El mago de flamas azules

Los Campos de Elyseo

Los jóvenes reclutas llegaron a los Campos de Elyseo llenos de anhelo por contemplar aquel asombroso lugar. Habían sido cautivados por las historias que hablaban de tierras interminables, salpicadas con granjas florecientes, praderas de verde intenso, playas que se extendían hasta el horizonte y una rica abundancia tanto de flora como de fauna. Este rincón del mundo había sido ensalzado como un auténtico paraíso en todo el territorio de Olimpia.

Sin embargo, la paz se desvaneció con la llegada de los piratas. En un principio, los aldeanos no se sintieron alarmados, ya que los invasores se establecieron en las playas, a cierta distancia de la urbe. No obstante, la calma se convirtió en angustia cuando los piratas comenzaron a saquear las granjas de los aldeanos que vivían en las cercanías de esa zona. Ante tal desolación, los aldeanos se vieron obligados a solicitar la ayuda del ejército del rey para enfrentar esta amenaza inclemente.

La primera impresión que tuvieron nuestros protagonistas al llegar a este lugar fue totalmente discordante con sus expectativas. En lugar de encontrar los campos exuberantes y prósperos que habían imaginado, se encontraron con paisajes destruidos: campos arrasados por el fuego, animales yermos y sin vida, personas que habían perdido sus hogares y su esperanza. De un paraíso celestial, los Campos de Elyseo habían sido transformados en un páramo desolado, marcado por granjas abandonadas y columnas de humo que se elevaban en la distancia. Era una visión desgarradora y nada atractiva.

Este panorama desolador había sido engendrado por el estrago de la guerra con los piratas, quienes habían asaltado y ocupado varias de las granjas con el objetivo de tomar el control de una de las zonas limítrofes. Mientras avanzaban en dirección al imponente Fuerte Centinela que se erigía en medio de este escenario devastado, se cruzaron con una pareja de ancianos que acampaba junto a una carreta, apenas cubiertos por unas telas raídas. Solamente ellos dos compartían ese rincón desolado, acompañados únicamente por una vieja mula que denotaba los vestigios de tiempos más prósperos. Conmovidos por la escena, los reclutas se acercaron con cautela, sintiendo la necesidad de preguntar y comprender.

—Disculpen —preguntó John—. ¿Qué sucedió por estos lados?

—Hola, jovencitos. Por su aspecto, son aventureros, ¿no es así? —preguntó la mujer.

—Así es —contestó el mayor de los hermanos—. Somos soldados del ejército y estamos de camino al Fuerte Centinela.

—¡Oh, son soldados! Qué lindo, ¿no crees, cariño? —dijo mirando a su anciano esposo—. Entonces, ustedes pueden ayudarnos, ¿verdad? —decía con esperanza la mujer.

—Mujer, por favor —la cuestionó su esposo—. Ellos vienen para algo grande, no pueden frenar y ayudar a viejos como nosotros, no tenemos ese derecho. Si nos ayudan, tienen que ir por los demás sin hogares de la zona.

—Solo lo decía por que los vi fuertes —se justificó mirando a Paul.

—Queremos ayudar —Victoria dijo con seguridad—, a eso venimos.

—Por favor, no es necesario.

—Insisto.

—Entonces, acérquense y sentémonos —dijo la amable anciana—. Les vendría bien una taza de té.

Detrás de la carreta, en una zona apartada de la calle, se acomodaron en el suelo junto a los ancianos, compartiendo el espacio y la historia con ellos. Los ancianos les narraron cómo la destrucción de aquella tierra había sido desatada por la llegada de los piratas. Explicaron que su granja había sido una de las primeras en caer víctima de los ataques enemigos. A medida que pasaba el tiempo, las incursiones piratas habían dejado su marca: un rastro de devastación a su paso. Mencionaron que, en las colinas al oeste, cerca de un antiguo faro, se rumoreaba que los piratas habían establecido una posible base. Sin embargo, con el transcurso de los acontecimientos, aquello se había convertido en una incertidumbre.

Después de haber escuchado con atención el relato de los ancianos, los reclutas marcharon hacia el Fuerte Centinela con un sentido renovado de determinación, ahora con un propósito más claro en mente. Al aproximarse al horizonte, divisaron el lugar que se alzaba ante ellos: una imponente fortaleza de forma cuadrangular, rodeada por murallas robustas. Lo que más destacaba eran las cuatro figuras de arqueros esculpidas en piedra en cada una de las esquinas de la fortaleza, orientadas hacia los puntos cardinales. Estos centinelas pétreos, considerados guardianes animados, emanaban un aura de magia y misterio. La leyenda afirmaba que sus ojos vigilantes estaban atentos a todo y, ante la proximidad de cualquier amenaza, desencadenaban una lluvia de flechas mortales sobre los enemigos.

A lo lejos, Elkon y sus compañeros creyeron percibir que los ojos negros de la estatua de piedra se movían, parecían tener profundidad y brillar con una luz interior. Por un instante, un escalofrío recorrió sus espaldas y se sintieron reticentes a seguir avanzando. No obstante, al acercarse a la muralla, descubrieron que la ilusión óptica había sido producto de la distancia; los ojos negros no eran más que guardias apostados en lo alto, sus miradas fijas en ellos, listos para defender la fortaleza. Habían confundido el destello de las puntas metálicas de las flechas con el brillo inquietante de aquellos ojos pétreos.

Fijaron su atención en una pequeña puerta situada a los pies de uno de los centinelas de piedra y se dirigieron hacia ella. Luego de presentar sus órdenes y confirmar su identidad ante los soldados que custodiaban la entrada, se les concedió el paso. El grupo fue recibido por el capitán Cimadon, un hombre que ostentaba la responsabilidad de velar por aquel territorio y que respondía directamente ante Roland.




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