Había una precisión casi matemática en la manera en que Charly Bennett organizaba su vida.
No era algo evidente a simple vista. No se trataba solo de escritorios ordenados o agendas impecables. Era más profundo que eso. Era una lógica silenciosa, una estructura interna que convertía el caos cotidiano de una editorial —los plazos imposibles, los autores complicados, los egos frágiles, los errores inevitables— en algo perfectamente manejable.
Predecible.
Controlable.
Charly no reaccionaba al caos.
Lo anticipaba.
Sabía qué iba a necesitar Connor Whitmore antes de que él mismo lo supiera. Tenía los documentos listos antes de que los pidiera, filtraba llamadas con una precisión casi quirúrgica, resolvía problemas antes de que adquirieran nombre, y apagaba incendios con tal eficiencia que nadie notaba siquiera que habían existido.
Era invisible en su excelencia.
Y, sin embargo, absolutamente indispensable.
A las ocho en punto de la mañana, su escritorio ya estaba impecable.
No había nada fuera de lugar. Ni un papel torcido, ni un objeto innecesario. La agenda del día estaba impresa, subrayada en tres colores distintos —urgente, importante, prescindible—; los contratos organizados por prioridad; los correos clasificados y etiquetados; las llamadas programadas con márgenes de tiempo que solo ella sabía cómo aprovechar.
Y el café de Connor.
Negro.
Sin azúcar.
Servido exactamente a la temperatura que él prefería.
Reposaba sobre una bandeja discreta, listo para ser llevado en el momento preciso.
Ni antes.
Ni después.
Charly no creía en la improvisación.
No en su mundo.
Había aprendido desde muy joven que las oportunidades no llegaban solas, que el orden no era un lujo sino una forma de supervivencia, y que, cuando no tienes nada asegurado, lo único que puedes permitirte… es hacerlo todo mejor que los demás.
Siempre.
Sin excepción.
Se acomodó las gafas con un gesto automático mientras revisaba por tercera vez el correo del día, confirmando reuniones, rechazando propuestas irrelevantes, marcando con precisión aquello que sí merecía la atención de Connor.
Afuera, la editorial comenzaba a despertar.
El murmullo de los editores.
El sonido constante de teclados.
El ir y venir de asistentes cargando manuscritos como si fueran piezas frágiles de algo mucho más grande.
Era un ecosistema vivo.
En constante movimiento.
Y en el centro de todo eso…
estaba él.
Connor Whitmore.
Su jefe.
Su problema constante.
Charly apretó ligeramente los labios al pensar en él.
Había aprendido a lidiar con su carácter, con su sarcasmo, con esa manera suya de convertir cada conversación en un campo de batalla disfrazado de diálogo casual. Desde niños había sido así. Connor siempre había tenido esa facilidad irritante para provocarla, para decir justo lo necesario para sacarla de quicio, como si su entretenimiento personal dependiera exclusivamente de verla perder la compostura.
Y aun así…
Aun así, trabajaban perfectamente juntos.
Porque detrás de toda esa arrogancia, Connor era brillante.
Y Charly lo sabía.
Lo odiaba…
pero lo sabía.
Suspiró suavemente, tomando la bandeja con el café y dirigiéndose hacia su oficina.
Golpeó dos veces.
Preciso.
Rítmico.
Y entró sin esperar realmente una respuesta.
—Tu café —anunció, avanzando con paso firme.
Connor estaba de pie junto a su escritorio.
Pero algo no encajaba.
La corbata ligeramente aflojada.
El cabello más desordenado de lo habitual.
Una carpeta abierta frente a él…
que no estaba leyendo.
En cambio, miraba al vacío.
Con una intensidad que no tenía nada que ver con el trabajo.
Charly frunció apenas el ceño.
Eso no era normal.
—Estás cinco minutos atrasado en tu rutina de revisar contratos —comentó, dejando la taza sobre el escritorio con exactitud milimétrica—. ¿Debería preocuparme o simplemente asumir que hoy decidiste dejar de ser funcional?
Connor parpadeó.
Como si regresara de algún lugar muy lejos.
—¿Siempre eres así de encantadora por las mañanas o hoy es un esfuerzo especial?
—Es un talento natural —respondió ella sin mirarlo, acomodando algunos papeles—. A diferencia de otros, no necesito practicar.
Él soltó una pequeña risa.
Pero no había verdadera diversión en ella.
Y eso…
eso fue lo que le llamó la atención.
Connor Whitmore no dejaba de ser él mismo.
Podía ser irritante, arrogante, insoportable…
pero siempre estaba en control.
Siempre.
Hasta ahora.
—Tu abuela llamó otra vez —añadió Charly, revisando su agenda—. Esta vez fue más… insistente.
Connor cerró los ojos un segundo.
Y ese pequeño gesto…
dijo más que cualquier palabra.
—¿Qué le dijiste?
—Que estabas en una reunión importante.
—¿Y antes?
—Que estabas en una videollamada.
—¿Y antes de eso?
Charly levantó la vista.
Sus miradas se encontraron.
—Que estabas fuera del país.
Connor arqueó una ceja.
—Creativo.
—Eficiente.
Un silencio breve se instaló entre ellos.
Pero no fue cómodo.
Charly lo observó con más atención.
Las sombras bajo sus ojos.
La tensión en su mandíbula.
La forma en que sus dedos tamborileaban apenas perceptiblemente sobre el escritorio.
Algo no estaba bien.
Y no era algo menor.
—¿Qué hiciste? —preguntó finalmente, cruzándose de brazos.
Connor abrió los ojos.
La miró.
Y por un instante…
pareció dudar.
—¿Por qué asumes que hice algo?
—Porque siempre haces algo.
Él sonrió apenas.
—Touché.
Pero no explicó nada.
Y eso…
eso era aún más extraño.
Porque Connor siempre tenía una respuesta.