El mago de flamas azules

El elfo, el bosque y el dragón

En medio de un sombrío bosque, cuyos árboles apenas permitían que algunos destellos del sol se filtraran a través de sus ramas entrelazadas, una misteriosa niebla se extendía por el aire, ocultando la visibilidad a pocos metros de distancia. De repente, una luminosidad surgió en el cielo y de ella emergió un joven en una caída que parecía haber sido vivida en algún sueño anterior. Elkon volvía a precipitarse hacia un lugar desconocido, víctima de un error de teletransportación desencadenado por la intervención del lobo. Todo este acontecimiento era observado por alguien a la distancia, un espectador silente entre las sombras.

El bosque se sumía en la oscuridad, sus árboles parecían alzarse como guardianes sombríos, mientras la niebla teñía el entorno con matices de violeta. Elkon, al incorporarse con torpeza tras el brusco impacto de su caída, sentía el dolor resonar por su cuerpo, una amalgama de sensaciones agravada por la reciente confrontación con el pirata. Al erguirse y llevarse las manos a la cabeza, tratando de calmar el dolor, comenzó a explorar minuciosamente su entorno, paso a paso, en busca de señales de vida civilizada. No obstante, la desolación era abrumadora; no había rastro alguno de actividad humana. Sin embargo, su intuición lo alertó de una presencia sigilosa que lo observaba, una mirada que lo escudriñaba con curiosidad y no con sed de sangre. Animado por esta percepción, Elkon reunió el valor para romper el silencio que lo rodeaba, atreviéndose a lanzar un grito al aire.

—Sé que estás ahí, ¡muéstrate! —El eco se escuchó, pero nadie aparecía—. No sé quién eres, pero, si lo que buscas es pelea, encontraste al rival equivocado —decía apenas pudiendo moverse.

En eso, por detrás de él, comenzó a escuchar un extraño gruñido. Se escuchaba el movimiento de una bestia enorme. Elkon miró por sobre sus hombros, logró ver unos enormes ojos rojos en la oscuridad y un aliento que se asomaba. Se sintió una respiración potente. Él se dio vuelta gritándole:

—¡No te tengo miedo, muéstrate! —El gruñido atravesó las sombras dejando ver una feroz criatura. Ahora, Elkon se veía cara a cara con la bestia que lo acechaba: un dragón.

—¿Qué clase de tonto se cree capaz de desafiar a un dragón?

Se acercaba lentamente hacia Elkon de forma amenazante. Su voz era grave, poderosa. El dragón era enorme, tanto que Elkon llegaba apenas a la mitad del largo de sus patas. Su cabeza podía tragárselo entero y poseía dos cuernos. Su color era un rojo fuego mezclado con negro, y dos grandes alas mezclaban ambos colores.

—Un dragón. —Se preguntó—: ¿Cómo es posible que no me haya percatado de algo tan grande?

—Yo hago las preguntas, humano. ¿Qué hace una criatura como tú en mi territorio?

—Estoy perdido, no sabría decir cómo terminé aquí…

—Me estás mintiendo, estás pasando sobre mí, igual que los demás. ¿No sabes quién soy? ¡Soy un dragón! El ser más poderoso de este mundo.

—Entonces, ¿qué piensas hacer? ¿Comerme? Suenas algo… patético. —El dragón comenzó a agitar sus alas, lo que hacía retroceder un poco a Elkon.

—¿A quién le dices patético? ¡Conviértete en mi esclavo o sufre la cólera de un dragón! —Dejaba salir un poco de fuego de su boca.

—No te tengo miedo —dijo Elkon muy seguro.

—¿Me estás desafiando, humano? ¿Qué idiota reta a duelo a un dragón?

«¿Por qué habla de sí mismo en tercera persona?», pensaba Elkon.

—Yo te reto. —Encendió sus llamas azules.

—¿Llamas azules? No importa, en un momento solo serás carbón. —Tiró su cabeza para atrás juntando fuerza y arrojó una gran llamarada de fuego contra él.

—¡Aliento del dragón azur! —Elkon juntó sus manos encendidas y lanzó su propia llamarada para contrarrestar la del dragón. Esta fue tapada por el fuego azul de Elkon, que comenzó a quemar el cuerpo del dragón entero, cubriéndolo en su totalidad con llamas azules.

—¡Ah, me congelo! ¡Hace frío!, ¡mucho frío! —La voz del dragón comenzó a cambiar, a hacerse más pequeña, mientras que las sombras dentro del fogón se hacían más chicas, como transformándose en algo pequeño—. ¿Por qué unas llamas me congelan? ¡Detente, por favor!

Cuando las llamas de Elkon se despejaron, dieron lugar a un pequeño joven de no más de catorce años. Era un elfo, su pelo era de color rojo con rasgos negros, tenía orejas puntiagudas, tez blanca y ojos de color verde.

—Un elfo, ¿eres un elfo?

—Sí, soy un elfo —dijo muy enojado.

—Eres apenas un niño.

—Tengo catorce y medio en años élficos, ya no soy un niño.

—¿Cómo te llamas?

—Mi nombre es Ándir, de la casa del sol rojo.

—¿Qué busca un elfo tan chico por estas zonas? Mejor, ¿por qué me atacaste?

—Me defendía. Pensé que eras alguien malo, un bandido.

—No lo soy. Ven, levántate. —Se acercó a darle la mano para ayudarlo a ponerse de pie—. Mi nombre es Elkon. Perdón por lo que sucedió, yo también reaccioné en defensa propia.

—Es raro ver un humano por estas zonas. Solo leí en libros sobre tu raza, es la primera vez que veo uno.

—Igual que yo. ¿Sabes dónde estamos?




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