Charly Bennett no creía en las coincidencias.
Creía en el orden. En la lógica. En la arquitectura invisible de causas y consecuencias que sostenía el mundo cuando la gente dejaba de romantizar el caos lo suficiente como para verlo con claridad. Creía en agendas bien estructuradas, en decisiones pensadas, en listas de pendientes resueltas antes de que se convirtieran en problemas. Creía en medir antes de dar un paso, en observar antes de hablar, en anticipar antes de reaccionar.
Creía, sobre todo, en evitar exactamente el tipo de desastre que, en ese momento, parecía haberse instalado sin permiso en su vida.
Por eso, cuando abrió la puerta de su casa aquella mañana y encontró a Connor Whitmore de pie al otro lado, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón, la camisa oscura perfectamente ajustada y una expresión que oscilaba peligrosamente entre la determinación y el desastre inminente… su primera reacción no fue sorpresa.
Fue sospecha.
No esa sospecha ligera que acompaña a los imprevistos pequeños.
No.
Fue la clase de sospecha que nace cuando el universo tiene exactamente la cara de tu jefe, tus problemas y una mandíbula demasiado bien definida como para no resultar irritante.
Charly apoyó el hombro contra el marco de la puerta y lo observó en silencio durante dos segundos completos.
Suficientes para confirmar tres cosas.
La primera: Connor no estaba ahí por casualidad.
La segunda: algo había salido mal.
La tercera: él ya venía con una idea y, por alguna razón profundamente injusta, seguramente esperaba que ella la solucionara.
—Dime que el café de esta mañana estaba adulterado —murmuró al fin, con voz todavía áspera por la hora—. Porque esta alucinación es particularmente detallada.
Connor esbozó una sonrisa breve.
No la sonrisa pública, la que usaba en reuniones y cenas benéficas. No la sonrisa peligrosa, la que utilizaba cuando estaba a punto de salirse con la suya.
Una más pequeña.
Más cansada.
Más humana.
Y eso, por supuesto, no ayudó en absoluto.
—Buenos días para ti también, Bennett.
Charly lo observó de arriba abajo.
Traje oscuro, impecable, aunque sin corbata. El cabello ligeramente desordenado, como si hubiera pasado la mano demasiadas veces por él. La sombra tenue de cansancio bajo los ojos. La tensión sutil en los hombros. Había algo en su postura, en esa rigidez apenas perceptible que normalmente sabía ocultar mejor, que no encajaba con su habitual despreocupación.
Connor Whitmore siempre parecía tener control de la habitación.
Esa mañana…
parecía estar intentando no perderlo.
—Son las ocho de la mañana —añadió ella, con la misma calma quirúrgica con la que alguien leería una sentencia—. Estás en mi casa. Eso ya rompe al menos tres normas sociales y dos personales.
—Tenemos un problema.
Charly dejó escapar un suspiro largo, resignado, casi ceremonial.
—Claro que lo tenemos. Tú.
Connor ignoró el comentario con la eficiencia de alguien que llevaba años siendo atacado verbalmente por la misma persona y, en vez de aprender a evitarlo, parecía encontrarle una especie de entretenimiento privado.
—Mi abuela organizó una cena esta noche.
Charly parpadeó una vez.
Solo una.
—¿Y?
—Y vamos a asistir.
—No.
—Sí.
—Connor—
—Formal —interrumpió él, con la clase de firmeza que solo aparecía cuando algo realmente importaba—. Cena formal. Con mi madre. Con mi abuela. Probablemente con Mark.
El nombre cayó entre ellos como una advertencia cuidadosamente colocada.
Charly se cruzó de brazos, evaluándolo.
La expresión de Connor no cambió.
Pero algo en ella sí.
Porque ya no era solo una cena.
Era terreno enemigo.
Era una prueba.
Era el tipo de escenario donde una mala pausa, una mirada mal colocada o una respuesta demasiado rápida podían hacer que toda esa mentira cuidadosamente improvisada se desplomara sobre sus cabezas como una lámpara cara y muy merecida.
—¿Y se supone que debo… qué? —preguntó al fin, ladeando apenas la cabeza—. ¿Aparecer y seguirte el juego?
Connor la miró directamente.
—Se supone que eres mi prometida.
El silencio que siguió fue breve.
Pero lo suficientemente largo como para que la realidad de esa frase se asentara otra vez, con todo su peso, como una piedra cayendo al fondo de un lago demasiado quieto.
Prometida.
La palabra era absurda.
Invasiva.
Escandalosamente íntima.
Y lo peor era que, cada vez que Connor la decía con esa seguridad irritante, sonaba un poco menos ridícula.
Charly cerró los ojos un segundo.
Respiró.
Y luego volvió a abrirlos con la expresión exacta de alguien que estaba contemplando un crimen premeditado.
—Esto es una pésima idea.
—Es la única idea.
Ella negó suavemente con la cabeza.
—No, Connor. Es una idea desesperada.
—Funciona.
—Aún no.
Connor dio un paso hacia adelante.
El gesto fue mínimo.
Pero redujo la distancia entre ellos lo suficiente como para que la conversación dejara de sentirse casual.
—Funcionará.
Charly sostuvo su mirada, buscando grietas. Buscando dudas. Buscando alguna señal de que todo aquello era tan improvisado como parecía.
Pero no encontró nada.
Y eso… eso la inquietó más.
Porque improvisar con Connor era una cosa.
Verlo comprometido con algo era otra muy distinta.
—¿Qué necesitas? —preguntó finalmente, con un tono más bajo.
Connor no dudó.
—Que seas creíble.
Charly soltó una pequeña risa, incrédula.
—¿Creíble? Connor, llevamos años discutiendo por absolutamente todo. Tu familia lo sabe. Tu abuela lo sabe. Tu madre probablemente todavía recuerda la vez que te lancé un archivador en la oficina de prácticas.
—Era un archivador vacío.
—Eso no mejora nada.