El manuscrito de una falsa historia de amor

Capitulo 12

Connor Whitmore había aprendido a reconocer los silencios de Charly Bennett.

No todos significaban lo mismo.

Había silencios cargados de concentración, esos en los que ella parecía desaparecer dentro de su propia mente mientras ordenaba problemas ajenos con una facilidad casi ofensiva. Había otros más afilados, tensos, nacidos de la irritación contenida, silencios que anunciaban que alguien —probablemente él— estaba a punto de recibir una respuesta quirúrgicamente precisa y nada amable.

También existían los silencios cómodos.

Los raros.

Los que habían empezado a aparecer entre ellos sin permiso en las últimas semanas. Esos que no exigían explicación, ni defensa, ni ironía para sostenerse.

Pero luego estaban los otros.

Los silencios verdaderamente peligrosos.

Los que venían acompañados de una leve inclinación de su cabeza, de una mirada que parecía registrar más de lo que admitía, de esa calma demasiado calculada para ser casual.

Connor los reconocía de inmediato.

Y había aprendido —más por supervivencia que por prudencia— que, cuando Charly entraba en ese estado, algo ya estaba ocurriendo varios pasos por delante de donde él todavía estaba mirando.

Por eso, cuando ella insistió en salir a comer fuera del hotel, Connor no necesitó preguntar demasiado para saber que no se trataba simplemente de hambre.

Habían pasado toda la mañana entre llamadas, correos y una revisión meticulosa del itinerario que Amanda Clarke probablemente seguiría durante su estancia en la ciudad. Connor había supuesto que terminarían comiendo algo rápido en la suite, repasando por décima vez una estrategia que ya estaba bastante clara.

Pero Charly había cerrado la carpeta.

Había levantado la mirada.

Y había dicho, con esa serenidad suya que rara vez era inocente:

—Vamos a salir.

Connor la había observado un segundo más de lo habitual.

Y había entendido.

No porque supiera exactamente qué estaba tramando.

Sino porque sabía reconocer el momento en que Charly Bennett dejaba de esperar oportunidades… y salía a construirlas.

—La comida del hotel es excelente —comentó él mientras se ajustaba las mangas del saco, siguiéndola por el pasillo hacia el ascensor.

—Predecible —respondió ella, sin mirarlo.

Connor ladeó ligeramente la cabeza.

—Y tú odias lo predecible.

—Solo cuando no me conviene.

Connor sonrió apenas.

Ahí estaba.

Ese tono.

Ese tipo de respuesta que parecía casual y, al mismo tiempo, cuidadosamente elegida.

Cuando llegaron al vestíbulo, Connor disminuyó el paso justo antes de que Charly empujara la puerta principal del hotel.

—¿Qué viste? —preguntó finalmente.

Charly se giró apenas hacia él.

Lo miró directo.

Sin rodeos.

—Una oportunidad.

Connor sostuvo su mirada un segundo más.

Y luego asintió.

—Por supuesto que sí.

---

El restaurante no era ostentoso.

No era uno de esos lugares diseñados para impresionar a primera vista ni para servir de telón de fondo a fotografías demasiado estudiadas. Su elegancia era más silenciosa. Más selectiva.

Mesas bien espaciadas. Luz natural entrando desde ventanales amplios. Manteles discretos, vajilla sobria, un murmullo contenido de conversaciones privadas que no invadían el ambiente.

Era el tipo de lugar que no necesitaba demostrar nada.

Y, por lo tanto, exactamente el tipo de lugar al que alguien como Amanda Clarke elegiría ir.

Connor lo entendió apenas cruzaron la puerta.

Pero no fue eso lo primero que captó su atención.

Fue ella.

Amanda.

Sentada junto a una de las ventanas, con la luz del mediodía cayendo suavemente sobre su perfil. Tenía un libro abierto en una mano, una copa de agua a medio terminar y una ensalada frente a ella que parecía más decorativa que realmente tocada.

Pero lo verdaderamente importante no estaba en su postura relajada ni en la calma casi estudiada con la que ocupaba el espacio.

Estaba a su lado.

Una carpeta.

Connor no necesitó verla más de un segundo para entenderlo.

Giró apenas el rostro hacia Charly.

Ella ya lo sabía.

Por supuesto que sí.

No había sido casualidad.

No habían salido a caminar para despejarse.

No habían llegado ahí por azar.

Charly había encontrado a Amanda Clarke.

Y no solo eso.

Había elegido el momento perfecto para que pareciera que no la estaban buscando.

—Bien jugado —murmuró Connor, lo suficientemente bajo para que solo ella pudiera escucharlo.

Charly no respondió.

Pero la ligera curva en la comisura de sus labios fue suficiente.

Los acomodaron en una mesa cercana.

No demasiado cerca.

No demasiado lejos.

A una distancia socialmente impecable.

Lo bastante próxima para que una conversación bien modulada pudiera ser escuchada sin parecer dirigida.

Lo bastante lejana para conservar la ilusión de espontaneidad.

Connor tomó asiento con la naturalidad de quien no tiene ninguna prisa en el mundo. Charly hizo lo mismo frente a él, colocando su bolso con cuidado a un lado y tomando la carta del menú como si estuviera genuinamente interesada en leerla.

—Dame un minuto —murmuró ella, sin apartar la vista del papel.

Connor la observó.

Y entonces entendió exactamente cuál era su plan.

No iban a acercarse a Amanda.

No iban a irrumpir en su espacio con sonrisas ensayadas ni con tarjetas de presentación.

Iban a dejar que ella los notara.

Iban a permitir que la conversación se abriera sola.

Como si nunca hubiera sido el objetivo.

Era brillante.

Y profundamente irritante lo bien que funcionaba ese tipo de cosas cuando Charly las diseñaba.

El camarero apareció. Ordenaron algo sencillo. Connor pidió sin prestar demasiada atención a lo que decía; su mente ya estaba en otra parte, calibrando tono, postura, ritmo.




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