El mago de flamas azules

Un trago de grog

Tras el ardor del enfrentamiento, Elkon regresó a la enfermería para descansar. El ataque final que había lanzado había ejercido una considerable carga en su cuerpo, ya que no estaba acostumbrado a emplear magia tan poderosa. Necesitaba tiempo para que su cuerpo se adaptara a la fatiga que conllevaba el uso de tal nivel de magia. Pasaron un par de horas mientras descansaba y los médicos determinaron que estaba en condiciones de ser dado de alta. Al salir, encontró a alguien esperándolo afuera.

Apoyada contra la pared, estaba Victoria. Al divisar a Elkon, una sonrisa de alegría se formó en su rostro. Ella tironeó amistosamente de su brazo, llevándolo en dirección a una taberna cercana. La Abadía no era simplemente un edificio aislado, sino que abarcaba diversas instalaciones, como hospitales, áreas de entrenamiento, posadas, arenas de combate y otros edificios. En este caso, entraron en una taberna conocida como El Rugido del León. Era un lugar donde los instructores y algunos aspirantes con más recursos solían reunirse en las tardes y noches para desconectar y disfrutar de algunas bebidas. Se acomodaron en una mesa un tanto tambaleante, y les fueron servidas unas bebidas llamadas grog, mientras el ambiente vibraba con cantos y conversaciones animadas de los demás clientes.

Aunque Elkon se mostraba escéptico hacia la bebida de color verde y con burbujas extrañas, Victoria disfrutaba de su copa con entusiasmo. Mientras ella festejaba algo con su bebida, él se mantenía alerta, sin querer meterse en problemas nuevamente. La situación le generaba desconfianza y prefería no perder el control en un ambiente que no le resultaba del todo familiar.

—Debo darte las gracias, Elkon —exclamó la maga mientras apoyaba la bebida en la mesa después de un trago.

—¿Por qué? —Gracias a tu triunfo, me has hecho ganar un montón de dinero. No puedo decir que soy millonaria, ya que a los aspirantes no se les puede sacar mucho, pero, al ser muchos lo que apostaron, ha sido una suma considerable. Lo menos que podía hacer era invitarte a tomar algo.

—Ya me parecía raro, una invitación tan repentina como para ser una cita…

—¿Cita? —Victoria jamás había tenido una cita en su vida, por eso desconocía las implicancias de su accionar. Al darse cuenta, simplemente se sonrojó y comenzó a hablar rápido para ocultar su vergüenza—. ¡¡No, para nada!! Esto no es una cita, no tengo ninguna intención contigo. Digo, eres agradable y todo eso, pero… Aparte, recién nos conocemos. ¿Por qué te invitaría a una cita? Los hombres son los que lo hacen y...

—Está bien, tranquila. Perdona mi confusión, entonces. Victoria bebió un largo trago de su grog y, luego de haberse calmado por el momento incómodo, empezó a cuestionar a su compañero con otro tema.

—¿Sabes? Es la primera vez que veo una magia como la tuya, ¿cómo lo hiciste? —El mago inexperto miraba sus manos como si buscara en ellas la respuesta que debía dar.

—No lo sé. Fue algo del momento. He intentado en la enfermería volver a encender ese fuego azul, pero no he podido hacerlo, no puedo volver a invocarlo. Cada vez que lo intento, formo el fuego común. —Alzó su mano y mostró cómo podía encenderla como una antorcha—. Pero aún no puedo hacerla azul. Lo único bueno es que ya puedo invocar el fuego a mi gusto sin recitar el nombre del hechizo, por lo menos, de la mayoría.

—Tal vez solo tuviste un golpe de buena suerte… Pero ¡¡hey!!¡Estuviste muy genial en ese momento! ¡Con tu frase y tu pose te viste genial! Aunque fue extraño. Por un momento, fuiste tenebroso y después tan genial. No solo lo derrotaste, sino que también le diste una lección. Para ser alguien que se creía poderoso por manejar dos elementos y sobresalir en los entrenamientos, fue derrotado por un novato. Ha tenido su merecido.

—No entiendo a qué te refieres con tenebroso. Sin embargo, yo creo que tienes razón: tuve suerte. Sí. Hasta que no pueda volver a invocar ese fuego azul, lo llamaré suerte. Debo seguir entrenando.

—Espera, ¿no recuerd…?

En ese instante, la puerta de la taberna se abrió y bajo el umbral apareció nada más y nada menos que Jonás. A pesar de sus heridas y las muletas que lo asistían, sus amigos lo habían convencido de que se uniera a ellos en un intento por levantar su ánimo. Sin embargo, jamás imaginaron que en ese mismo establecimiento se encontrarían con su adversario de la tarde. La única mesa libre estaba al fondo del local y, para llegar a ella, debían caminar frente a la mesa en la que se encontraban Elkon y Victoria.

Con la ayuda de sus amigos, Jonás avanzó hasta colocarse frente a Elkon. Mantuvo su mirada fija en él y le dirigió estas palabras:

—Ganaste en toda regla —reconoció Jonás mientras lo miraba con humildad. Hizo una breve pausa y luego agachó la cabeza en señal de respeto—. Te debo una disculpa por subestimarte. — Luego alzó la cabeza y en sus ojos brilló su orgullo—. Esta no será la última vez que me enfrente a ti. La próxima, no te dejaré ganar tan fácilmente.

—Aunque en un principio yo no estuve de acuerdo con el duelo, para la próxima, lo estaré esperando con ansias.

Jonás esbozó una sonrisa y extendió su puño, el cual Elkon chocó con determinación. Era un gesto que trascendía la rivalidad y reflejaba una especie de pacto entre compañeros, hombres y rivales. Sin decir más, Jonás se retiró a su propia mesa. Se podía ver en sus ojos la decisión de mejorar y superarse, y, a pesar de la derrota, su mirada irradiaba determinación. Sabía que debía encontrar la manera de superar ese inusual y poderoso fuego helado.

Por su parte, Victoria soltó un suspiro de alivio al ver que no habían vuelto a enfrentarse físicamente en ese ambiente. Sin embargo, el recuerdo de lo que Elkon había mencionado más temprano volvió a su mente y decidió retomar la conversación que habían dejado pendiente.

—Me estabas diciendo que no lo recuerdas.

—¿Qué cosa? —preguntó Elkon mientras por fin se decidía a darle un sorbo al grog. Primero hizo una cara de desagrado, miró la bebida de nuevo, se encogió de hombros y le dio otro trago.




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