Victoria se dirigió hacia la granja del norte, la cual estaba plagada de coyotes. Esta granja, situada en las proximidades del río principal que abastecía a la mayoría de los cultivos de los Campos de Elyseo, había sido beneficiada por la fertilidad otorgada por esas aguas, convirtiéndola en una de las más prósperas y generosas de toda Olimpia. Victoria agradeció internamente haber sido asignada a esta granja, ya que se percató de que era la misma dirección hacia la que se dirigían los ancianos a quienes había encontrado en su camino. La granja de la que se haría cargo debía ser la suya. La joven maga sintió una responsabilidad personal hacia esta tarea, el deber de defender y ayudar a los ancianos.
Aunque esta sería su primera misión en solitario, Victoria mantenía una confianza firme en sí misma. Portando el estandarte Connors, que llevaba consigo la reputación que su hermano había forjado, estaba decidida a demostrar su valía como una maga competente. Al divisar finalmente a los bandidos reunidos en la entrada de la casa, no dudó un instante. Comenzó a correr mientras lanzaba hechizos de hielo, congelando a los bandidos uno a uno. Desde bolas de escarcha hasta lanzas de hielo, desplegó su dominio sobre el elemento gélido. La maga tenía la ventaja de la distancia, ya que los piratas eran especialistas en el combate cuerpo a cuerpo y no podían dañarla si se mantenía lejos. Atacó sin cesar, adentrándose en medio de los bandidos y dejando a su paso una estela de congelación.
Pronto se encontró rodeada por un grupo numeroso de piratas. En ese momento, decidió intentar nuevamente el ataque fallido de la última vez, la nova de alud. Concentrando su magia a su alrededor hasta alcanzar su máxima densidad, liberó una súbita explosión de frío en todas direcciones. Los atacantes solo pudieron percibir un halo de hielo que se expandía desde Victoria, congelando todo a su alcance sin darles oportunidad de escapar. Al abrir los ojos y contemplar a los piratas congelados, Victoria sonrió con satisfacción y se reafirmó a sí misma: «Soy la mejor».
No obstante, su expresión cambió a una de preocupación cuando notó que la punta de sus dedos se había vuelto azulada. Se preguntó si sería debido al frío, pero decidió no darle mayor importancia al ver que el color desaparecía rápidamente. Después de asegurarse de que la situación estaba bajo control, lanzó una bengala para alertar el fuerte. Sabía que un grupo de guardias saldría en su auxilio para asegurar el área y someter a los bandidos restantes. Victoria ansiaba visitar a los ancianos y darles la buena noticia de que su hogar había sido recuperado.
Por otro lado, en la granja al este, Paul Dannors se hallaba en medio de la lucha contra los piratas. Dotado de gran destreza como guerrero, manejaba su pesada arma con agilidad, aprovechando la inercia de sus movimientos para neutralizar a cada pirata que se cruzaba en su camino. Sin embargo, en un momento crítico, se encontró rodeado por un grupo numeroso de adversarios. Fue entonces cuando recurrió a la técnica que había practicado junto a Elkon, que habían bautizado como martillo volcán. Consistía en un ataque en el que golpeaba el suelo con fuerza y conjuraba un hechizo de fuego. El resultado era una onda expansiva ígnea que arrojaba a sus enemigos por los aires, envueltos en llamas, y dejaba un cráter en la tierra. Este ataque resultó ser efectivo, y Paul continuó utilizándolo cada vez que se sentía superado por los enemigos.
Después de horas de lucha agotadora, finalmente logró derrotar a todos los piratas en la zona. Estaba exhausto, tanto físicamente como en lo referido a su maná. Ahora entendía el agotamiento que experimentaban sus compañeros después de una batalla. A pesar de la fatiga, reconocía que había valido la pena. Aprender esa técnica no solo aliviaría las preocupaciones de su hermano, sino que también lo acercaba un paso más a su objetivo de convertirse en un paladín.
En la granja sur, John se encontró enfrentando una situación difícil. Los piratas liderados por Edwin contaban con aliados poderosos en sus filas: los trasgos de las Islas Perdidas. A pesar de su apariencia pequeña, estos seres tenían una inteligencia aguda y eran conocidos por su habilidad para el sigilo y el robo. A lo largo del tiempo, habían perfeccionado su tecnología y creado máquinas humanoides de metal, que solo ellos podían manejar debido a su baja estatura.
Observando desde la distancia, John supo que debía proceder con cautela. Esperó a que una de las máquinas se separara de sus compañeros y entonces atacó. Dirigió su espada hacia el punto débil de la máquina, perforando su única rendija visible para el piloto. El resultado fue un estallido de sangre y la caída de la máquina. Al analizar el mecanismo detenidamente, descubrió que se alimentaba de una gema con runas mágicas en el pecho y que las articulaciones eran puntos vulnerables. Sin embargo, eran más resistentes que la carne humana. Reconociendo la necesidad de ataques precisos, John siguió atacando para inmovilizar las máquinas y luego derribarlas para alcanzar la gema. A pesar de las horas de lucha, finalmente logró vencer todas las máquinas. Agotado pero satisfecho, lanzó una bengala para pedir refuerzos que capturaran a los trasgos sobrevivientes para interrogarlos.
Al atardecer, John regresó al Fuerte Centinela. Aunque exhausto, se dirigió a dar su informe al capitán. Sin embargo, descubrió que este estaba en una reunión y que tendría que esperar.
Impaciente, recorrió de un lado a otro la entrada a los dormitorios. Fue entonces cuando vio llegar a Victoria, cuyo cabello estaba revuelto, pero que no presentaba heridas aparentes.