Connor Whitmore no era un hombre que se impresionara con facilidad.
Había crecido rodeado de elegancia cuidadosamente administrada, de mujeres impecablemente vestidas que sabían exactamente qué tono de voz usar en una cena de gala y qué sonrisa ofrecer a un apellido como el suyo. Había aprendido desde muy joven a reconocer la belleza del mismo modo en que reconocía una lámpara cara o una copa de cristal tallado: como algo agradable, bien construido, pero en última instancia... esperable.
La belleza rara vez lo tomaba por sorpresa.
La admiraba, sí.
La disfrutaba, a veces.
La deseaba, incluso.
Pero no solía descolocarlo.
No le robaba el equilibrio.
No lo obligaba a quedarse quieto un segundo más de lo necesario mientras su cerebro intentaba, de manera profundamente inútil, reorganizarse.
Por eso, cuando Charly abrió la puerta esa noche, Connor tardó un segundo más de lo habitual en reaccionar.
Y ese segundo... fue suficiente para incomodarlo.
No dijo nada al principio.
No pudo.
Se quedó ahí, en el umbral de su casa, con una mano aún en el bolsillo del pantalón y la otra sosteniendo las llaves del coche, mientras la observaba como si la escena frente a él no terminara de encajar con nada que hubiera anticipado.
El vestido negro caía sobre su cuerpo con una elegancia tan natural que resultaba casi insultante. No necesitaba brillar para hacerse notar. No necesitaba escote excesivo, ni artificios, ni adornos innecesarios. Tenía esa clase de belleza precisa que no buscaba llamar la atención y, por eso mismo, la exigía por completo.
El color -profundo, sobrio, impecable- hacía contraste con su piel de una forma que no necesitaba explicación alguna. La tela delineaba lo justo, sugería lo suficiente y dejaba el resto al tipo de imaginación que Connor, en ese momento, prefería no admitir que estaba teniendo.
Su cabello, cuidadosamente arreglado, caía con una suavidad elegante alrededor de su rostro. No demasiado elaborado. No demasiado casual. Solo... perfecto. Como si alguien hubiera estudiado exactamente cuánto esfuerzo debía parecer que había hecho para que el resultado no se viera ensayado.
Y luego estaban sus ojos.
Siempre habían sido expresivos. Connor lo sabía porque llevaba años provocándola lo suficiente como para conocer cada una de sus miradas: la irritada, la incrédula, la asesina, la seca, la satisfecha cuando él quedaba como idiota en una junta.
Pero esa noche...
había algo más.
Determinación, sí.
Tensión contenida, también.
Pero había otra cosa debajo.
Una especie de vulnerabilidad orgullosa, ferozmente protegida, que la hacía ver no solo hermosa...
sino peligrosamente real.
Connor la miró.
Y siguió mirándola.
Demasiado.
Lo suficiente como para que Charly, quien nunca había tenido problemas detectando el comportamiento extraño cuando venía de él, terminara cruzándose de brazos.
-Vas a seguir mirándome así o vas a decir algo útil -dijo finalmente, con la voz firme, aunque el leve rubor que subía por sus mejillas traicionaba el efecto que ese silencio había tenido.
Connor parpadeó.
Regresó a su cuerpo.
A la puerta.
A la noche.
A la misión.
A la muy urgente necesidad de dejar de comportarse como un adolescente con problemas de oxigenación.
-Intento decidir si esto es una ventaja estratégica o una distracción peligrosa -respondió con suavidad, inclinando ligeramente la cabeza.
Charly entrecerró los ojos.
-Concéntrate en la estrategia.
Connor sostuvo su mirada apenas un segundo más.
-Eso intento.
Ella rodó los ojos con una elegancia que, por supuesto, también se veía insoportablemente bien en ella, tomó su bolso y pasó junto a él, dejando en el aire un perfume suave y limpio que Connor tuvo la mala suerte de notar demasiado.
-Llegaremos tarde -murmuró.
Connor asintió, apartándose para dejarla pasar.
Pero no dejó de mirarla.
No del todo.
Y eso fue un problema desde el segundo en que cerró la puerta del coche.
El trayecto hacia la casa Whitmore fue... distinto.
No incómodo.
No exactamente.
Pero tampoco normal.
Había una clase de tensión silenciosa dentro del coche que no venía del miedo al ridículo -aunque Connor no estaba por encima de reconocer que había un porcentaje nada despreciable de eso- sino de algo más extraño.
Algo más personal.
Algo que ninguno de los dos parecía particularmente interesado en nombrar.
Connor conducía con una atención casi exagerada, como si la carretera fuera un problema complejo que necesitara resolver con precisión milimétrica. Sus manos se mantenían firmes sobre el volante, pero sus dedos golpeaban ligeramente la piel forrada en cuero con un ritmo irregular que lo traicionaba más de lo que le habría gustado.
Nervios.
Ridículo.
Pero reales.
A su lado, Charly miraba por la ventana, las luces de la ciudad deslizándose sobre el cristal en destellos intermitentes. Su postura era elegante, recta, impecable. Pero Connor la conocía lo suficiente como para notar la tensión en la forma en que sostenía el bolso sobre su regazo, en el modo en que su pulgar rozaba el borde del anillo una y otra vez como si necesitara recordar que estaba ahí.
-Estás tenso -comentó ella finalmente, sin apartar la vista del vidrio.
Connor no respondió de inmediato.
Se tomó un segundo.
Tal vez porque no estaba acostumbrado a que la gente le dijera ese tipo de verdades en voz alta sin adornarlas primero.
-Estoy preparado -dijo al fin.
Charly giró apenas la cabeza hacia él.
-No es lo mismo.
Connor soltó una pequeña exhalación.
-Repasemos.
Ella suspiró.
-Connor-
-Cuatro meses -interrumpió él, como si el repaso pudiera salvarlos de la humillación pública-. Empezó con una discusión distinta. Dejamos de competir y empezamos a escucharnos.