Segunda parte
Amuletos
y joyas
El rey de Athenas
Dentro de la biblioteca en la ciudad, una sección especial estaba dedicada a la teletransportación. En este rincón, los magos de alto rango marcaban el suelo con intrincadas runas mágicas que servían como puntos de retorno tras sus misiones. Pero el poder de estas plataformas no era exclusivo de los magos; aquellos que portaban una runa de retorno también podían aprovecharlas como medio de escape. El área estaba cargada de una energía sutil y enigmática que atraía la atención incluso de los aprendices que se encontraban allí.
Fue entonces cuando una de las plataformas se activó de repente, iluminando el espacio con una brillante luz que brotaba de las runas meticulosamente talladas en el suelo. El resplandor atrajo la mirada curiosa de los aprendices y los magos presentes, quienes observaban con sorpresa y expectación.
De la luz deslumbrante emergió el grupo de héroes, quienes mostraban los signos de una ardua batalla. Sus ropas estaban manchadas de lodo y polvo; sus armaduras, desgastadas por los enfrentamientos, y sus rostros reflejaban el cansancio acumulado de la lucha. Heridas y contusiones se hacían evidentes en algunos de ellos, pero también llevaban consigo una expresión de triunfo mezclada con el alivio de haber sobrevivido a la confrontación.
Los presentes en la biblioteca se apresuraron a acercarse a auxiliarlos, mezclando exclamaciones de asombro y preocupación. Las miradas de admiración y respeto se dirigieron hacia los héroes que habían regresado de su difícil misión.
—¿Cómo están todos? ¿Se encuentran bien? —preguntó el archimago, que también lucía desgastado por la pelea.
—Supongo —dijo Max.
—Es la segunda vez que me teletransportan, y me sigo sintiendo mal. —John vomitó un poco al llegar.
—Marea un poco —dijo Paul—. Cuando no tienes mucho maná, pasa eso.
—¿Dónde está? —Victoria comenzó a mirar para todos lados—. ¿Dónde está Elkon?
—Estaba adentro del círculo mágico —respondió su hermano.
—Es verdad, mi gólem de tierra lo trajo, y hasta él está aquí. —Se dio vuelta y vio al gólem, pero este estaba solo.
—Si el gólem lo sostenía, ¿dónde está él?
—Cuando el hechizo comenzó a brillar —decía Victoria—, un aura lo cubrió y no podía sujetarlo.
—Esto es extraño. —El archimago se puso a pensar—. Nunca me han fallado las teletransportaciones en masa, ¿por qué ahora sí?
—Me pareció escuchar al lobo decir unas palabras —acotó Bob—, pero no sé qué decían, las cosas de magos no son mi especialidad.
—Podría ser que el brujo haya alterado mi magia, pero ¿cómo? —El archimago estaba sorprendido—. No es una magia que se pueda cambiar desde afuera.
—Archimago, ¿qué pasó con él? ¿Dónde está Elkon? —Victoria, con un tono amenazante, le preguntó.
—Victoria, cálmate. —Su hermano se puso en medio y la sujetó de los hombros—. Si el lobo fue el que lo causó, William no tiene que ver con esto.
En tanto la discusión ocurría, unos magos que había allí fueron a auxiliar a los luchadores, mientras que otros fueron a llamar a alguien.
—Victoria, el paradero de Elkon es tan importante para mí como lo es para ti, pero primero debemos curar nuestras heridas, la pelea fue muy dura para todos.
—Lo sé…, pero quiero saber qué pasó con él.
En esto, un grupo de magos entró a la biblioteca acompañado de una mujer, una hechicera vestida con una túnica de alta calidad, joyas y un bastón extraño. Era la reina de Athenas, lady Hana.
—¿A qué se debe todo este escándalo? —preguntó la reina—. Archimago, usted los trajo.
—Mi señora, sí, venimos de una peligrosa misión. —Los más veteranos se inclinaron.
—¿Quién es? —John preguntó por debajo.
—Es la reina de Athenas, lady Hana —Max le respondió y los demás se arrodillaron como pudieron.
—No solo eso —James acotó—, también es la suma hechicera del gremio de magos en este continente, su cargo está muy por encima del archimago.
—De pie, por favor. —La reina señaló a sus acompañantes que los asistieran—. Están muy heridos. Ahora recuerdo, ustedes fueron a apoyar a un grupo de soldados en la pelea con Edwin. ¿Cómo terminó la situación?
—Hemos vencido, pero… —El archimago se tomó un momento.
—¿Lo han capturado?
—No —respondió el sacerdote—. Fue asesinado antes por uno de sus subordinados.
—Ustedes —mirando a los tres jóvenes— eran los novatos a los cuales el idiota de Cimadon mandó en esa misión suicida. Es bueno verlos enteros, pero ¿no se suponía que ustedes eran cuatro?
—Es mi culpa. —El archimago se inclinó hasta dejar su cabeza en el suelo—. Mi magia fue alterada por el enemigo, no pude…
—¿Acaso él murió?
—Esperemos que no —respondió Max—. No se logró teletransportar con nosotros, un brujo lanzó un extraño ataque en el último momento.