El mago de flamas azules

El chamán de cuernos rojos

Un fugaz recuerdo emergió en la mente de Elkon como una brizna de memoria en medio del desconcierto. Se vio a sí mismo sentado en el suelo, con una joven figura frente a él. El cabello rizado y negro de ella ondeaba suavemente al compás del viento y en sus ojos resplandecía una mirada cargada de afecto. Las palabras reverberaban en su mente, inmortalizadas en el tiempo:

—No creo que haya nadie que lo quiera sanar —expresó Elkon mientras sostenía la mirada de la joven.

—Yo quiero intentarlo… ¿Me dejarías sanar tu corazón? —respondió ella con una sonrisa exquisita. Sus ojos destellaban con un brillo cautivador mientras le formulaba la pregunta.

—¿A qué te refieres con sanarlo? Está herido, devastado. No es algo que pueda ser curado...

—No lo sabré hasta que me permitas intentarlo —aseveró, acercándose de manera decidida y deslizándose sobre él con gracia.

—¿Qué planeas hacer?

—Sanar tu corazón —murmuró ella con determinación.

De repente, Elkon despertó de su ensoñación, solo para encontrarse con un inmenso hocico de toro que se cernía sobre él. La magnitud del ser y los ojos rojos penetrantes que lo miraban le hicieron dar un paso atrás, instintivamente retrocediendo unos cuantos pasos, inundado por un miedo repentino y visceral.

—No tengas miedo, Elkon, no pienso comerte —dijo el taurino de cuernos rojos frente a él.

—Eres diferente al que conocí aquella vez —respondió Elkon cuando se hubo calmado—. Era un taurus de cuernos celestes, ¿lo conoces?

—Claro que lo conozco, solo somos tres los chamanes en Olympia que servimos a tu Dios —dijo el taurus—. Mi nombre es Galierb, es un honor conocerte. —Le extendió su mano para ayudarlo a levantarse.

—¿Su Dios? —dijo el pequeño elfo en un costado.

—¿Cómo que sirven a mi dios? —preguntó el mago, confundido, mientras observaba que no estaba en el bosque, sino dentro de una gran carpa.

—Esa no es la pregunta que debes hacerme ahora, Elkon. Dime, ¿cuál es tu pregunta real?

—¿Qué sabes de mí?

—Sé muy bien que no eres de este mundo, también sé a qué viniste, pero eres tú el que no sabe para qué vino. —Sus palabras lo confundían.

«No se conocían, pero el chamán sabe todo de él», pensó el elfo.

—¿Quién soy?

—Eres Elkon, mago de Athenas, eso es lo que eres ahora. Pero dime algo, ¿recuerdas de dónde vienes?

—Yo no puedo recordar nada antes de que me encontrarán el bosque cerca de la Abadía. Salvo por… —El mago hizo una pausa.

—De acuerdo. Síganme —dijo el chamán mientras lo guiaba hasta una pequeña fogata en medio de la carpa—. Siéntate delante del fuego, te mostraré quién eres. —Elkon lo miró, no dudó y se sentó. El fuego era inquieto, se movía constantemente. Cuando empezó a verlo, algo sucedió.

Desde el fuego, comenzaron a mostrarse imágenes, el pasado, momentos que Elkon no debía olvidar. Él comenzó a pensar dentro de su cabeza, empezó a recordar.

Recuerdo aquel momento con una claridad sorprendente, como si el tiempo se hubiera detenido para permitirme revivir cada detalle. Me encontraba en una plaza de mi ciudad, rodeado de juegos infantiles, monumentos y árboles que danzaban al ritmo del viento. Ese día, el sol resplandecía en lo alto y bañaba todo en una luz cálida y dorada. Pero mi atención estaba centrada en una carrera desesperada para alcanzar el colectivo. A mi lado, iba alguien que significaba mucho más que una simple amiga: Macarena.

Cada paso que dábamos, el reloj parecía correr aún más rápido, pero eso no importaba cuando estábamos juntos. Nuestras conversaciones nos sumían en una burbuja donde el tiempo se dilataba, donde nuestras palabras y risas llenaban el aire. Y cómo olvidar sus ojos, su cabello enrulado que se movía al compás del viento, su presencia que iluminaba hasta el más oscuro de los días.

Macarena, el nombre que resonaba en mi mente como una melodía. En aquellos días soleados, nuestras carreras eran habituales para alcanzar el colectivo. Siempre nos deteníamos en charlas que se volvían cada vez más cautivadoras. Caminar juntos hacia la parada se había convertido en una costumbre que atesoraba en mi corazón.

Pero, en ese día, todo cambió. Tropecé torpemente y me vi caer de bruces contra el suelo, sintiendo un dolor agudo en mi rodilla. Me era imposible levantarme, y allí estaba Macarena, preocupada y dispuesta a cuidarme. Su cercanía era reconfortante y, como si llevara un botiquín de emergencia en su bolso, empezó a examinar mi herida.

—Duele mucho, qué tonto soy —me quejé, intentando lidiar con el dolor en mi rodilla.

—Tranquilo, te voy a curar —respondió, sentándose a mi lado en el suelo, sus ojos clavados en la herida. —No parece grave, pero conviene cuidarla. Gracias a que soy amiga de la enfermera, siempre cargo con mi botiquín. ¿Quién sabe cuándo lo necesitaré?

Sonreí ante su comentario ingenioso y la miré con complicidad. No podía evitarlo, sus ojos tenían la capacidad de distraerme de todo lo demás. Recordé su tatuaje, unas alas de hada en su espalda, y aproveché para hacer un comentario en tono de halago.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.