El mago de flamas azules

Poderes insuficientes

De nuevo en la ciudad e Cleop, nuestros amigos se enfrentaban a un dilema muy difícil de solucionar. Se encontraban en unos establos a punto de tomar una carroza. En eso, John y Paul trataban de que Max se subiera al carruaje.

—¡Déjenme! —forcejeaba Max—. Prefiero que me azoten en la plaza de Athenas a tener que entrar a una cueva llena de inmundos escorpiones.

—Capitán, no lo dejaremos ir —le decía Paul sosteniéndolo fuerte para evitar que subiera a un caballo.

—¿Cómo puede ser que el señor elemental de la tierra tenga miedo de unos simples escorpiones? —dijo John mientras ayudaba a su hermano a tenerlo.

—No eran simples —acotó Luana—. Todos vimos los que nos atacaron. Eran grandes, horribles y peligrosos. Aparte, también estaban sus mutantes, que son mucho peores, si me lo preguntan. —Max se le quedó mirando con palidez, mientras que la mirada de que John era de enojo.

—Gracias por hacerme acordar, ¡nos vemos en el año nuevo orco! —Y siguió buscando escaparse.

—¡Nadie te preguntó, arquera! —gritó John mientras seguía reteniéndolo.

—Max, no tienes que tener miedo —dijo Paul—. Nosotros estamos contigo, pero ya deja de golpearnos. —Max había comenzado a golpearlos con el codo para que lo soltaran.

—Capitán, por favor, lo necesitamos —acotó Victoria.

—Ya me cansé. —John lo soltó—. Si se quiere ir, que se vaya. No quiero que los locales piensen que somos…

—Unos cobardes. —Justo estaba cerca el capitán del grupo de asalto. El joven tigre junto a otros se reían mientras veían la situación.

—¿A quién llamas cobarde, gatito? —dijo John enojado.

—A tu “capitán”, niño —dijo Riggerkang.

—No lo insultes —le pidió Paul amablemente—, todos tenemos fobias o miedos.

—Yo no, soy un capitán del ejército de Cleop —dijo orgulloso y con rectitud el tigre—. Tengo que mostrarme y ser el mejor tanto por delante como detrás de mis hombres. Yo sí soy un capitán.

—Puedo no tener dignidad cuando mencionan ese insecto —dijo Max poniéndose firme—, pero no dejaré que me llamen cobarde a mí o a mis compañeros.

—Eres muy gracioso —se rio el tigre—. Pero primero, haz algo con ese escorpión en tus pies. —Max sintió que algo le caminaba en sus pies y saltó del susto. Quedó en un rincón, atemorizado, mientras los weretiger, que observaban lo sucedido, reían.

—Capitán, está todo bien —se acercó a consolarlo Victoria—, era una cucaracha.

—¡Maldito minino! —John hervía de la ira—. ¿Te atreves a insultarlo? Será alguien patético, con pavor a los escorpiones, pero es mi compañero. Nadie insulta a mis amigos delante de mí. —Desenvainó sus espadas—. Te haré picadillo aquí y ahora.

—John, cálmate, por favor, no llevemos esto lejos. —Luana se paró delante de él para detenerlo.

—¿Quieres pelear, humano? Este será tu fin. —Sacó su khopesh, una espada curva parecida a una hoz—. Veremos de qué estás hecho.

—Yo también estoy listo —dijo Paul levantando su mazo.

—No, hermano, esta es mi pelea. —Empezó a precalentar sus brazos con movimientos y gritó en tono burlón—: Ven, gatito, gatito, gatito.

—Me comeré tu carne y orinaré en tus restos, humano. —Rigger se enojaba cada vez que le decía gatito.

—¡Deténganse! —se escuchó una voz potente y firme—. ¿En qué están pensando? ¿¡Cómo se atreven a pensar en manchar suelo sagrado con una pelea entre aliados!?

—Gran maestro. —Rigger bajó la espada e hizo una reverencia ante un extraño weretiger que apareció portando una túnica y que tenía un aspecto muy anciano.

—¿Cómo se supone que resolveremos nuestro problema, anciano? —dijo John sin bajar la espada.

—Amdeir, trae el duplicador, por favor. —El anciano le hizo una seña a su escudero, quien hizo una reverencia y salió corriendo en búsqueda de algo.

—¿Duplicador? —John bajó sus espadas.

—En serio, quiero matarlo, no esto, gran maestro —dijo el capitán weretiger.

—Es un aliado, no puedes matarlo, aun si te insulta.

—Me dijo gatito —se excusó el tigre.

—Eres aún más infantil que un cachorro, Rigger. —En eso, llegó el escudero. Llevaba un extraño jarrón largo y grande con dibujos propios de su cultura. Lo puso frente al anciano—. Tú, joven humano, ven y mete tus espadas en el jarrón. Cuenta hasta cinco y sácalas.

—¿En serio? ¿Van a bendecir mis espadas? —Se acercó a meterlas, las dejó cinco segundos, luego las sacó—. ¿Ahora?

—Dije que sacaras tus espadas —señalando el jarrón.

John quedó confundido, ya que las tenía en mano. Pero, al ver hacia el jarrón, vio los mangos de sus espadas. Las agarró y sacó dos copias exactas de sus espadas en madera.

—Impresionante.

—Rigger, tu turno.

—Sí, mi señor. —Haciendo lo mismo, sacó la copia de su espada.

—Ahora sí los dejó pelear. Comiencen.

En el amplio patio del establo, el silencio se tornó expectante mientras John y Riggerkang se enfrentaban. Detrás del cercado, los demás observaban con miradas concentradas, conscientes de que estaban a punto de presenciar una contienda intensa. Ambos guerreros sostenían réplicas de madera en sus manos, listos para el duelo que estaba por comenzar.




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