cuál es tu nombre? —preguntó curiosa la joven maga. —Mi nombre…

Se quedó pensando un momento. Aunque buscaba en su mente la respuesta, no podía hallarla. Tenía un remolino confuso de recuerdos borrosos, no terminaba de entender ninguno de ellos. Solo una palabra rondaba por su mente en ese momento; era su nombre, porque una persona de voz profunda y amable la decía. Y ese nombre era…

—Elkon, creo que ese es mi nombre.

—Un gusto, mi nombre es Victoria. —Hizo una pequeña reverencia—. Soy una aspirante a maga y quiero presentarte a alguien, espera un momento.

Salió despedida de la habitación y, al cabo de unos minutos, entró nuevamente acompañada de su superior, el archimago.

—¡Por fin despiertas! —dijo con tono jovial el archimago mientras entraba a la sala—. Ya comenzaba a pensar que eras un cadáver con pulso. Me presento —haciendo una pequeña reverencia, continuó diciendo—: soy William, el archimago a cargo del clan de magos elementales. Me gustaría que saber un poco más de ti. Después de todo, no es muy común que la gente caiga del cielo. —Tomó la silla en donde antes había estado sentada Victoria y la acercó al lado de la cama. Luego se sentó—. ¿Cómo te llamas?

—Mi nombre es Elkon. —El archimago se quedó sorprendido por el nombre unos momentos. —¿Elkon? Bueno… es un gusto, Elkon. Ahora, si me permites, te seré directo: me gustaría, no…, quiero que me digas ¿cómo llegaste a ese bosque?

—¿Bosque? —El joven parecía no entender la pregunta.

—Te encontramos en medio de una misión —intervino la maga—. Mientras estábamos en una persecución, nos topamos con una persona que cayó del cielo: tú.

—¿Les hice fracasar en la misión?

—No, solo fuiste un leve contratiempo. Estábamos escapando, te encontramos, nos rodearon, pero fuimos rescatados por el archimago justo a tiempo.

—Entonces, debo agradecerles… —El joven agachó la cabeza con humildad ante sus salvadores.

—De nada —Respondió el archimago. Sin embargo, este no estaba dispuesto a dejar que el tema se desvirtuara—. Retomo la pregunta —y, con un tono más serio, volvió a inquirir—, ¿qué hacías ahí?

—Lo siento… no puedo recordarlo. —Bajó la cabeza y se tomó las manos—. Solamente recuerdo estar cayendo desde el cielo y el sonido de las ramas rompiéndose con mi cuerpo.

—¿No puedes recordar nada? Será amnesia, tal vez. ¿Usted qué piensa, archimago?

—Realmente, es una gran incógnita… —dijo acariciando su barba mientras pensaba—. En estos casos, cuando se sufre un golpe tan fuerte como el que tuviste, es común tener olvidos. Supongo que lo iremos descubriendo con el tiempo hasta que tu mente sane. No te presiones—. Luego, poniéndose en pie y con tono más serio, añadió—: Sin embargo, joven Elkon, te pregunto, ¿qué piensas hacer?

—¿A qué se refiere? —Este lugar no es una posada en la que recibamos a cualquiera, no podemos tener a un civil. Distinto sería si fueses un recluta…

—¿Recluta? —preguntó aún confundido—. ¿Qué es este lugar al que me trajeron?

—Se llama Abadía del bosque de Hera, ¿quieres verlo por ti mismo? —El joven asintió emocionado de poder salir de esa habitación tan lúgubre—. De acuerdo, si puedes caminar, acompáñame. —Miró a la joven maga—. Victoria, tú también, necesitaré que le expliques algunas cosas.




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