El manuscrito de una falsa historia de amor

Capitulo 18

La confusión podía ser más peligrosa que cualquier certeza.

Charly Bennett lo descubrió mientras caminaba de regreso al hotel con la sensación incómoda de que el día se había salido de su eje sin que hubiera ocurrido, en apariencia, nada lo bastante grave como para justificarlo.

El aire de la tarde era fresco, casi amable. Una brisa ligera corría entre las calles de la ciudad y arrastraba consigo el olor tenue del café recién hecho que escapaba de las terrazas, el perfume floral de algún puesto callejero y el rumor lejano del tránsito mezclado con conversaciones ajenas. Era el tipo de clima que normalmente le gustaba: uno que parecía invitar al orden, al pensamiento claro, a la posibilidad de poner cada cosa en su sitio con solo respirar lo suficiente.

Pero no ese día.

Ese día, cada paso parecía recoger más pensamientos en lugar de dejarlos atrás.

Cada semáforo, cada escaparate, cada sombra proyectada sobre la acera se convertía en una pausa involuntaria para volver, una y otra vez, al mismo punto.

Al desayuno.

A Mark.

A esa versión de él que no encajaba con nada de lo que ella creía saber.

Y ese era el verdadero problema.

No había sido desagradable.

No había sido tenso.

No había sido una de esas interacciones donde el rechazo o la hostilidad servían de ancla emocional para mantener todo en su lugar.

Había sido... fácil.

Demasiado fácil.

Natural, incluso.

Mark, por un momento, había dejado de ser el hombre arrogante, afilado, calculador, siempre un paso adelante en un juego que parecía disfrutar demasiado. Había sido atento sin caer en la teatralidad, directo sin resultar hiriente, inteligente sin necesidad de demostrarlo a cada segundo. Y, lo más inquietante de todo, había parecido... genuino.

Humano.

Como si bajo todas esas capas de ironía y privilegio realmente hubiera alguien ahí.

Y eso no tenía sentido.

No encajaba.

No con el Mark que ella conocía.

No con el Mark que había visto jugar sucio, sonreír con ventaja y moverse por el mundo con esa seguridad irritante de quien cree que todo puede comprarse, manipularse o seducirse hasta someterse.

Charly frunció ligeramente el ceño mientras cruzaba la calle cuando el semáforo cambió, ajustando la correa del bolso sobre el hombro como si ese pequeño gesto pudiera darle una sensación mínima de control.

-¿A qué estás jugando? -murmuró para sí misma.

No era una pregunta casual.

Era una necesidad.

Porque Mark Whitmore no hacía nada sin una razón.

Nada.

No improvisaba cercanía. No regalaba tiempo. No se sentaba a desayunar con una mujer como ella porque sí. Menos aún en mitad de una guerra silenciosa donde el manuscrito, la editorial, Connor y la familia entera parecían estar moviéndose alrededor de un tablero que cada día se volvía más enredado.

Y sin embargo...

no había encontrado la trampa.

No había detectado la intención escondida.

No había visto el hilo del que podía tirar para desmontar la escena.

Y eso la inquietaba más que cualquier provocación abierta.

Porque lo que uno podía ver, podía combatirlo.

Lo que no...

eso era otra cosa.

Exhaló lentamente, obligándose a caminar con un ritmo constante, aunque su cabeza estuviera lejos de cualquier clase de estabilidad.

Tenía que decírselo a Connor.

Ese pensamiento fue el primero que se sintió sólido en varios minutos.

Tenía que hacerlo.

No por lealtad emocional -aunque una parte de ella no quiso analizar demasiado eso- sino porque era lo lógico. Lo correcto. Lo profesional. Mark estaba moviendo piezas, de una forma u otra, y Connor necesitaba saberlo. Si él estaba haciendo algo, si estaba intentando distraerla, medirla o jugar a dos bandas, era mejor que ambos estuvieran preparados.

Ese pensamiento fue lo único que logró darle una dirección utilizable a su mente mientras atravesaba el vestíbulo del hotel.

El suelo de mármol reflejaba la luz cálida de las lámparas del techo, los empleados de recepción sonreían con esa amabilidad entrenada que nunca dejaba huella, y una pareja elegante discutía en voz baja junto a los ascensores como si incluso sus conflictos tuvieran que sonar refinados en un lugar así.

Charly apenas registró nada.

Caminó directo al elevador con la cabeza llena de piezas que no lograban encajar.

Orden.

Prioridades.

Eso era lo que necesitaba.

Eso era lo que siempre hacía.

Tomar lo complejo y volverlo manejable.

Tomar el caos y convertirlo en una lista.

Tomar el dolor, si hacía falta, y esconderlo detrás de una agenda bien ejecutada.

Las puertas del ascensor se cerraron frente a ella con un suave susurro metálico.

Y entonces, en el silencio contenido de ese pequeño espacio, la sensación regresó.

Más pesada.

Más incómoda.

Más honesta.

Porque no solo era Mark.

Era todo.

Amanda.

Connor.

La forma en que las cosas estaban empezando a complicarse mucho más allá de lo que cualquiera de los dos había anticipado cuando aceptaron aquel acuerdo. Ya no era solo una mentira útil. Ya no era solo un trato práctico con beneficios mutuos y límites claros. Algo se estaba desordenando en el centro de todo, y Charly podía sentirlo aunque todavía no supiera nombrarlo.

Cerró los ojos un segundo.

Solo uno.

Lo suficiente para intentar ordenar el ruido.

Lo suficiente para recordar quién era antes de entrar a esa suite.

Lo suficiente para volver a ponerse la armadura.

Cuando las puertas se abrieron, el pasillo estaba en silencio. La alfombra amortiguaba sus pasos y la luz tenue de los apliques en la pared hacía que todo se sintiera extrañamente contenido, como si el hotel entero estuviera reteniendo el aliento.

Charly caminó hasta la puerta de la suite, introdujo la tarjeta y esperó el clic suave de la cerradura.




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