El mago de flamas azules

Recuerdos, segunda parte

25 de julio de 2020

La cuarentena se calmó un poco. Hay que seguir cuidándose, pero ya podemos salir a casi todos lados. Aunque la verdad, para mí, no va a ser así… Soy feliz tomando una taza de chocolate caliente, mirando la ventana mientras el frío azota la ciudad. El trabajo sigue siendo virtual, así que no pienso salir de mi casa, salvo que fuese exclusivamente necesario. Me encanta hibernar...

Han pasado varios días desde aquel sueño extraño. Me quedé con ganas de ver ese dragón, pero el sueño nunca se repitió. Fue demasiado realista. Yo sigo diciendo que no fue un sueño, fue un viaje a otro mundo real, como esos isekai que veo en los animes. Pero esta vez no hubo camión involucrado, gracias a Dios.

Mi vida siguió igual que siempre: levantarse, trabajar, jugar, videollamada con mi novia o mi familia, cena, jugar un rato más y a dormir… Extraño la rutina antigua, por más que la odiaba. Pero esta nueva me gusta, es la vida perfecta para mí. Sin embargo, desde ese sueño todo se volvió muy monótono. Intenté de todo para que se repitiera, pero nunca regresé, me resigné a pensar que no continuará. ¿Cuándo un sueño tiene una segunda parte?

Pero, cuando ya había abandonado toda esperanza, el sueño regresó en una noche de tormenta tan fuerte que los truenos sonaban como un gran rugido. Cerré mis ojos y volví hasta donde me había quedado…

La luz blanca que entró por la ventana causada por el relámpago cubrió mis ojos mientras estaba recostado en mi silla. Me levanté sobresaltado y cegado por esta. Cuando mis ojos se abrieron, estaba de vuelta en aquella feria.

El panorama que vi era distinto al de la última vez; no era de festejo y alegría, sino de terror y desolación. La gente corría por todos lados para refugiarse de aquel que gobernaba el cielo: el dragón. Era una criatura de gran tamaño, con alas que sacudían el bosque con sus movimientos cuando volaba bajo. Su aliento de fuego quemaba todo lo que tocaba, un color rojo mezclado con negro cubría su cuerpo. Era del tipo de dragón que tiene cuatro patas más dos alas y una gran cola puntiaguda, pero las patas delanteras eran más como brazos. Tenía una gran boca de enormes dientes filosos, un par de cuernos en su cabeza y espinas por toda su columna.

Los soldados y los magos que había en el festival lo atacaban a distancia con flechas y hechizos. Cuando el dragón tocaba suelo, lo atacaban cuerpo a cuerpo, pero eran repelidos por sus aleteos, los golpes de su cola y sus llamaradas. Vi a Marcux dando soporte a los heridos cuando el dragón tocaba suelo y atacarlo cuando subía. Yo me encontraba tieso por el miedo que me causaba el dragón, pero, a la vez, emocionado por ver tal majestuosa criatura. Algo en mí se encendía, tenía ganas de luchar también. Pero, antes de dar un paso, sentí que alguien me empujó; era aquel enano, que iba con un rifle más largo que su propio cuerpo. Me dijo:

—Deja lugar, humano. Les enseñaré a estos pequeños soldados lo que es pelear contra un dragón.

El enano tomó su rifle; a pesar de que este era más grande que él, lo dominaba a la perfección. Apuntó al dragón, que bailaba en el cielo esquivando los ataques de los soldados y los magos. El cazador tomó aire tranquilamente y esperó su momento para soltar un tremendo disparo, que levantó polvo a su alrededor de la potencia que tenía aquel rifle. El disparo dio con gran precisión en el dragón, que retrocedió. Le había dado cerca del pecho. Soltando un rugido de enojo, volteó su feroz mirada al enano y, retrocediendo su cabeza para atrás, le lanzó una gran bola de fuego. No sé qué pasó por mi cabeza, pero el ataque también me daría, así que mi cuerpo reaccionó solo y, poniéndome delante del enano, moví un brazo en forma circular, y desde el suelo apareció un gran escudo de hielo que nos protegió.

—Gracias —dijo el enano.

—No hay de qué —le respondí mientras el hielo se deshacía frente a mí.

Sentí un gran poder en mí, como si algo se encendiera, como un gran fuego que conseguía mucho combustible. Miré mis manos y vi que se ponían azules, como si se congelaran. Pero no sentía frío, solo me sentía… poderoso. Levanté mi mirada hacia el dragón y una mueca de felicidad se dibujó en mi rostro.

Apreté los puños y me dejé llevar por la imaginación y la experiencia ganada en tantos videojuegos, anime y cómics. En un brazo se formó una gran lanza de hielo y en el otro, un escudo. Dejándome llevar, pegué un salto enorme y volé hacia donde estaba el dragón. Comencé una pelea en los cielos. Fui hacia él como un cohete tratando de clavarle la lanza y volví para atrás mientras me cubría con el escudo de sus golpes. Le lancé esa jabalina de hielo una y otra vez, como si fuera de munición infinita, mientras esquivaba sus ataques, y también los de algunos de los que estaban abajo, que seguían atacando sin tenerme en cuenta. Cuando vi que con esas lanzas de hielo no era suficiente, comencé a formar una bola de hielo para revoleársela como si de balas de cañón se hablara. A veces, también le pegaba a puño limpio cubierto de escarcha. Pero el dragón me las devolvía.

Luego de varios ataques, el dragón me golpeó con su cola y me mandó a volar hacia una cascada en las cercanías del pueblo, donde había unas pequeñas niñas. El dragón aterrizó en el lugar y, con un gran golpe a la tierra, revoleó unas rocas sobre las niñas. Hice como pude para llegar antes y, usando el escudo de hielo, las protegí parándome sobre el agua, que se congeló. Dios bendiga a ese ninja rubio y su control sobre el chacra…




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