La muerte de Kadgro había dejado un vacío profundo en la civilización de los centauros, un líder valiente y determinado había caído en la lucha contra la horda del este y su líder, Karluk. Con su pérdida, la supervivencia de la civilización centauro pendía de un hilo, mientras la amenaza de la horda se cernía como una sombra ominosa sobre su futuro.
Sin embargo, en medio de esta oscuridad, en la aldea secreta donde Elkon se encontraba, los centauros restantes de las tres aldeas habían encontrado un refugio seguro. Los líderes de estas comunidades se habían unido, comprendiendo la necesidad urgente de coordinar esfuerzos para garantizar la supervivencia de su pueblo y su forma de vida. En un consejo trascendental, se reunieron para concebir un plan que les permitiera resistir y enfrentar la amenaza que los acosaba.
—Entonces, nosotros somos todos.
—Soy Rogger de la aldea Prylun, soy el último de mi aldea.
—Soy Natal, un guardia de aldea Duolun, guie a los sobrevivientes hasta aquí, solo llegamos cinco.
—Soy Kadder, guardia real y protector de la princesa, capitán a cargo de la caravana que salió de la aldea Trialun.
—Todos ya saben quién soy, soy la hija del gran jefe Padgro pezuñas de nieve, soy la única hija sobreviviente. Mis hermanos y hermanas, junto a mi padre, seguramente han sido asesinados por este orco. Ahora quiero saber ¿a quién nos enfrentamos? ¿Qué secretos hay en nuestro pueblo?
—Mi señora, no creo que sea necesario saber todo.
—Quiero saberlo. Si voy a guiar a nuestro pueblo, quiero saber qué secretos ocultaba mi padre.
—Su padre era un líder que acompañó a su pueblo hasta la muerte, luchó contra los orcos, pero pagó el precio de su ignorancia y debilidad.
—¿Cómo te atreves a hablar así delante de la princesa?
—Déjenlo, quiero saber.
—Padgro había descubierto que los aullidos de los huargos podían abrir paso por las capas de ilusión del bosque. Hace un tiempo, un grupo de orcos llegó a la aldea principal trayendo caos con ellos, habían capturado a algunos de nosotros. El jefe de la tribu se acercó y les suplicó que liberara a su gente, pero los orcos son gente avariciosa, le pidieron algo a cambio, algo que solo nosotros pudiéramos dar.
—¿Las armas sagradas? Es imposible, el gran jefe no haría eso.
—No lo hizo. Los orcos querían algo que solo teníamos nosotros: los armamentos antimagia. Padgro les prometió que, si se mantenían lejos de la aldea, él mandaría a fabricar armas y armaduras antimagia para abastecer el ejército. Le dieron un plazo, se cumplió con lo propuesto y los orcos se fueron. Pero algo salió mal. Si los orcos han vuelto, eso significa que algo salió mal.
—Sé exactamente qué sucedió. Fui yo quien dirigió la construcción de los armamentos, el gran jefe me ordenó que las armas tuvieran un cupo de magia que soportar, no eran del todo antimagia. Al acabarse ese límite, serían armas comunes. El gran jefe me ordenó esto, ya que tenía el presentimiento de que los orcos no las usarían para un buen fin.
—Entonces, se arriesgó a engañar a los orcos para salvar a su pueblo en ese momento. —Se quedó pensante y a la vez triste Valeri.
—Y nos condenó a este horrible final.
—Yo diría que fue un jugador. —acotó Elkon—. Se arriesgó a salvar a los aldeanos en ese momento y, sabiendo que sucedería esto, construyó esta última aldea.
—Yo había escuchado de esta aldea, pero no creí que fuese necesario usarla. ¿Qué hay de especial en esta?
—La aldea se creó para que nuestro pueblo pudiera huir al norte a la ciudad de nuestros aliados. Yo diría, de nuestros antiguos aliados. Después de tanto tiempo ocultos, hay que ver si siguen siendo aliados.
—¿Los elfos? Entonces, hay un camino hacia ellos.
—Mi señora, hay que usarlo. Si es verdad que los orcos atacaron las otras aldeas, significa que buscan algo.
—Puede ser. —Ella se miró la mano en la que tenía un extraño anillo.
—Con dos de las reliquias reunidas, si el orco consiguiera la tercera, sería invencible.
—Estamos a la suerte de que solo tengan dos reliquias. Pero, aun con eso, serán muy poderosos con el escudo y la espada juntos.
—El orco líder habrá tomado ambas.
—¿Quién es su líder? —preguntó la princesa.
—Karluk, el tuerto.
—Mi señora, ¿qué debemos hacer?
—No hay mucho para hacer. Que la gente descanse y prepare suministros. Al amanecer del segundo día, partiremos hacia Sol’Urbem. Recemos para que los elfos sigan siendo nuestros aliados.
Mientras la amenaza de los orcos se cernía más cerca de la aldea centauro, la preparación para el viaje hacia la ciudad élfica estaba en marcha. Los centauros se movían con diligencia, organizando suministros, asegurando la protección de los ancianos, los niños y aquellos que eran más vulnerables. Cada paso era una medida hacia la seguridad, una lucha contra el tiempo y el enemigo que se aproximaba.
No obstante, algo más se agitaba en los confines del bosque. La amenaza de los orcos tenía un objetivo más específico. No buscaban simplemente una cosa, sino a alguien. Entre los centauros, había alguien que los orcos ansiaban encontrar. Un secreto entrelazado con alguien del pasado o una habilidad única que se había convertido en un anhelo de poder para la horda del este.