Al día siguiente de la llegada de la reina y el grupo de Athenas, la tensión entre los weretiger y los humanos era palpable. A pesar de la verdad que rodeaba la escapada de la reina para acompañar al grupo, el regreso de la monarca herida había avivado un profundo resentimiento hacia los humanos. Incluso cuando se revelaba la razón detrás de su partida, el rencor persistía en las miradas y actitudes de los weretiger. Sin embargo, este no era el único desafío que debían enfrentar.
En la habitación de la reina, el ambiente era tranquilo, aunque cargado de preocupación. La monarca yacía en reposo, sus heridas habían sido tratadas con vendajes que cubrían su abdomen, piernas y brazo izquierdo. Aunque su cuerpo estaba en proceso de recuperación, la determinación en sus ojos demostraba que su espíritu no se había quebrantado. A su lado, Maximilian y Victoria se encontraban presentes, listos para abordar los desafíos que se avecinaban.
—El solo hecho de que el rey lobo me haya lastimado es el indicio de que la guerra está cerca. Pero, ahora, que también tenga la joya de la tierra es algo que podemos ignorar.
—Podríamos correr el riesgo de que no sepa usarla —dijo Max.
—Pero la salida del lugar en forma de roca redonda, cuando nos golpeó, quiere decir que tiene una base —acotó Victoria.
—Aun así, es un peligro. El fantasma tenía razón, la gema en manos equivocadas le daría control sobre todo el desierto.
—¿Qué sugiere, mi reina?
—No hay más opción que recuperarla. Quiero que se preparen, partirán hacia una misión suicida.
—No me gusta cómo suena eso —dijo Max.
—Pero, los weretiger no se quedarán quietos, querrán buscar venganza —decía Victoria.
—Y no creo que dejen que nosotros hagamos esta misión.
—Entonces, me escucharán a mí. —En eso, entró un pequeño weretiger agitado.
—Mi señora, tenía razón, se han juntado.
—Lo que me temía. Entonces, tendré que imponerme. —Comenzó a levantarse adolorida mientras se sujetaba de un bastón.
—Mi reina, no tiene que moverse.
—¿Qué es lo que sucede?
—Las grandes cabezas se juntaron en una reunión privada.
—Eso no es bueno.
—Mi reina. —Victoria trataba de ayudar a la reina.
—No hay que perder tiempo, vamos.
En la sala principal de reuniones, se habían juntado los ancianos con los generales, quienes estaban por decidir qué harían.
—Esta es tu primera junta —el general Sharkang le decía a Rigger—. Como mi hermano menor, algún día tendrás que cubrirme, escucha con atención.
—Sigo diciendo que esto es aburrido, no entiendo por qué tengo que hacerlo.
—Porque eres mi hermano menor y me harás caso. —Mientras tanto, se iban acomodando—. También eres un Kang, nosotros somos la cúspide de los weretiger.
—Señores, nos hemos reunido para una simple razón —un anciano tigre comenzó la reunión—. General, por favor, ¿podría pasar y decirles?
—El rey lobo realizó un acto de violencia contra nuestra reina. Al lastimarla, solo nos incitó a una sola respuesta, guerra. —El asombro comenzó a verse en los rostros de los doce miembros, que se miraban por el solo hecho de la palabra.
—Una guerra contra los lycan es lo que menos necesitamos en estos tiempos de escasez —dijo otro anciano—. No tenemos materiales ni soldados para hacerla.
—¿Cuántos hombres tenemos? —preguntó el que primero habló.
—Siete mil soldados.
—Eso no es ni la mitad del ejército lycan, según nuestro informe. —Los miembros del comité se veían nerviosos.
—Qué importa cuántos sean, nosotros somos mejores —acotó el joven tigre.
—Silencio. Observa y haz silencio —le recriminó su hermano.
—No, déjalo. ¿Por qué lo dices? —preguntó un anciano.
—Yo mismo lidero mi unidad especial de asalto de quinientos de los mejores soldados, son elegidos entre los mejores, son soldados de élite.
—¿Sabes, niño, por qué nunca hemos ganado la guerra contra los lobos?
—No, mi señor.
—Nosotros tenemos a los guerreros más ágiles, sigilosos y mortales en este continente, pero los lycan son poderosos, más grandes, fuertes, feroces. Se necesitaría que los siete mil fueran de élite para decir que estamos seguros de ganar.
—Mi señor, subestima a mi ejército —interfirió el general.
—No, ustedes subestiman al enemigo.
—No es lo único que no están teniendo en cuenta —la reina dijo entrando a la sala del consejo con los humanos a su lado.
—Mi señora, no la esperábamos. —Todos se levantaron reverenciándola—. En su situación, nos vimos forzados a decidir nosotros.
—Mientras sea reina, no habrá reuniones secretas sin mi consentimiento. Tuve que contar con espías para enterarme de lo que sucedía.
—Mis disculpas, su majestad. —El general bajó la cabeza.