El mago de flamas azules

Las tres danzas de la luna

Dentro de los misteriosos templos del desierto, las parejas que habían conformado para explorar se encontraron con desafíos únicos y singulares, una prueba diseñada específicamente para cada grupo. La reina, fuente de guía y conocimiento en esta empresa, había mencionado que había un requisito para activar la puerta que conducía a la cueva, una especie de ritual que se debía llevar a cabo. Este ritual llevaba por nombre danza a la luna, una enigmática descripción que dejaba a la imaginación y al ingenio de los aventureros el desentrañamiento de su significado.

La reina compartió con Max un recuerdo de su pasado, un testimonio que iluminaba la posibilidad de éxito. Ella le reveló que años atrás, junto a su esposo, había logrado abrir la puerta del templo central, lo que insinuaba que había superado la prueba requerida. Sin embargo, los otros templos permanecían sellados debido a una razón intrigante. Quienes los habían cerrado habían instaurado pruebas específicas, tan inaccesibles que nadie había podido resolverlas, condenando así esos templos al silencio y el misterio, hasta ahora.

***

Por una parte, en el templo del sur se enfrentaban a la danza del poder.

—Prueba de fuerza —Victoria decía mientras veía los dibujos en la pared, que apuntaban a un gran dibujo con forma de diana—. Creo que, con tu fuerza, deberías poder con esto.

—Podría ser —decía Paul—, pero no creo que sea algo tan sencillo como solamente golpear la pared.

—Sería cuestión de probar. —Victoria lo quería animar—: ¡Tú puedes, Paul! ¡Rompe esa pared!

—OK, vamos ahí. —Se separó un poco y sujetó su martillo con ambas manos—. Aléjate, no quiero lastimarte.

—Sí, lo siento. —Se alejó bastante.

—Versión horizontal, ¡voy con todo con mi martillo volcán!

Comenzó a girar como remolino formando un anillo a su alrededor con el martillo para que este tomara fuerza. Con un gran golpe, azotó la pared en el centro de la diana, haciendo retumbar la cueva y sacando chispas. Pero este no fue suficiente y él rebotó, con lo que quedó bien resentido por el golpe.

—¿Estás bien, Paul? —Se acercó Victoria a auxiliarlo.

—Creo que no va a poder ser solo con mi fuerza. Parece que requiere algo distinto.

—Entonces, es mi turno. Usaré todo mi arsenal mágico.

***

En tanto, en el templo del norte, los héroes intentaban superar la danza del amor.

Una de las parejas estaba imbuida de una certeza inquebrantable en su propósito. La prueba que les aguardaba parecía sencilla en apariencia, una demostración pública de amor, un beso compartido entre los integrantes de la pareja para evidenciar el profundo lazo que compartían. Luana y John, seguros de sus sentimientos mutuos y habiendo compartido besos apasionados en innumerables ocasiones, encararon el reto con confianza. Sin embargo, a pesar de la intensidad y duración del beso, la puerta ante ellos permanecía inerte, sin ceder a su empeño.

—Esto no sirve. —Se separó con brusquedad de ella—. ¿Realmente la prueba consiste en besarse?

—Yo le estoy poniendo ganas, tus besos son secos.

—¡¿Qué dices, mujer?! Yo te estoy besando con pasión.

—¿A eso le llamas pasión?

—¿Estaremos bien parados en el círculo?

—Sí, estamos bien parados. —Enojada, se separa—. Esto no sirve. La prueba consiste en darse un beso de amor, pero lo más que hicimos fue darnos besos vacíos, como si besáramos un espejo o nuestros brazos.

—¿Besos vacíos? Tienes razón. Si la puerta no se abrió, es porque no hay un sentimiento entre nosotros, no hay amor.

—El amor que había murió hace mucho tiempo por tu culpa.

—¿Mi culpa?

—Sí, tú fuiste quien me dejó, ¿lo olvidaste? Me dijiste que era porque querías irte con tu padre, pero la verdad era que estabas enamorado de otra persona.

—¿Cómo sabes eso?

—Soy mujer, me doy cuenta cuando me mienten, cuando mis besos no hacen nada.

—Éramos jóvenes, ¿qué podríamos haber sabido de amor?

—Tú no sabías nada, pero yo sí. —Le pegó un cachetazo fuerte y se alejó por la habitación.

—¿A qué vino eso?

—Yo sí te amaba, John. Eras importante para mí, no era un simple amor adolecente, realmente eras importante para mí. Me rompiste el corazón.

—Yo… —Apoyó su mano sobre su hombro mientras ella estaba de espaldas, pero lo sacó enojada—. No sé qué decirte. —Ella comenzó a llorar y se sentó en una pared, mientras que él, sin saber qué hacer, solo se calló y sentó a su lado.

***

Por último, en el templo central, Max todavía se enfrentaba a la prueba junto con la reina.

Max se hallaba ante un pasillo amplio y sombrío, cuya entrada estaba envuelta en una oscuridad que parecía extenderse como un velo denso y misterioso. El camino que tenía ante sí parecía llevarlo directamente hacia las profundidades de la penumbra, como si estuviera a punto de adentrarse en lo desconocido y lo inexplorado.




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