Tras el intento fallido de un consejo secreto, la reina tomó una decisión audaz: marchar hacia la guerra contra los lycan para recuperar la gema de la tierra. Sin embargo, esta decisión estaba lejos de ser unánime. Los weretiger sentían un profundo resentimiento hacia los humanos, a quienes consideraban responsables de las heridas de su líder. La alianza entre ambas especies estaba en peligro y el camino hacia la batalla estaba lleno de obstáculos internos y externos.
El ejército de siete mil soldados se movilizó desde la ciudad de Cleop, portando una variada gama de armas de asedio. Desde arietes hasta catapultas con forma de gato, el arsenal era impresionante y mostraba la determinación de los weretiger en su búsqueda por recuperar la gema. La caballería estaba compuesta por jinetes de tigres, dos mil poderosos guerreros que eran un testimonio visual de la unión de las dos especies. El resto del ejército incluía arqueros, guerreros y artilleros, todos listos para enfrentar la batalla que se avecinaba.
El frente del ejército estaba liderado por los siete generales weretiger, conocidos como los Septem Kang. Encabezados por Sharkang, el mayor, estos hermanos eran guerreros temibles que habían mantenido una reputación impecable al nunca haber sido derrotados. La leyenda sostenía que solo un Kang podía vencer a otro, y la verdad de esta creencia se pondría a prueba en el calor de la guerra.
La partida del ejército dejó la ciudad de Cleop vulnerable. Solo un pequeño grupo de quinientos weretiger quedó para proteger la ciudad. Los generales, conscientes del riesgo que representaba para la reina, habían dejado una guardia especial para su protección. Mientras tanto, los humanos, considerados culpables y con un papel ambiguo en esta coyuntura, fueron confinados en calabozos privados para evitar cualquier interferencia.
—Así es como terminamos —dijo John con una expresión de cansancio—, siendo prisioneros de nuestros propios aliados, ¿este es el destino de todo embajador?
—¿Quién te dijo que éramos embajadores? —cuestionó el hermano.
—Yo solo lo digo porque nos mandaron a ayudar con la guerra y terminamos presos por permitir que la reina saliera lastimada. Para mí, el único que debería estar aquí es el capitán.
—¿Por qué solo yo? —preguntó con sorpresa Max.
—Tú eras el que estaba con la reina en el templo del centro, deberías haberla protegido.
—No pude hacer nada. Al parecer, alguien me golpeó por atrás y quedé inconsciente.
—Para ser de la élite, estabas bastante descuidado —dijo Paul—. A nosotros nos costó mucho vencerte.
—Fue por culpa de mi nueva habilidad —trató de aclarar Max—. Algo extraño me poseyó, no pude concentrarme.
—¿Nuevo poder, capitán? —preguntó Victoria.
—Sí. —Estaba feliz—. Ahora puedo controlar la arena.
—Eras el maestro elemental de la tierra, ¿y no manejabas la arena? —preguntó con ironía John mientras que Max lo miró con enojo.
—Espera, eso es increíble —dijo Victoria—. Con eso tenemos una ventaja. Como decía la reina, Max puede ser nuestra carta de triunfo.
—Suponiendo que podamos salir de aquí. —John seguía desanimado—. ¿Cómo vamos a salir de aquí?
***
En otra parte del castillo, una sirvienta se acercaba a la alcoba de la reina, vigilada por dos guardias que protegían la puerta para que nadie entrara.
—¿Quién anda ahí? —preguntó un guardia.
—Lo siento. —Se asomó una weretiger con miedo—. Soy la sirvienta personal de la reina, vengo a traerle comida.
—La reina no recibirá a nadie.
—Me lo imaginaba, por eso traje un par de bebidas para ustedes.
—Oh, gracias. —Ambos guardias agarraron una jarra y comenzaron a tomar.
—Lo siento, pero son órdenes de la reina —se disculpó la sirvienta. Las jarras cayeron al suelo junto con los tigres, quienes comenzaban a retorcerse por intoxicación. Mientras tanto, la sirvienta entró al cuarto de la reina.
—Es un gusto saber que cuento contigo.
—Yo vivo para servirle, mi señora.
—Tenemos que ir a rescatarlos, ellos son la clave para el triunfo de la guerra.
—Mi señora, yo nunca dudaría de usted, pero ¿realmente cree que cinco humanos podrán parar este enfrentamiento?
—Esos humanos son diferentes a los demás, en ellos hay una luz que brilla en sus corazones. Creo que es bueno darles una oportunidad. Si yo se la doy, ¿tú qué dices?
—Entonces, tendré fe. Ahora hay que movernos rápido, preparé una ruta de escape. Espero que logremos escapar antes de que los guardias despierten. Vamos. —En eso, una sombra se acercó a verlas—. Mi señora, cuidado—. La sirvienta se puso como escudo frente a la reina con una daga en su mano.
—Tú, ¿cómo lo hiciste? —La reina quedó asombrada con lo que vio.
***
En los sombríos calabozos, John luchaba por liberarse de su confinamiento. Cada músculo de su cuerpo se tensaba mientras intentaba con todas sus fuerzas tirar de las resistentes rejas que lo separaban de la libertad. Sin embargo, sus esfuerzos eran en vano y solo lo llevaban a caer contra el frío suelo de la celda una y otra vez. Cada impacto era un recordatorio tangible de su impotencia.