El manuscrito de una falsa historia de amor

Capitulo 15

El silencio también podía ser incómodo.

Connor Whitmore lo sabía.

Lo había sabido siempre, aunque rara vez le había afectado de verdad.

Había crecido en una casa donde el silencio no era paz, sino evaluación. Donde la ausencia de palabras no significaba tranquilidad, sino juicio suspendido. Había aprendido a leerlo desde niño: el silencio de su padre era decepción; el de su abuela, análisis; el de su madre, resignación cuidadosamente vestida de elegancia.

Pero ese no era el silencio que lo inquietaba ahora.

Este era otro.

Más pequeño.

Más íntimo.

Y, por alguna razón, mucho más difícil de ignorar.

Porque frente a él no estaba Richard Whitmore, ni Margaret, ni ninguno de los fantasmas familiares que habían moldeado su instinto para detectar tensión antes de que se nombrara.

Frente a él estaba Charly Bennett.

Y Charly, en silencio, resultaba infinitamente más desconcertante de lo que Connor estaba dispuesto a admitir.

La suite permanecía en calma, envuelta en una luz tenue y cálida que suavizaba los contornos del espacio con una elegancia silenciosa. Afuera, la ciudad se desplegaba tras los ventanales como un paisaje lejano, brillante y ajeno. Dentro, la mesa donde habían decidido cenar estaba servida con la perfección impersonal que caracterizaba a los hoteles de lujo: platos impecablemente presentados, cubiertos alineados con precisión, copas que atrapaban la luz como si también estuvieran actuando para una audiencia invisible.

El servicio a la habitación había sido impecable.

Como todo en ese hotel.

Como todo en el mundo de Connor Whitmore, cuando se observaba desde afuera.

Y aun así…

nada en esa escena se sentía correcto.

Porque Charly había estado callada desde que amaneció.

Callada durante el desayuno.

Callada en el trayecto.

Callada mientras repasaban por encima la agenda del día.

Callada incluso ahora, frente a él, mientras cortaba con meticulosa precisión un trozo de comida y lo llevaba a la boca sin alzar la vista una sola vez.

Connor apenas notaba el aroma de la cena.

Ni el vino.

Ni el sonido lejano del aire acondicionado.

Todo su foco estaba puesto en ella.

En la forma en que evitaba mirarlo.

En la manera en que sus movimientos seguían siendo elegantes, medidos, funcionales… pero habían perdido algo.

No era frialdad exactamente.

Era distancia.

Y eso…

eso le molestaba de una manera sorprendentemente física.

Apoyó los codos sobre la mesa, observándola con una atención que no se molestó en disimular.

No le gustaba.

No le gustaba en absoluto.

Porque no había reproches.

No había ironía.

No había ninguna de las pequeñas armas que Charly solía usar cuando estaba molesta.

No había comentarios afilados ni silencios punzantes que pudieran convertirse en una discusión funcional.

Solo esto.

Esta calma contenida.

Este vacío entre ambos.

Y Connor, que siempre había sabido moverse mejor en medio del conflicto que dentro de la quietud, descubrió con una claridad irritante que prefería a Charly enojada antes que así.

Porque Charly enojada seguía estando ahí.

Esto, en cambio, se parecía demasiado a la retirada.

—Esto es extraño —murmuró finalmente.

La frase rompió el silencio con la cautela de quien sabe que está tocando algo frágil.

Charly no levantó la mirada.

—¿Qué cosa?

Connor exhaló suavemente.

—Tú callada.

Ella tomó un sorbo de agua antes de responder.

—Disfrútalo.

Connor dejó escapar una pequeña risa.

Fue automática.

Casi una defensa.

—No puedo. Me preocupa.

Eso hizo algo.

Mínimo.

Pero real.

Charly alzó la vista apenas un segundo, lo justo para mirarlo con una expresión que no era del todo fría… pero tampoco cálida.

—Sobrevivirás.

Connor inclinó ligeramente la cabeza.

—No estoy tan seguro.

La esquina de la boca de Charly pareció tensarse apenas.

No llegó a ser una sonrisa.

Ni siquiera una reacción abierta.

Pero fue suficiente para que Connor supiera que todavía no la había perdido del todo.

Y aun así…

el silencio volvió.

Solo que esta vez Connor no estaba dispuesto a dejarlo crecer.

Se pasó una mano por el cabello, en un gesto menos calculado de lo habitual, y por un momento se sintió extrañamente torpe. No porque no supiera qué decir. Siempre sabía qué decir.

El problema era que, por primera vez en mucho tiempo, no estaba buscando una frase efectiva.

Estaba buscando una honesta.

Y eso resultaba considerablemente más difícil.

—No manejé bien lo de ayer —dijo finalmente.

La confesión quedó entre ambos con un peso que no intentó suavizar.

Charly no respondió de inmediato.

Connor continuó antes de que el silencio volviera a tragarse la conversación.

—Y no… no fue intencional.

Ella dejó los cubiertos sobre el plato con una suavidad casi precisa, cruzando las manos frente a sí como si organizara también sus pensamientos antes de hablar.

—Connor—

—Lo sé —la interrumpió, levantando ligeramente una mano—. Sé que no es excusa.

La miró.

Directamente.

Sin sarcasmo.

Sin la sonrisa fácil que normalmente habría usado para amortiguar algo incómodo.

—Pero no estaba ignorándote.

Charly sostuvo su mirada.

Y esta vez no había distancia suficiente entre ellos como para fingir que aquello era solo una discusión más.

—Lo hiciste —dijo.

No fue una acusación.

Fue peor.

Fue una constatación.

Simple.

Limpia.

Irrefutable.

Connor asintió lentamente.

—Lo sé.

El silencio que siguió fue distinto.

Más honesto.

Menos defensivo.

Como si por primera vez en toda la jornada ambos estuvieran dejando de interpretar papeles.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.