El despacho olía a madera antigua, a tinta seca y a esa clase de silencio que no se rompe ni siquiera cuando alguien respira demasiado fuerte. Connor Whitmore estaba de pie frente a la enorme ventana del despacho principal de Whitmore & Crown Publishing, con las manos dentro de los bolsillos de su traje oscuro, observando una ciudad que no parecía haber cambiado en lo absoluto... a pesar de que el hombre que había construido gran parte de ese mundo acababa de morir.
Su abuelo.
Arthur Whitmore no solo había fundado la editorial más importante del país; había levantado un imperio con palabras, con historias, con autores que él mismo descubría como si tuviera un sexto sentido para detectar talento en bruto. Connor siempre había admirado eso. No lo decía en voz alta, porque en su familia los sentimientos eran tratados como borradores: se corregían, se suavizaban o simplemente se tachaban. Pero lo había admirado.
Y ahora estaba muerto.
-¿Planeas quedarte ahí toda la tarde o vas a sentarte como una persona civilizada? -la voz de su primo lo sacó de sus pensamientos.
Connor giró apenas la cabeza, lo suficiente para ver a Mark Whitmore acomodado con excesiva comodidad en uno de los sillones de cuero. Traje gris impecable, corbata perfectamente alineada, una sonrisa que no llegaba a los ojos. Mark siempre había sido así: correcto, pulido... y peligrosamente vacío.
-Estoy contemplando el legado de nuestro abuelo -respondió Connor con un tono seco, girándose finalmente-. Te recomiendo intentarlo alguna vez. Es más interesante que mirarte en el reflejo de una cuchara.
Mark soltó una risa breve, sin humor real.
-Siempre tan dramático. Es un edificio, Connor. Lo que importa no está en los ladrillos, está en quién lo dirige.
-Y ahí es donde entras tú, supongo. El salvador de la editorial.
-No -respondió Mark, inclinándose ligeramente hacia adelante, con esa mirada fría que Connor conocía demasiado bien-. El dueño.
Connor sostuvo su mirada unos segundos más de lo necesario. Ese era el problema con Mark: no fingía interés por la empresa, no fingía amor por lo que hacían. Para él, Whitmore & Crown era una corona más que colocar sobre su cabeza, una pieza en un tablero donde siempre jugaba para ganar, sin importar qué o quién quedara en el camino.
Connor, en cambio... Connor sí amaba ese lugar. Amaba los manuscritos que llegaban llenos de errores pero con potencial, las discusiones con los editores, el proceso caótico de convertir ideas en libros reales. Amaba el caos controlado de una editorial viva.
Pero no lo decía. Porque en su familia, amar algo era igual a mostrar debilidad.
La puerta se abrió con suavidad, interrumpiendo el silencio tenso entre ellos. El abogado de la familia, el señor Caldwell, entró con una carpeta en las manos y una expresión cuidadosamente neutra.
-Señores Whitmore -saludó, acomodándose frente al escritorio principal-. Gracias por venir. La señora Margaret Whitmore llegará en un momento. Ha pedido estar presente durante la lectura.
Connor arqueó una ceja.
-¿Mi abuela pidió estar presente? Qué forma tan elegante de decir que nadie se atrevería a empezar sin ella.
Caldwell no respondió. Nadie lo hacía cuando Connor hablaba así. Era más fácil ignorarlo que enfrentarlo.
Unos segundos después, la puerta volvió a abrirse.
Margaret Whitmore no entraba a una habitación; la conquistaba.
Vestida de negro impecable, con un collar de perlas que parecía haber sobrevivido más generaciones que la propia empresa, avanzó con paso firme hasta ocupar la cabecera de la sala. Su presencia llenó el espacio de inmediato, como si el aire mismo se alineara a su voluntad.
-Connor -dijo, apenas inclinando la cabeza.
-Abuela.
-Mark.
-Siempre es un placer, abuela -respondió él con una sonrisa perfectamente ensayada.
Connor tuvo que contener una mueca.
-Comencemos -ordenó Margaret, sin perder tiempo.
Caldwell abrió la carpeta.
El sonido del papel al moverse pareció demasiado fuerte en ese silencio cargado de expectativas.
-"Yo, Arthur Whitmore, en pleno uso de mis facultades..." -comenzó a leer, con una voz firme, profesional, casi mecánica.
Connor escuchaba, pero no realmente. Parte de él esperaba algo predecible: una división equitativa, un sistema de dirección compartida, quizás un nombramiento directo. Su abuelo siempre había sido pragmático.
Hasta que no lo fue.
-"...declaro que la propiedad total y el control absoluto de Whitmore & Crown Publishing será otorgado a aquel de mis nietos que cumpla la siguiente condición..."
Connor sintió cómo su cuerpo se tensaba, apenas perceptible.
Mark, en cambio, sonrió.
-"...contraer matrimonio legal y legítimo, y engendrar el primer bisnieto de la familia Whitmore."
El silencio que siguió no fue inmediato.
Fue lento.
Pesado.
Como si las palabras necesitaran unos segundos para asentarse antes de explotar.
Connor parpadeó una vez.
Luego otra.
-Disculpa -dijo finalmente, girándose hacia el abogado-. ¿Puedes repetir esa parte donde mi abuelo perdió completamente la cordura?
Caldwell carraspeó.
-La cláusula es clara, señor Whitmore.
-Oh, es clarísima -respondió Connor, soltando una risa incredulidad-. Casarse. Tener un hijo. ¿Qué sigue? ¿Demostrar amor verdadero con un beso bajo la lluvia?
Mark dejó escapar una carcajada baja.
-Interesante -murmuró-. Muy interesante.
Connor lo miró.
-No te emociones demasiado. Esto no es un juego.
-Para ti no -respondió Mark, cruzándose de brazos-. Para mí... es una estrategia.
Ahí estaba. Frío. Calculador. Listo para convertir incluso algo tan absurdo como eso en una competencia.
Connor se pasó una mano por el cabello, soltando un suspiro cargado de frustración.
-Esto es ridículo -dijo, caminando de un lado a otro-. ¿Se supone que debo salir ahora mismo a buscar esposa? ¿Llamar a una agencia? ¿"Hola, sí, necesito matrimonio urgente, preferiblemente con opción a bebé incluido en los próximos meses"? -se detuvo, girándose hacia su abuela-. Dime que esto es una broma de mal gusto.