El manuscrito de una falsa historia de amor

Capitulo 16

El silencio también podía seguirte fuera de una habitación.

Charly Bennett lo descubrió esa mañana con una claridad incómoda, casi irritante. No importó haber salido del hotel con la agenda ordenada, con el día estructurado hasta el último detalle, con la certeza profesional de que todo estaba donde debía estar. No importó haber hecho exactamente lo correcto. No importó haber sido ella misma quien ideó el plan.

El malestar seguía ahí.

Pegado a la piel.

Respirando detrás de sus costillas.

Había organizado la cita entre Connor y Amanda con la precisión que siempre la caracterizaba. El restaurante correcto, la mesa adecuada, la atmósfera conveniente, la hora ideal para que la conversación se sintiera casual sin perder el tono íntimo que Amanda claramente parecía disfrutar. Incluso había previsto el orden de los temas que Connor debía tocar para llevar el interés de Amanda del hombre… al manuscrito.

No había dejado espacio para el error.

Era una jugada limpia. Inteligente. Necesaria.

Entonces, ¿por qué se sentía como si hubiera cometido uno?

Charly caminaba entre las salas de la exposición de arte con pasos medidos, la espalda recta, el bolso colgado del hombro y las manos entrelazadas con una suavidad contenida frente a su cuerpo. El espacio era exactamente el tipo de lugar que, en otro contexto, le habría resultado placentero. Techos altos, paredes blancas impecables, pisos de concreto pulido, iluminación precisa cayendo sobre cada cuadro como si el mundo se detuviera solo para permitir que el arte respirara.

Había piezas abstractas de gran formato, instalaciones de metal suspendidas desde el techo, retratos a carboncillo que parecían mirar a los visitantes desde la penumbra de sus propios marcos. Todo estaba cuidadosamente diseñado para inspirar contemplación.

Pero Charly no estaba contemplando nada.

Su cuerpo estaba ahí.

Su mente no.

Porque su mente seguía regresando al restaurante.

A Amanda.

A la forma en que Amanda había sonreído el día anterior.

A la forma en que Connor, con esa facilidad irritante que tenía para encantar al mundo entero, probablemente ya había tomado el control de la conversación.

Ridículo.

Absolutamente ridículo.

Charly se detuvo frente a un lienzo abstracto de gran tamaño donde manchas azules y rojas se expandían como si hubieran sido lanzadas con rabia y luego obligadas a convivir en armonía. Inclinó apenas la cabeza, fingiendo analizar la composición, el contraste, la intención del artista.

No veía nada.

Solo colores.

Y un reflejo incómodo de sí misma.

—No es nada —murmuró para sí, en voz tan baja que apenas se escuchó.

No tenía por qué serlo.

Connor estaba haciendo exactamente lo que ella había sugerido. Exactamente lo que necesitaban. Exactamente lo que ambos habían acordado.

Entonces, ¿por qué sentía esa presión persistente en el pecho? ¿Por qué había una parte de ella, pequeña pero insoportable, que no lograba acomodarse?

Exhaló despacio.

—Concéntrate.

Pero no lo logró.

Porque lo sintió antes de verlo.

Esa presencia.

Ese tipo de energía que parecía entrar a una habitación antes que el cuerpo que la contenía. Una mezcla de seguridad insolente y esa sensación constante de que Mark Whitmore siempre estaba jugando una partida que nadie más había entendido todavía.

—Empiezo a creer que esto ya no es coincidencia.

Charly cerró los ojos apenas un segundo antes de girarse.

Y ahí estaba.

Mark.

A unos pasos de distancia, con las manos en los bolsillos del pantalón, una chaqueta oscura perfectamente cortada y esa sonrisa ladeada que siempre parecía cargar una intención escondida. No se veía fuera de lugar en un sitio así, aunque tampoco parecía pertenecerle del todo. Como si hubiera aprendido a adaptarse a cualquier escenario sin realmente comprometerse con ninguno.

Charly lo observó apenas un instante antes de recomponer la expresión.

—Podría decir lo mismo —respondió, con una calma tan bien construida que solo alguien muy atento habría notado la rigidez en sus hombros.

Mark dio un paso hacia una de las obras cercanas, inclinando ligeramente la cabeza como si de verdad estuviera evaluándola.

—Tienes buen gusto —comentó.

Charly arqueó una ceja.

—No sabía que te interesaba el arte.

—No me interesa —respondió él con naturalidad, sin mirarla—. Pero tú sí.

El comentario quedó suspendido entre ambos como una cuerda demasiado tensa.

Directo.

Sin maquillaje.

Sin el humor habitual con el que Mark solía disfrazar las cosas.

Charly lo miró un segundo más de lo apropiado.

—Eso suena como una mala estrategia.

Mark giró apenas la cabeza hacia ella y sonrió.

—Depende del objetivo.

No hubo respuesta inmediata.

Charly simplemente desvió la mirada y retomó la caminata hacia la siguiente sala, negándose a darle el peso que ese comentario claramente buscaba tener.

No esperaba que se quedara atrás.

Y, por supuesto, no lo hizo.

Escuchó sus pasos siguiéndola con una cadencia tranquila, casi perezosa, como si no hubiera nada más importante en su día que caminar detrás de ella entre cuadros demasiado caros y esculturas conceptuales.

—¿Te está yendo bien? —preguntó Mark después de unos segundos.

Charly no necesitó que aclarara el contexto.

—Lo suficiente.

—¿Connor también?

Ahí estaba.

El verdadero centro de la conversación.

La punta visible del hilo que Mark siempre parecía querer jalar.

Charly se detuvo frente a una fotografía en blanco y negro de una mujer de espaldas, mirando un mar embravecido. Cruzó ligeramente los brazos.

—Connor sabe lo que hace.

Mark soltó una pequeña risa.

—Eso nunca lo he puesto en duda.

El silencio que siguió fue breve, pero no vacío.

—¿Y tú? —añadió él—. ¿Sabes lo que estás haciendo?




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