El mago de flamas azules

Armas codiciadas

En la austeridad de la celda, Elkon compartía un espacio de intimidad con Valeri. La joven se dedicaba a cuidar de sus heridas, limpiando y desinfectando con cuidado cada una de ellas. Cada toque de Valeri, aunque necesario para su recuperación, provocaba una incomodidad intensa en el mago. Las heridas se sentían como recordatorios palpables de los peligros que habían enfrentado, y cada aplicación del ungüento desinfectante traía consigo un agudo pinchazo de dolor.

Valeri estaba entregada a su tarea, concentrada en brindar a Elkon el alivio que necesitaba. Sus ojos reflejaban preocupación y empatía mientras trabajaba diligentemente, sabiendo que sus acciones eran esenciales para la recuperación de su compañero. A pesar de que el dolor parecía ser ineludible, Valeri trataba de mitigarlo en la medida de lo posible, cuidando cada herida con la gentileza de quien entiende la importancia de sanar no solo el cuerpo, sino también el espíritu.

Por su parte, Elkon estaba físicamente presente en la celda, pero su mente estaba en otra parte. Aunque podía sentir la atención y los cuidados de Valeri, sus pensamientos vagaban en el laberinto de sus reflexiones internas.

—Eres bastante resistente, mago. La herida está muy mal; a pesar de eso, sobreviviste estos días sin problema —dijo la centáuride mientras limpiaba sus heridas.

—No del todo. La realidad era que me dolía todo el tiempo. Solamente me limité a no aparentarlo por Ándir.

—¿Él es importante para ti?

—Supongo. Hace poco que lo conozco, pero su forma de ser, su sinceridad, su inocencia son lo que me ayuda a confiar en él.

—Apenas es un niño. Es raro que alguien tan pequeño haya caído en este bosque.

—Dijo que se desvió del camino en el que iba con sus padres. Se escapó a explorar un poco.

—¿Tú crees eso?

—La verdad es que no. —Valeri comenzaba a coser la cicatriz—. ¡Duele, duele, duele!

—No te muevas, es algo rápido, aguanta un poco más.

—Yo creo que algo les pasó a los padres. Él sabía muy bien que el bosque estaba maldito.

—No está maldito, solo está protegido.

—Eso no lo entendí, ¿me explicas?

—El bosque protege las tres aldeas de centauros. Cada una de ellas protege un tesoro de nuestro pueblo.

—¿De qué se trata?

—No debería contarte, pero algo en ti me inspira confianza. Dos pueblos protegen las armas especializadas en antimagia: una espada y un escudo. Mientras que la tercera protege al jefe de nuestro pueblo.

—Esta es la tercera, escuché. Pero esta protege la espada, no al rey. Cualquiera de las otras dos tiene lo otro, no sabemos cuál.

—Sí, los nombres hacen confundir.

—Pero ¿qué necesidad de proteger el bosque? ¿Están ocultándose de algo peligroso?

—De algo que amenaza nuestra civilización.

Mientras tanto, en la choza principal, Kadgro recibía la visita de un explorador que entraba agitado y con noticias.

—¿Qué sucede?

—Se detectó un paso en masa desde uno de los portales, señor. Se escucharon aullidos de lobos.

—¿Él está viniendo?

—Sí, mi señor. Es un grupo grande con él.

—¿Alguna novedad de las otras aldeas?

—No, señor. De alguna manera extraña, perdimos contacto con las otras aldeas. Mandamos exploradores, pero no han vuelto.

—Esto no es bueno. ¿Cuándo calculan que estarán aquí?

—En una hora máximo, a menos que los lobos aceleren el paso.

—Quiero que busquen más datos sobre las otras aldeas. Manténganme al tanto de cuántos niveles de protección han pasado. El orco está tramando algo.

En las profundidades del bosque, en su región más meridional, una amenaza imponente se materializaba. Un contingente numeroso de orcos montados en feroces huargos avanzaba con determinación. Los orcos, criaturas humanoides con una apariencia diferente a la de los humanos, exhibían una pigmentación verdosa o incluso rojiza en sus pieles. Eran físicamente más altos y robustos, sus cuerpos poseían una musculatura considerable, y sus facciones se destacaban por colmillos afilados y un aire salvaje.

Sin embargo, entre los orcos, uno destacaba sobre todos los demás. Era un orco mayor, un líder de gran contextura y presencia. Su figura imponía respeto y temor, un guerrero que había dejado una marca en su camino hacia el poder. Una cicatriz se extendía sobre su rostro, cruzando su ojo izquierdo y dejando una huella permanente que hablaba de batallas y desafíos superados. Su mirada era intensa y despiadada, un indicio de la autoridad que ejercía sobre su grupo.

Los rugidos y aullidos de los huargos, los lobos que montaban, se entremezclaban en el aire, creando una cacofonía feral que reverberaba en el entorno. A medida que se adentraban en las profundidades del bosque, su acercamiento se volvía más perceptible. El eco de los pasos y el rugido de los huargos señalaba su avance implacable.

En la celda de Elkon, un guardia entró.

—Apártate, hembra, nos lo llevaremos.




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