Charly Bennett había desarrollado, a lo largo de los años, una relación extraordinariamente clara con las mañanas: eran territorios seguros.
No lo pensaba en términos poéticos, por supuesto. Charly no era particularmente dada a romantizar nada que pudiera resolverse con una agenda bien estructurada y una taza de café correctamente preparada. Pero si alguien le hubiera pedido definir el momento del día en el que el mundo todavía conservaba cierto orden natural, habría respondido sin dudarlo: las mañanas.
Las mañanas no improvisaban.
No cambiaban las reglas a mitad del juego.
No aparecían con sorpresas absurdas, ni con personas emocionalmente incompetentes tomando decisiones de alto impacto sin consultar a nadie.
Las mañanas, en el mundo ideal de Charly Bennett, obedecían.
Y ella, a cambio, las manejaba con precisión.
Por eso, mientras caminaba hacia la editorial con dos cafés perfectamente equilibrados en una mano y una carpeta de documentos bajo el brazo, su mente ya estaba varios pasos adelante, organizando el día con la eficiencia implacable de siempre.
A las ocho quince debía revisar la agenda de Connor y cancelar —con la elegancia suficiente para no herir egos inflados— una reunión que no merecía su tiempo.
A las ocho treinta, enviar las correcciones finales del contrato de distribución internacional.
A las nueve, revisar la lista de autores que esperaban respuesta editorial.
A las nueve veinte, convencer a Connor de que no podía posponer una llamada con el equipo financiero solo porque “su tono de voz le daba sueño”.
A las nueve cuarenta, probablemente impedir algún desastre administrativo menor que nadie más detectaría hasta que ya fuera demasiado tarde.
Todo encajaba.
Todo estaba en su sitio.
O al menos… eso creía.
El bolso colgaba de su hombro con una discreción casi simbólica. Dentro, cuidadosamente guardado en un pequeño estuche de terciopelo oscuro, descansaba el anillo de compromiso que Connor había deslizado en su dedo la noche anterior frente a toda su familia.
Charly no lo llevaba puesto.
No por vergüenza.
No exactamente.
Pero había algo profundamente desconcertante en la idea de caminar por la oficina con un anillo brillante anunciando una mentira cuidadosamente construida como si fuera una verdad íntima. No terminaba de encajarle. Todavía no.
La noche anterior había sido… demasiado.
Demasiado intensa.
Demasiado pública.
Demasiado peligrosa.
Todavía no estaba segura de haber procesado del todo el momento exacto en que Connor se había arrodillado frente a ella, ni la forma en que sus palabras —que debían haber sido estrategia pura— habían sonado tan peligrosamente sinceras.
Y definitivamente no estaba lista para cargar esa escena en la mano mientras intentaba responder correos, firmar contratos y fingir que su vida no había entrado en una especie de espiral socialmente absurda.
Prefería mantenerlo guardado.
Oculto.
Hasta que encontrara la forma de integrar aquel anillo a su realidad sin sentir que estaba participando en una obra de teatro de demasiado mal gusto.
—Un día normal —murmuró para sí misma mientras cruzaba la puerta principal de la editorial—. Solo un día normal.
Fue un error decirlo en voz alta.
Una provocación directa al universo.
Una invitación formal al desastre.
El primer indicio de que su definición de “normal” estaba a punto de desmoronarse fue el silencio.
No era total.
La editorial nunca estaba completamente en silencio a esa hora. Siempre había movimiento: asistentes cruzando con carpetas, editores murmurando junto a las impresoras, teléfonos sonando, teclados repiqueteando como una lluvia organizada.
Pero esa mañana…
había algo distinto.
Algo que no encajaba.
Había miradas.
Demasiadas.
Sus pasos no se detuvieron, pero su mente empezó a registrar detalles con una rapidez casi automática. Susurros que se apagaban apenas ella pasaba. Sonrisas que aparecían demasiado rápido, demasiado amplias, demasiado cómplices. Una energía contenida, vibrante, casi eléctrica, que no correspondía con la rutina habitual de la mañana.
Charly frunció ligeramente el ceño.
Algo no estaba bien.
Algo definitivamente no estaba bien.
No necesitó más de cinco segundos para empezar a considerar escenarios:
¿Se había caído el sistema editorial?
¿Había habido un error grave con alguno de los autores estrella?
¿Connor había despedido a alguien en un arranque de irritación y ahora todos estaban procesando el drama?
¿Se había filtrado algún contrato?
¿Margaret Whitmore había muerto?
No. Si eso hubiera pasado, la atmósfera sería mucho más contenida. Más fría.
Esto era otra cosa.
Esto tenía energía de… espectáculo.
Y esa idea le produjo una punzada de alarma tan inmediata que apretó con más fuerza la carpeta contra su pecho.
Siguió caminando.
Pasó junto a recepción.
La recepcionista sonrió demasiado.
Pasó junto al área de marketing.
Dos personas dejaron de hablar exactamente cuando ella cruzó.
Pasó junto a la oficina de diseño.
Alguien le guiñó un ojo.
Charly redujo ligeramente el paso.
No porque quisiera.
Porque su instinto de supervivencia profesional acababa de empezar a sonar como una sirena interna.
Y entonces llegó a su escritorio.
Y lo vio.
Se detuvo en seco.
Por un instante, lo único que hizo fue parpadear.
Una vez.
Luego otra.
Como si su cerebro necesitara varios intentos para aceptar que la imagen frente a ella era real.
Sobre su escritorio, perfectamente organizados como si alguien hubiera dedicado tiempo, cuidado y una dosis excesiva de entusiasmo a la presentación, había al menos seis pequeños paquetes envueltos en papeles elegantes.
Uno tenía un lazo dorado.