El manuscrito de una falsa historia de amor

Capitulo 19

Connor Whitmore nunca había estado nervioso antes de entrar a la habitación de una mujer.

Nunca.

No en sus primeras citas, no en encuentros casuales, no en esas noches elegantes donde todo empezaba con una copa y terminaba con promesas que nadie tenía intención de recordar a la mañana siguiente. Connor siempre había tenido una seguridad casi irritante en ese terreno. Una certeza natural, una clase de aplomo que no se ensayaba porque simplemente existía. Podía entrar a una habitación, leer el ambiente, medir el ritmo de una conversación, sonreír en el momento justo y hacer que todo pareciera tan sencillo como respirar.

Siempre había sido así.

O, al menos, hasta esa noche.

Porque esa noche, parado frente a la puerta de la suite de Amanda, Connor Whitmore estaba teniendo una experiencia completamente humillante: estaba dudando.

Su mano quedó suspendida en el aire un segundo más de lo necesario.

Luego otro.

Como si tocar la puerta fuera, de pronto, un acto de una importancia histórica absurda.

Ridículo.

Absolutamente ridículo.

Connor exhaló despacio y se acomodó el cuello de la camisa con una mano, como si eso pudiera ordenar también el caos silencioso que llevaba media hora sintiendo en la cabeza. Había elegido una camisa negra, sobria, abierta apenas en el cuello, pantalón oscuro, reloj discreto, el tipo de atuendo que normalmente habría sido suficiente para entrar con la seguridad de un hombre que sabía perfectamente lo que estaba haciendo.

El problema era que no lo sabía.

No esa vez.

No en absoluto.

Volvió a inhalar, juntó algo parecido al valor y finalmente tocó la puerta.

Una vez.

Dos.

El sonido pareció mucho más fuerte de lo que debía.

Connor hizo una mueca apenas.

Perfecto.

Ahora hasta los nudillos sonaban desesperados.

La puerta se abrió.

Y todo empeoró.

Amanda estaba... impecable.

No, peor que eso.

Amanda estaba construida con la clase de belleza que parecía diseñada específicamente para arruinar la estabilidad mental de cualquiera. Llevaba un conjunto de lencería roja, delicado y perfectamente ajustado, una bata ligera abierta apenas lo suficiente como para que la imaginación no tuviera que trabajar demasiado. Su cabello caía sobre los hombros en ondas suaves, y la luz tenue de la suite convertía cada detalle en algo ridículamente cinematográfico.

Connor, que había visto mujeres hermosas toda su vida y nunca se había quedado sin aire por eso, parpadeó como un completo imbécil.

Porque sí.

Funcionaba.

Por supuesto que funcionaba.

Él era muchas cosas, pero no era ciego.

-Llegas tarde -dijo Amanda, apoyándose con elegancia casual contra el marco de la puerta.

Connor tardó un segundo en recordar cómo hablar.

-¿Estoy...?

Amanda sonrió con una lentitud peligrosamente divertida.

-Dos minutos.

Connor arqueó apenas las cejas.

-¿Dos minutos?

-Imperdonable -dictaminó ella con toda la solemnidad de una jueza federal.

Connor soltó una pequeña risa nerviosa.

Sí.

Nerviosa.

Qué experiencia tan novedosa y desagradable.

-Haré lo posible por compensarlo.

¿Qué estás haciendo?, pensó de inmediato, con una mezcla de vergüenza y resignación.

Amanda se hizo a un lado para dejarlo pasar.

Connor cruzó el umbral.

Y en el instante exacto en que lo hizo, supo que aquello no iba a ser tan sencillo como había fingido que sería.

La suite era amplia, lujosa y peligrosamente bien ambientada. Había música suave de fondo, de esa que nadie recuerda pero que siempre suena como si alguien estuviera a punto de tomar una pésima decisión. La iluminación era baja, cálida, intencional. Había una cubitera con hielo sobre la mesa, dos copas servidas a medias, fresas, una botella de vino abierta y la clase de atmósfera cuidadosamente montada que solo podía significar una cosa:

Amanda había venido preparada.

Y Connor...

bueno.

Connor había venido a fracasar emocionalmente.

-¿Vino? -preguntó Amanda, caminando hacia la mesa con una elegancia tan natural que debería haber sido ilegal.

-Claro -respondió él demasiado rápido.

Demasiado.

Tan rápido que se odió a sí mismo en tiempo real.

Amanda no dijo nada, pero la comisura de su boca se movió apenas, como si estuviera registrando el dato para reírse de él más tarde.

Sirvió dos copas con la tranquilidad de quien no tenía una sola duda sobre el curso de la noche. Connor la observó moverse un instante y luego apartó la mirada hacia una lámpara. Luego hacia el cuadro. Luego hacia la cubitera. Luego hacia cualquier punto del universo que no implicara ver a Amanda en lencería roja moviéndose por una suite.

Se aclaró la garganta.

Aceptó la copa cuando ella se la ofreció.

Y bebió.

Un trago largo.

Demasiado largo.

Lo bastante largo como para que Amanda alzara una ceja.

-Relájate, Connor -murmuró ella, acercándose un poco más-. Pareces tenso.

Connor sonrió con una naturalidad que no engañó ni a Dios.

-¿Yo? Para nada.

Mentira.

Total.

Absoluta.

De museo.

Amanda dio un paso más hacia él.

Luego otro.

Connor, de forma perfectamente involuntaria, dio uno hacia atrás.

Pequeño.

Discreto.

Pero no lo bastante.

Amanda se detuvo y lo miró con abierta diversión.

-¿Estás... huyendo?

Connor soltó una risa breve, falsa, ligeramente desesperada.

-No, no. Solo... admirando el espacio.

Amanda miró alrededor con exagerada seriedad.

-Claro.

Connor asintió con una dignidad que ya estaba más que muerta.

-Muy bonito. Muy... espacioso.

Dio otro paso hacia atrás.

Amanda avanzó.

Connor retrocedió.

Amanda avanzó otra vez.

Connor volvió a dar un paso atrás.

La escena, si alguien la hubiera visto desde afuera, habría parecido menos una seducción sofisticada y más un documental extraño sobre un hombre elegante siendo acorralado por sus propios errores.




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