El agua caliente no solucionaba nada.
Charly Bennett lo sabía con la clase de claridad que solo dan las verdades repetidas demasiadas veces. El agua no corregía decisiones mal tomadas, no borraba conversaciones incómodas, no deshacía palabras que se habían quedado suspendidas en el aire con más peso del que deberían. No tenía el poder de reordenar emociones que jamás debieron desordenarse en primer lugar.
Pero sí ofrecía algo más sencillo.
Más inmediato.
Silencio.
Una pausa artificial donde el mundo parecía ralentizarse lo suficiente como para fingir, durante unos minutos, que todo lo que estaba mal podía quedarse fuera. Que las cosas podían esperar. Que las personas también.
Por eso estaba ahí.
Sumergida en el jacuzzi de la suite, con el cabello recogido de manera descuidada en un moño que empezaba a soltarse por la humedad, y un bikini sencillo que no tenía absolutamente nada de estratégico. Nada de estudiado. Nada que formara parte del personaje que había aprendido a interpretar desde que Connor Whitmore decidió, sin consultarla, convertirla en su prometida frente a media ciudad.
Era lo primero que había encontrado al abrir la maleta.
Lo primero que le permitió meterse al agua sin pensar demasiado.
Y, en ese momento, cualquier cosa que redujera la cantidad de pensamiento parecía una decisión razonable.
El vapor se elevaba lentamente, envolviendo la habitación en una calidez blanca y tenue que suavizaba los bordes del espacio. Afuera, más allá de los ventanales, la ciudad continuaba existiendo con su ritmo ajeno, indiferente, mientras dentro de esa suite el tiempo parecía haberse estancado en una clase de quietud incómoda.
Charly apoyó la cabeza contra el borde del jacuzzi y cerró los ojos.
El sonido constante del agua, el leve murmullo de las burbujas, la sensación del calor rodeándola por completo… todo debería haber sido suficiente para calmarla.
No lo fue.
Porque el problema no estaba afuera.
Estaba dentro.
Y, peor aún, tenía memoria.
Amanda inclinándose demasiado cerca.
La curva deliberada de su sonrisa.
La manera en que su risa parecía deslizarse por encima de la mesa buscando siempre el mismo destinatario.
La forma en que Connor no se apartaba.
La forma en que Connor…
respondía.
Charly apretó ligeramente los labios.
Ridículo.
Todo eso era profundamente ridículo.
No había una sola razón lógica para que aquello la afectara.
Ninguna.
Connor Whitmore no era suyo.
Nunca lo había sido.
Ni siquiera ahora, en medio de aquella mentira cuidadosamente construida, podía reclamar algo que jamás le había pertenecido. No había promesas reales entre ellos. No había exclusividad. No había derecho.
Solo un trato.
Un acuerdo.
Un intercambio frío y perfectamente racional que, sobre el papel, seguía siendo exactamente lo mismo que había sido desde el principio.
Nada más.
Y aun así…
algo en su pecho se sentía… mal.
No roto.
No devastado.
Solo incómodo.
Afilado.
Como una astilla demasiado pequeña para verse, pero lo suficientemente profunda como para hacerse notar cada vez que respiraba.
Porque no era solo Amanda.
Era lo que representaba.
Connor haciendo exactamente lo que siempre hacía.
Siendo exactamente quien siempre había sido.
Encantador cuando le convenía. Brillante cuando quería algo. Lo bastante hábil como para adaptarse al ritmo de cualquiera si eso le servía para conseguir una ventaja.
Y Charly…
siendo lo suficientemente ingenua como para esperar, aunque fuera en una parte muy pequeña y vergonzosamente silenciosa de sí misma, algo distinto.
Soltó una pequeña exhalación y hundió un poco más el cuerpo en el agua.
Había visto ese patrón demasiadas veces.
Mujeres que aparecían sin previo aviso en la agenda de Connor. Mujeres que llamaban a la oficina preguntando por él con un tono demasiado familiar. Mujeres que dejaban mensajes, flores, invitaciones, reclamos o promesas veladas que luego terminaban convirtiéndose, inevitablemente, en otro problema que ella debía ordenar.
Porque siempre era ella quien ordenaba.
La que respondía con cortesía.
La que cancelaba sin ofender.
La que reorganizaba reuniones cuando Connor desaparecía con una sonrisa fácil y una excusa improvisada.
La que limpiaba el desastre que él dejaba atrás con una eficiencia que nadie agradecía porque nadie se detenía a notar que había existido.
Y, aun así…
siempre volvía a sorprenderla un poco.
—No es diferente —murmuró para sí misma.
La frase se perdió entre el vapor.
Nunca lo había sido.
Nunca lo sería.
El sonido de la puerta abriéndose rompió el silencio.
Charly no se movió.
No abrió los ojos de inmediato.
Pero lo sintió.
Connor.
Había algo en la manera en que él entraba a los espacios que siempre se hacía notar. No era ruido. No era peso físico. Era otra cosa.
Presencia.
Una especie de energía contenida, de seguridad arrogante y cuidadosamente controlada que parecía llenar el ambiente antes incluso de que hablara.
Escuchó sus pasos.
La puerta cerrándose con suavidad.
Luego… nada.
Un silencio inmediato, más denso que el anterior.
Charly abrió los ojos lentamente.
No giró la cabeza.
No lo miró.
—Si vienes a explicar algo —dijo, con una calma que no coincidía ni remotamente con lo que sentía—, te ahorras el esfuerzo.
El silencio se estiró unos segundos.
Connor no respondió enseguida.
Cuando lo hizo, su voz era más baja de lo habitual.
Más contenida.
—No vine a explicar.
Charly dejó escapar una pequeña risa sin humor.
—Claro.
El agua se movió suavemente cuando ella cambió de posición, cruzando una pierna sobre la otra con esa elegancia automática que parecía vivir en su cuerpo incluso cuando estaba completamente sola.