24 de febrero de 2020
Una alarma sonó a las 5:30 a. m.
El pitido constante me taladraba la cabeza. Abrí los ojos y contemplé el techo. Giré hacia un lado la vista y vi un aparato que dictaba la hora: 5:30 a. m. Extendí mi mano para apagar la alarma y, mientras me sentaba en la cama con pereza, me preguntaba a mí mismo cuándo acabaría esta infernal rutina.
Ese sería un día normal.
Me vestí con la camisa y el pantalón del trabajo. Luego fui a la cocina y me senté a tomar un café, tranquilo, mientras veía un poco las noticias. Siempre paso de canal, no tengo cariño por ninguno en particular, el primero que me diga el clima es el que gana.
—En las noticias de hoy, el odio se intensifica en los límites de Corea, se teme conflicto… —Cambio de canal.
—La guerra en Medio Oriente no deja de azotar a inocentes, se registran nuevos muertos en… —Cambio.
—Y esos son los datos sobre el virus que ataca varias ciudades de China, que empieza a hacer temer a la OMS. Ahora, vamos con el tiempo. —Este se queda—. Cuéntanos, Matito, ¿cómo será el día de hoy?
—Día despejado, con calor, como todo día normal de verano.
Ya me lo esperaba, nada nuevo.
Una vez que hube terminado mi café, fui al baño. Peiné un poco mi cabello, o al menos eso intentaba; tener cabello rizado no es lo mejor del mundo. Una vez listo, salí de mi casa rumbo a la estación de tren. Esta vez, no pensaba hacer el truco para viajar sentado; tenía que ir rápido, así que, a viajar como ganado en transporte público.
Siempre era el primero en llegar, ya que entraba una hora más temprano que mis compañeros y mis jefes. Así que me daba tiempo de tomar otro café tranquilamente, ir al baño y ponerme a leer mails, organizar mi día. Seguro sería un día normal más
Más cercano al mediodía, me tocó ir a ver a la usuaria Cynthia, en el piso veintiuno, por un problema con su computadora. Esa chica era un caso recurrente, siempre pedía servicio técnico por algo, se ve que no entendía mucho de tecnología. Mis compañeros se burlaban de ella por ser tan pesada, pero yo le tenía paciencia, era una buena persona. Cuando salí del ascensor, vi al joven cadete del correo con varias cajas. Las estaba sacando del ascensor de carga y poniéndolas en la sala de espera. Su rostro me parecía afligido, triste. Si lo conociera, le hablaría y le preguntaría qué le pasa. Pero no lo conocía, podría tomárselo a mal, mejor no meterme en problemas que no me correspondían.
Me acerqué al escritorio de la usuaria que había solicitado el servicio técnico.
—Hola, Fernández, gracias por venir tan rápido —me dijo Cynthia.
—Tranquila, para eso estamos. Aparte, no soy tan importante para que me llames por mi apellido, dime Ezequiel. —Me reí, la verdad es que venía muy seguido a verla, ya nos teníamos confianza.
—Gracias, Ezequiel. Es que eres mi salvador, ya sabes que la tecnología y yo no somos muy amigas.
—Bueno, veamos qué pasa.
Me senté a ver el problema y, mientras dejaba correr una actualización, noté nuevamente al cadete, que recorría toda la oficina haciendo las entregas a distintas personas del piso. Aún continuaba con esa cara de total desesperanza, era raro verlo así
—Cynthia, dime si es impresión mía: ¿notas raro al cadete hoy? —Ella alzó la vista y observó también al joven cadete.
—Ahora que me lo dices… sí. No le había prestado atención. He escuchado que tuvo problemas con el gerente de este sector, pero parece que no fue grave.
—Suele suceder, son muy demandantes. —Me reí un poco con ella.
Luego de resolver el problema con su computadora, que no resultó ser un gran inconveniente, le dejé el papel para que firmara el cierre del caso. Una vez lo hubo hecho, me encaminé hacia el ascensor para irme, cuando vi un movimiento no esperado.
Vi al cadete, que, de la última caja que tenía sobre un escritorio, sacó un arma, una ametralladora corta, y descargó hacia el techo unos pocos disparos.
—Se me quedan todos tranquilos y se acercan despacito —lo escuché decir y, al terminar la frase, volvió a disparar—. No quiero hacer daño de más, pero no dudaré en matarlos a todos si no cumplen mi petición.
Todos estaban asustados, había varios temblando (me incluyo) e incluso algunos lloraban. Era entendible. Y es que una situación de rehenes como esa, pensaba que solo ocurría en las películas; sin embargo, ahora la estaba vivenciando en carne propia. Mi cuerpo no dejaba de temblar. El secuestrador nos juntó a todos en un costado, cerca del ventanal en el que no había tantos escritorios; nos quería tener a todos a la vista. Éramos quince personas en total en el piso, contando a un gerente de las tres oficinas de ese piso, que estaba camuflado entre nosotros. Todos estábamos en el suelo con las manos en la cabeza. A mi lado estaba Cynthia, que temblaba aún más que yo. Yo no apartaba la mirada del suelo, pero cada tanto la levantaba para ver sus movimientos. Él caminaba de un lado a otro revisando que todos le hiciéramos caso, estaba nervioso y eso lo volvía impredecible. De repente, miró hacia nuestro lado y yo bajé la vista al suelo para que no hiciéramos contacto visual, pero entonces lo oí decir:
—Tú, levántate.
Se lo dijo a Cynthia. La pobre empezó a tartamudear y, como no obedecía, él se acercó y la sujetó por la fuerza de su brazo, la colocó de espaldas a él y pasó su brazo alrededor de su cuello, mientras no dejaba de apuntarnos a los demás. Luego, dirigió su mirada a otra persona, la secretaria del gerente, una anciana de cabello blanco que estaba próxima a jubilarse, y le dijo:
—Tú, llama al CEO ahora mismo, sé muy bien que hoy se encuentra en el edificio. —Vi a la secretaria de más edad del piso levantarse, no sin un poco de dificultad, y tomar un teléfono para obedecerlo.
—Sí, ya lo hago. Por favor, no lastimes a nadie —le rogó la mujer mayor, que no dejaba de temblar, y comenzó a marcar un teléfono—. Hola, Mariana, soy Liliana. Por favor, comunícame con el señor Silva. —Su voz no dejaba de temblar—. Por favor, no preguntes nada y comunícame con él, ¡rápido! —Lo miró al cadete, que movía su pie impacientándose—. Ya lo llaman. Por favor, espere un segundo. —Tomó el teléfono de vuelta—. Se… señor, disculpe, hay alguien que quiere hablar con usted…