El pequeño elfo se acercó a despertar a Elkon después de una larga noche. Había preparado una fogata cerca, donde asaba unos pescados. Él comenzó a despertar.
—Buen día, maestro —decía el niño mientras trabajaba en el fuego.
—Buen día, ¿por qué me dices maestro? —El mago se desperezaba mientras se levantaba.
—Para mí, eres un ejemplo de mago, quiero que me enseñes.
—¿Enseñarte? Yo no soy un maestro, todavía no tengo control sobre mis poderes. ¿Crees que puedo ayudarte? —Se sentó en un tronquito junto al fuego.
—Sí, lo creo. ¿Sabes? Mi talismán es parte de mi poder, pero también siempre quise ser un elemental. No se me da muy bien, así que mi padre me dio el collar para protegerme. Por eso, quiero aprender a utilizar todos sus poderes.
—¿Quieres que te enseñe a dominar tu poder?
—Exacto, ¿me ayudarías? Sí, di que sí… —Lo miraba para arriba haciéndole caras tiernas, con ojos saltones y brillosos.
—Esas caras no sirven conmigo.
—Bueno, entonces usaré mi carta secreta: cara de súplica nivel diez. —Su cara se hizo aún más notoria, más dulce, la cara de un niño que pide su ayuda.
—Esa puede ser que sirva. Está bien, te ayudaré.
—¡Sí, vamos!
Se fueron a recorrer un lugar más adentro del bosque, donde encontraron un descampado con más espacio para poder practicar.
—Para empezar, quiero que me muestres cómo funciona tu poder.
—Sí, claro. —Agarró su collar con una mano. Este comenzó a brillar y envolvió al elfo convirtiéndolo en un perro.
—¿Un perro? Por lo menos, un lobo.
—¡Guau! —ladró y luego comenzó a toser—. Sí, lo siento, te dije que no sé controlarlo.
—Bueno, vuelve en ti. —La luz volvió a cubrirlo devolviéndolo a su forma—. Entonces, no controlas en qué te conviertes, pero puedes volver cuando tú quieres.
—Sí, es verdad. Aunque muchas veces regreso sin quererlo.
—Cuando sostienes el collar, ¿piensas en algo?
—En mi padre, en lo protector que fue conmigo, en cuán guardián fue.
—Bien, ya tengo una idea. —«Protector, guardián, como un perro. Entonces, él tendría…», pensó—. Quiero que vuelvas a intentarlo, pero esta vez quiero que pienses en algo tierno, mimoso y orgulloso.
—Bien. Algo tierno, mimoso, orgulloso, algo tierno… —La luz lo volvió a convertir, pero, esta vez, en un gato—. ¿Miau? ¿C-cómo?
—Tenía razón: si piensas en las características del animal, puedes convertirte en él.
—Entonces —volviendo a la normalidad—, ya lo sé.
«Algo fuerte, glorioso y poderoso», pensó.
La luz volvió a cubrirlo y, cuando volvió, lo convirtió en un gorila.
—¿Qué? Yo quería un dragón.
—Déjame adivinar, pediste algo fuerte, glorioso y poderoso. Bueno, el gorila está cerca. Aparte, este es bastante grande.
—Maldición, quiero una banana, ¿Qué estoy diciendo? —La luz volvió, pero esta vez, cuando él reapareció, cayó al suelo, cansado.
—¿Estás bien?
—Me siento cansado.
—Parece que el collar no tiene magia propia, usa la tuya. No estás acostumbrado a cambiar tantas veces, descansemos.
—Sí. —Cayó en el mismo lugar donde estaba.
«Su poder lo desgasta demasiado. Tendrá que aprender a controlarlo, si no, este lo podría matar. Pero ahora, mejor que duerma». Se acercó para alzarlo y ponerlo cómodo contra un árbol.
En ese momento, Elkon vio una oportunidad para afinar sus habilidades. Se distanció unos pasos del elfo y encontró un lugar donde se acomodó en el suelo en una postura meditativa. Sus ojos se cerraron y su concentración se profundizó. Sin embargo, ajeno a su propia transformación, cada fibra de su ser resonaba con una energía creciente, manifestándose en torno a él como un resplandor azul, un aura de poder.
Mientras esta metamorfosis se gestaba, en la mente de Elkon surgían fragmentos de frases que se entrelazaban, confundiendo sus pensamientos. “¿Quieres que sane tu corazón?”, resonaba la frase de un recuerdo, como un eco del pasado. También emergía aquella presentación ante el archimago, cuando declaró: “Mi nombre es Elkon”. Pero había algo más, algo oscuro y desconocido, una voz similar a la suya, pero teñida de sombras. “¿Estás seguro de que pueden retenerme por más tiempo?”, susurraba esa voz siniestra, seguida por amenazas que helaban la sangre. “Arrebataré todo lo que amas y lo destruiré ante tus ojos impotentes...”. Eran palabras que generaban en Elkon una oleada de nerviosismo.
La ansiedad se apoderó de él cuando el rostro de aquella mujer en sus recuerdos comenzó a distorsionarse, como si su imagen se fracturara en innumerables fragmentos, como un espejo hecho añicos.
—¡Elkon! ¡Despierta!
La situación por afuera comenzaba a hacerse peligrosa. El poder que fluía de Elkon formaba una esfera de poder que quemaba lo que había alrededor.
—Esto se le está yendo de las manos. ¡Elkon! No hay caso, tendré que hacerlo.