El café no era casualidad.
Connor Whitmore no hacía nada sin intención.
Podía fingir lo contrario, por supuesto. De hecho, era uno de sus talentos más pulidos: hacer que todo pareciera espontáneo, ligero, casi improvisado, cuando en realidad casi siempre había una decisión previa detrás. Una pequeña estrategia. Un cálculo silencioso. Incluso cuando actuaba por impulso, lo hacía con la arrogancia de quien está acostumbrado a salir bien parado.
Y aquella mañana…
necesitaba salir bien parado.
El lugar que había elegido estaba a unas calles de la editorial. Lo suficientemente apartado como para evitar miradas curiosas, pero lo bastante elegante como para no sentirse como una huida desesperada. Tenía el tipo de sofisticación discreta que parecía diseñada para hacer que la gente bajara la voz apenas entraba: madera clara, luz cálida filtrándose por grandes ventanales, mesas pequeñas distribuidas con una precisión casi estética, y ese murmullo bajo de conversaciones ajenas que creaba una especie de burbuja sonora donde todo parecía un poco más lento.
Un poco más controlable.
O al menos…
debería haberlo sido.
Connor apoyó el codo sobre la mesa y giró distraídamente la cucharilla dentro de su taza de café, observando cómo el líquido oscuro se arremolinaba en círculos perfectamente inútiles.
Frente a él, Charly Bennett no había tocado su bebida.
No había tocado nada, en realidad.
Estaba sentada con la espalda recta, las manos juntas sobre la mesa, los dedos entrelazados con una rigidez que no encajaba con su habitual precisión controlada. Sus ojos, normalmente atentos, rápidos, evaluando cada detalle con esa eficiencia fría que a veces lo irritaba y otras veces —aunque jamás lo admitiría— le parecía fascinante… ahora estaban fijos en un punto indeterminado de la mesa, como si todavía estuviera procesando lo ocurrido.
Connor la observó unos segundos.
Sin prisa.
Estudiándola.
Había visto a Charly en muchas versiones a lo largo de su vida.
La niña insoportablemente aplicada que lo corregía incluso cuando nadie se lo pedía.
La adolescente de gafas enormes y trenzas demasiado apretadas que parecía vivir en la biblioteca.
La mujer brillante, impecable y terriblemente competente que ahora sostenía gran parte de su vida profesional sin que él tuviera que decirlo en voz alta.
Pero esa versión…
la de ahora…
era nueva.
Una Charly visiblemente descolocada.
Y por una razón que lo hacía sentir mucho más satisfecho de lo que probablemente debería…
esa razón era él.
Connor inclinó ligeramente la cabeza.
—Si sigues así, alguien podría pensar que te acabo de proponer matrimonio de verdad —comentó, con ese tono ligero que usaba cuando quería restarle importancia a algo que claramente no la tenía.
Charly no respondió de inmediato.
Y eso, viniendo de ella, ya era una respuesta.
Finalmente, parpadeó.
Giró la mirada hacia él con una lentitud calculada, como si cada movimiento estuviera siendo elegido con extremo cuidado para no lanzar la taza de café sobre su cabeza.
—¿Podrías repetir exactamente qué parte de “Charly es mi novia, abuela” se suponía que debía interpretar como una decisión consensuada?
Connor sonrió.
Ahí estaba.
La conocía demasiado bien para no reconocer ese tono. Era el de Charly cuando estaba intentando no cometer un crimen.
—La parte en la que no me desmentiste —respondió, llevándose la taza a los labios.
Ella soltó una risa breve, seca, sin una sola gota de humor.
—Oh, claro. Porque tenía tantas opciones en ese momento. ¿Te contradigo frente a tu abuela y convierto tu pequeña mentira en un espectáculo familiar en medio de la editorial… o me quedo callada y luego te arranco la cabeza en privado?
Connor bajó la taza con toda la calma del mundo.
—Elegiste sabiamente.
Charly lo miró fijamente.
—No elegí nada.
—Elegiste no destruirme en ese momento —replicó él con total naturalidad—. Y considerando tu historial… lo aprecio.
El silencio que siguió no fue cómodo.
Pero Connor no lo evitó.
De hecho, lo dejó crecer.
Porque sabía que, tarde o temprano, ella iba a preguntar.
Y también sabía…
que la parte difícil no sería responder.
La parte difícil sería lograr que no saliera corriendo después.
—¿En qué estabas pensando? —preguntó finalmente Charly.
Directa.
Como siempre.
Connor se reclinó ligeramente en la silla, cruzando una pierna sobre la otra con una calma que, en gran parte, era deliberada.
—En una solución.
Charly lo observó como si acabara de escuchar la frase más absurda pronunciada en idioma humano.
—Eso no es una solución, Connor. Eso es… —hizo un gesto con la mano, buscando la palabra correcta— una locura improvisada.
—No es improvisada.
Ella arqueó una ceja.
—La dijiste sin pensarlo.
—La dije rápido —corrigió él—. No es lo mismo.
Charly sostuvo su mirada durante unos segundos más, como si intentara descifrar si estaba diciendo la verdad o simplemente jugando, como siempre hacía.
Connor no apartó la vista.
Porque no estaba jugando.
No del todo.
No esta vez.
—Mi abuela no va a detenerse —continuó él, dejando la taza a un lado—. No después del testamento. Va a organizar citas, cenas, eventos, apariciones estratégicas con hijas de socios, nietas de amigos, herederas de apellidos imposibles de pronunciar… va a convertir mi vida en una agenda matrimonial.
—Ese no es mi problema.
Connor sonrió apenas.
—Ahora lo es.
Charly entrecerró los ojos.
—Te equivocas.
Connor apoyó los antebrazos sobre la mesa y se inclinó ligeramente hacia ella.
—No quiero casarme con una desconocida, Charly.
—Qué tragedia —respondió ella, seca—. De verdad me conmueve.
—Quiero a alguien que conozca mi vida —continuó, ignorando el comentario con una disciplina admirable—. Alguien que entienda cómo funciona la editorial, que no necesite explicaciones, que pueda moverse en este mundo sin cometer errores básicos, sin quedar deslumbrada por el apellido, sin hacer preguntas estúpidas en reuniones importantes y sin tratar un contrato como si fuera una invitación de boda.