El mago de flamas azules

El peligro del desierto

Los viajeros se ponían al día con algunas cosas; entre ellas, Victoria trataba de poner a Luana al corriente del equipo. Aun así, ella se mantenía con un perfil bajo. Aprovecharon el camino para sacar algunas dudas que había.

—Capitán, tengo mis dudas —preguntó Paul—: ¿Por qué la reina dijo que estaba en contra de los métodos de Cimadon?

—¿Quién no lo estaría? Es un demente, cualquier recluta que pasa por el fuerte desea irse a las pocas horas —respondió Max—. Recuerdo que, cuando fui, me ordenó que me encargara de una población de huargos mutados que había cerca de la costa.

—¿Huargos mutados?

—Sí, son como lobos, pero más grandes. Al parecer, unos químicos usados por los trasgos piratas afectaron un pequeño lago cerca de una cueva de huargos. Estos bebieron de él, lo cual provocó que mutaran de formas ridículamente peligrosas que quiero olvidar. Atacaban las granjas cercanas, mataban a sus dueños. Yo era apenas un novato cuando fui, mi misión era acabar con esa epidemia.

—¿Nunca nadie se quejó de sus métodos?

—Cientos de quejas llegaban a los generales, pero al rey Leónidas en su momento le parecía correcto. Decía que, de los retos difíciles, salían los mejores soldados.

—¿Como la prueba final de la formación? —preguntó Luana.

—Exacto, las últimas pruebas siempre fueron difíciles. La idea era buscar con ellas dotes importantes que tienen que tener los soldados. Por ejemplo, en su caso, se quiso ver si tenían valor. Por eso se probó si podían derrotar a uno de nosotros.

—Pero, si es solo eso —Luana se cuestionaba—, todos tendrían que haber pasado, nos enfrentamos contra ellos.

—Sí, pero en manada. Qué sentido tiene ver el valor de una persona si solo puede ir en un grupo enorme. Ellos tres que ves contigo, junto con Elkon, lucharon contra un clon mío y lo derrotaron. Pero, cuando estaban totalmente convencidos de que habían ganado, no solo tuvieron que enfrentarme a mí, sino también al Barbarien y a James.

—Entonces, ¿cómo pasaron?

—Tú no podrías entenderlo, tuviste la suerte de encontrar a una Lily que se tenía que retirar —dijo John—. Se aprovecharon de eso y les dio el pase. Nosotros vimos ese desafío y nos paramos dispuestos a luchar contra ellos.

—Yo luché contra James, nos derrotó en un instante, pero yo no dudaba en enfrentarme a él. Asimismo, cuando encontramos a Lily, estaba dispuesta a luchar.

—Se nota que tienes mucho valor —dijo irónicamente.

—John, basta, déjala —Victoria lo calló—. Ella fue elegida por el rey para estar con nosotros, él ya vio nuestras cualidades. Si la eligió, es por algo.

—Cuando nos presentamos —dijo Paul intentando cambiar el clima—, dijiste que eras una cazadora arquera, ¿a qué te refieres?

—Hay dos tipos de cazadores: aquellos expertos en el rastreo y las trampas, y también los especialistas en armas de distancia.

—Tu arco es bastante común. —La maga señaló el arco que llevaba en la espalda.

—Me lo hizo mi padre cuando era niña. —Lo agarró con nostalgia.

—Los arqueros son precisos y certeros —dijo el capitán—. Es bueno tener a alguien especialista en larga distancia.

—Espero serles útil.

—¿Cuánto llevaremos en esta carroza? —preguntó cansado John.

—Por suerte, va rápido —dijo Paul—. Vamos varias horas arriba, parece que es de noche.

—No es eso. Miren: entramos en los bosques tenebrosos.

Se asomaron a mirar por las ventanas. Lo único que veían eran bosques oscuros, árboles que tapaban el sol con una densa niebla. El camino estaba iluminado por antorchas que guiaban la carroza, que no pensaba frenar para no ser víctima de ningún grupo de bandidos.

Avanzando sin contratiempos a través del bosque oscuro, al amanecer del siguiente día, los amigos se encontraron ante un puente que conectaba el reino de Athenas con los desiertos del sur. Dos estatuas inusuales custodiaban las puntas del puente: una representaba un licántropo (hombre lobo) y la otra un weretiger (hombre tigre) chocando sus lanzas en un enfrentamiento eterno. Paul, observando las estatuas, pronunció una frase que resonó en la mente de todos: “Estamos muy lejos de casa”.

A medida que avanzaban por el puente, la velocidad del carruaje disminuyó notablemente. El chofer explicó que estaban en una zona de guerra y necesitaban precaución para evitar trampas o asaltos. El carruaje ondeaba banderas del reino humano y una blanca que simbolizaba neutralidad, aunque los lycan no eran aliados, sino más bien indiferentes a otras razas.

A medida que dejaban atrás el bosque y se adentraban en los desiertos del sur, la vista cambiaba drásticamente. La arena y las rocas dominaban el paisaje y, aunque el ritmo era lento, la tensión en el aire estaba lejos de disiparse. El guardia chofer vigilaba atentamente su entorno, consciente de cualquier posible amenaza que pudiera aparecer en su camino. Sin embargo, había algo que no podía ver: extraños ojos asomándose desde las arenas, observando el carruaje con anticipación y acechando su momento.

El guardia golpeó el carruaje para alertar a los soldados que se prepararan. Pero, antes de que pudieran comprender el peligro, el ataque se desató. Dos escorpiones gigantes emergieron de la arena y se abalanzaron sobre ellos. Pero no estaban solos, varios escorpiones de tamaño medio se unieron al ataque.




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