Connor Whitmore nunca había tenido problemas con las mujeres.
La frase, pensó con un dejo de ironía mientras acomodaba por tercera vez una servilleta que ya estaba perfectamente alineada, sonaba peor de lo que realmente era. O quizá sonaba exactamente como era y ese era el problema. Porque si era completamente honesto consigo mismo —cosa que rara vez se permitía hacer sin sarcasmo de por medio—, siempre le había resultado demasiado fácil.
Las miradas.
Las sonrisas.
La forma en que una conversación podía comenzar con una observación casual y terminar, media hora después, con un intercambio de promesas que ninguno de los dos tenía intención de cumplir. Connor sabía moverse en ese terreno con la naturalidad de quien no necesita mapa para caminar por una ciudad que conoce de memoria. No había tenido que aprenderlo. Nunca se sentó a estudiar qué decir, cómo mirar, cuándo tocar una mano o cuánto silencio dejar antes de inclinarse lo justo para que la otra persona sintiera que estaba a punto de ocurrir algo importante.
Simplemente estaba ahí.
Ese tipo de facilidad injusta que el mundo le había regalado sin pedir permiso.
Y él la había usado.
Durante años.
Le gustaban las mujeres.
Le gustaba su compañía, su inteligencia, su complejidad, la forma en que podían desafiarlo o divertirlo, la manera en que algunas eran capaces de mirarlo como si supieran exactamente qué clase de desastre era y aun así decidieran quedarse un rato más. Le gustaba la ligereza del juego, el ritmo elegante de la seducción, esa coreografía perfectamente conocida donde nadie tenía que prometer nada serio mientras ambos fingían que el corazón no tenía por qué involucrarse.
Connor siempre había sido bueno en eso.
Demasiado bueno.
Pero esa noche, sentado en un restaurante que habría impresionado a cualquiera en cualquier otro contexto, con una copa de vino intacta frente a él y una mesa perfectamente preparada para dos, Connor Whitmore no estaba disfrutando nada.
El lugar era impecable. De una elegancia contenida, cara sin necesidad de parecer ostentosa. La iluminación era cálida, baja, diseñada para favorecer las expresiones suaves y los secretos dichos a media voz. Había velas pequeñas en cada mesa, un piano sonando a la distancia con la clase de discreción que solo los lugares realmente caros podían permitirse, y un murmullo general de conversaciones privadas que creaban la ilusión de intimidad incluso en un salón lleno.
Era, en términos objetivos, una elección excelente.
Charly la había elegido.
Connor soltó el aire lentamente, apoyando dos dedos sobre el tallo de la copa mientras observaba cómo la luz dorada se quebraba sobre la superficie del vino.
Y ahí estaba otra vez.
Charly.
Como si su nombre se hubiera convertido en una corriente subterránea de la que ya no podía salir. Como si no importara dónde estuviera ni con quién, porque en algún punto de cualquier pensamiento terminaba encontrándola a ella.
A su silencio durante la cena en la habitación.
A la forma en que había bajado la mirada cuando él prometió que no volvería a pasar.
A la sonrisa contenida, forzada, con la que había sugerido —de manera brillante y completamente enfermiza— que quizá podrían usar el interés de Amanda a su favor.
Todavía no decidía si esa idea había sido una jugada maestra o un crimen.
Tal vez ambas cosas.
Connor llevó la copa a sus labios, pero no bebió. Solo la sostuvo ahí unos segundos, como si el vidrio frío pudiera ayudarlo a organizar algo dentro de su cabeza.
No podía negar que la estrategia tenía sentido.
No podía negar que, en cualquier otro momento de su vida, todo esto habría sido tan fácil que habría resultado insultante. Salir con una mujer hermosa, inteligente, claramente interesada, mover la conversación en la dirección correcta, cerrar el trato y regresar al hotel con la sensación de haber hecho lo necesario para ganar.
Eso era todo.
Un intercambio.
Un juego.
Una noche.
Y sin embargo, sentado ahí, con la mesa impecable y el plan trazado hasta el último detalle, Connor sentía algo muy poco familiar.
Resistencia.
No culpa, exactamente.
No todavía.
Solo… una incomodidad terca, absurda, persistente.
Una sensación de estar en el lugar correcto con el cuerpo equivocado.
—Interesante elección de restaurante.
La voz femenina lo sacó de sus pensamientos.
Connor levantó la mirada de inmediato.
Amanda.
Llegó con la clase de presencia que no necesitaba anunciarse porque asumía, con razón, que el mundo ya la estaba mirando. Llevaba un vestido negro sencillo pero perfectamente cortado, el cabello cayéndole sobre los hombros en ondas estudiadamente descuidadas y una seguridad tan natural en la forma de caminar que habría hecho girar cabezas incluso si hubiese entrado a un cuarto lleno de realeza.
Hermosa.
Eso fue lo primero que pensó.
Lo segundo fue que cualquier otro día, habría disfrutado mucho más esa constatación.
Connor se puso de pie al instante, la sonrisa apareciendo en su rostro con la precisión de un reflejo entrenado.
—Me alegra que te guste.
Amanda se acercó a la mesa, y Connor hizo lo que siempre hacía.
Lo que sabía hacer.
Lo que jamás fallaba.
Apartó ligeramente la silla para que ella se sentara, esperó con paciencia impecable, sonrió con la cantidad justa de atención y soltó la clase de comentario que normalmente habría conseguido exactamente la reacción que buscaba.
—Siempre es bueno empezar con una buena impresión.
Amanda alzó la vista hacia él mientras tomaba asiento.
Su sonrisa fue leve.
Medida.
—No necesitas esforzarte tanto.
Connor se sentó frente a ella con la misma tranquilidad aparente que había usado en cientos de citas antes.
—No es esfuerzo.
Amanda tomó la carta sin demasiada prisa.