En la sala escondida entre la arena en el templo centro del desierto, se encontraba una extraña puerta.
—Algo hay aquí… puedo sentirlo. —Max comenzó a actuar raro, como queriendo leer la pared.
—Es extraño. Desde que comenzaste a controlar la arena, te ves diferente.
—Eso es por su naturaleza. —En eso, atravesando una pared, apareció el mismo fantasma hombre del templo donde estaban Paul y Victoria.
—¿Qué quieres decir con mi naturaleza?
—Cuando los magos se acercan a la joya de gea, si está en su naturaleza la tierra, que es una magia similar, la joya los atrae como la miel a las moscas. El hecho de que haya algo que les daría control absoluto sobre su poder los atrae.
—Yo… Yo no busco la joya para mi propio beneficio —reclamó Max—. Ni siquiera sé de qué hablas.
—Eso dices ahora, pero ¿qué sucederá cuando la tomes con tus manos? —Max entró en dudas sobre lo que decía.
—Tienes forma de weretiger, ¿sabes quién soy?
—Sí, mi señora, sé quién es, pero usted no tiene poder sobre mí. Yo serví a los reyes de antaño, la misma diosa puso esta gema en mis manos. No pienses que porque eres la reina puedes acudir aquí y tener poder sobre mí.
—Entonces, ¿lo que tienen ahí adentro es la gema de la tierra? Es similar a la gema del agua que tenían los piratas.
—¿Cómo la conseguimos? —preguntó la reina.
—Solo un mago de tierra puede abrir la puerta.
—Entonces, ese soy yo. —Comenzó a caminar hacia la pared.
—¡No lo hagas! —gritó el fantasma.
—Tengo que ponerla a salvo.
Puso su mano en la pared. Esta comenzó a disolverse como si fuera una cascada. Dio así a una pequeña sala con un pedestal. En este, había una extraña gema de color marrón brillante.
—Esa es… —la reina estaba asombrada— la joya de la tierra.
—¿Por qué lo hiciste? Ahora puede caer en cualquier mano, en malas manos. Esto será el fin del desierto del sur como lo conocemos.
—No dejaré que nadie la tenga, la protegeré con mi vida.
En ese momento, un golpe le fue dado por la espalda y cayó desmayado. Se mostró una figura extraña pero familiar para la reina.
—¡No, Max! Maldito perro, ¿cómo te atreves? ¿En qué momento entraste?
—A esto me refería, maldición. No puedes tener la gema, es sagrada.
—Mi nombre es Remus, señor de los lycan, y hoy es un gran día. ¿Sabes por qué, mi reina?
—¿Por qué? —mirándolo con cara de odio.
—Porque hoy hemos ganado la guerra.
En las afueras del antiguo templo, la reunión de los cuatro héroes estuvo llena de asombro y sorpresa. Sus miradas se entrecruzaron y, aunque el impulso de hablar y cuestionar lo que había sucedido era fuerte, el momento no era propicio para detenerse. Una urgencia invisible los instó a continuar, a pesar de las preguntas que bullían en sus mentes.
Justo cuando estaban a punto de adentrarse en el templo, un evento inesperado tuvo lugar. Una criatura extraña, emergiendo como una esfera de tierra, los golpeó de manera violenta, lanzándolos en diferentes direcciones. La impactante fuerza de la bola de tierra los dejó momentáneamente aturdidos, pero en un instante la esfera se deshizo, revelando una figura que todos conocían: el lobo. Con un aterrizaje grácil, el lobo desapareció en un parpadeo, corriendo a una velocidad vertiginosa hasta que desapareció en el horizonte.
Desconcertados pero decididos, los héroes se levantaron rápidamente del suelo. Sin tiempo para reflexionar sobre lo que habían presenciado, se apresuraron hacia la entrada del templo, guiados por un propósito compartido. La estructura imponente los recibió con sus misterios y secretos, ofreciendo un refugio momentáneo para las preguntas que los acosaban.
Al cruzar el umbral del templo, una escena conmovedora los esperaba. Max, una presencia que había compartido su viaje, estaba allí aparentemente en un estado de inconsciencia. Pero sus corazones se apretaron cuando fijaron la mirada en la reina, herida y luchando contra el dolor. La presencia de Max y la imagen de la reina herida crearon un contraste sorprendente, una dualidad de situaciones que dejaba claro que no todas las respuestas estaban a la vista.
—¡Max! ¡Nesfaret! —decía Victoria mientras auxiliaba a Maximilian.
—¿Qué habrá sucedido? —preguntó Paul.
—Cayeron bajo la culpa de su propio error. —El fantasma estaba furioso—. No debieron abrir la sala secreta.
—Tú, fantasma, dime ¿qué sucedió?
—Esas armas…, ustedes también consiguieron las armas ocultas. Bien, entonces puedo confiar en ustedes.
—Habla.
—Alguien siguió a su amigo y a la reina hasta aquí. El rey lobo atacó en el momento preciso y robó la joya de la tierra.
—¿Una de las joyas estaba aquí? —preguntó Victoria.
—Esto no es bueno, tenemos que volver a Cleop —dijo la reina.
—Mi señora, ¿puede moverse?, ¿podrá caminar?