Connor no tuvo que pensarlo demasiado.
Si había un lugar donde encontraría a Mark Whitmore a esa hora de la noche, sería en el bar del hotel.
Siempre lo era.
No por casualidad, sino por costumbre. Mark tenía esa tendencia casi irritante a ocupar espacios donde pudiera observar sin ser observado del todo, donde la luz fuera lo bastante tenue como para ocultar intenciones, pero lo suficientemente clara como para no perder detalle. Le gustaban los lugares donde la gente se relajaba lo suficiente para bajar la guardia y hablar de más. Donde una copa en la mano servía como excusa para fingir que todo era casual, cuando en realidad él nunca hacía nada sin propósito.
Y esa noche…
Connor no tenía la menor intención de darle esa ventaja.
El pasillo hacia el bar estaba cubierto por una alfombra gruesa que amortiguaba sus pasos, pero aun así él sentía el eco de su propia furia en el cuerpo. Caminaba con el manuscrito todavía fresco en la memoria, con la confesión de Amanda rebotándole en la cabeza una y otra vez, y con esa sensación particular que solo aparece cuando uno comprende, demasiado tarde, que el juego al que creyó estar entrando siempre estuvo amañado.
Mark no había improvisado aquello.
Lo había planeado.
Había calculado la habitación, la noche, la clase de mujer, la clase de tentación, la clase de evidencia que quería construir.
Fotos.
Pruebas.
Una grieta.
Algo que le sirviera para dinamitar desde dentro lo que Connor y Charly habían construido.
Y solo pensar en eso hizo que algo se endureciera dentro de él.
Porque ya no era solo una jugada sucia.
Era una invasión.
Una mano metida en un espacio que, hasta ese momento, Connor ni siquiera había terminado de aceptar como propio.
Pero lo era.
Dios.
Lo era.
El bar del hotel estaba sumido en una atmósfera cálida, casi íntima. La iluminación dorada se reflejaba en las botellas alineadas detrás de la barra como si todo el alcohol del mundo hubiera sido cuidadosamente dispuesto para parecer más elegante de lo que era. El murmullo de las conversaciones se mezclaba con el sonido tenue del hielo chocando contra el cristal, el roce de vasos sobre madera pulida, una risa femenina perdida en una esquina y una melodía de jazz tan suave que parecía existir solo para rellenar silencios incómodos.
Normalmente, Connor habría apreciado el lugar.
Incluso le habría parecido atractivo.
Esa noche solo le pareció un escenario.
Uno demasiado apropiado para Mark.
Connor cruzó el bar con paso firme, sin detenerse, sin mirar alrededor, sin molestarse siquiera en disimular que no estaba ahí por una copa ni por compañía ni por ninguna de las razones que llevaban a otros hombres a espacios como ese.
Lo vio antes de llegar.
Por supuesto que lo vio.
Mark estaba sentado en la barra, solo, con un vaso de whisky en la mano y esa postura relajada que siempre parecía insinuar que nada en el mundo podía sorprenderlo realmente. Llevaba la corbata floja, la chaqueta abierta, el cabello apenas despeinado en esa clase de descuido que solo los hombres demasiado conscientes de sí mismos logran convertir en atractivo.
Parecía cómodo.
Demasiado cómodo.
Como si hubiera sabido, desde el principio, que Connor iba a encontrarlo ahí.
Connor apretó ligeramente la mandíbula.
Se acercó.
Y se detuvo a su lado.
Lo suficientemente cerca para invadir su espacio.
Lo bastante lejos para no darle el gusto de parecer impulsivo.
—No esperaba menos de ti.
Mark no giró de inmediato.
Dio un pequeño sorbo a su bebida.
Con calma.
Con una calma tan ofensiva que Connor tuvo que contener el impulso de arrancarle el vaso de la mano solo para verlo reaccionar como un ser humano normal.
Como si ya supiera que él estaba ahí.
Como si lo hubiera estado esperando.
—Connor —dijo finalmente, con una tranquilidad casi elegante—. Justo a tiempo.
Connor no se sentó.
No todavía.
No iba a darle a esa conversación ni un solo gesto que pudiera parecer cordial.
—¿Te divertiste?
Mark dejó el vaso sobre la barra y giró apenas el rostro hacia él.
—Siempre.
Connor soltó una pequeña risa sin humor.
Una de esas que no nacen de la diversión, sino del asco.
—Amanda.
El nombre cayó directo.
Sin rodeos.
Sin introducción.
Mark sonrió.
Lento.
Como quien reconoce una carta que ya sabía que iba a aparecer sobre la mesa.
—Ah.
Solo eso.
Una sílaba.
Pero fue suficiente para que algo en el cuerpo de Connor se tensara un poco más.
Connor se inclinó apenas hacia la barra, apoyando las manos con firmeza sobre la madera pulida.
—Sé lo que hiciste.
Mark no pareció sorprendido.
Ni siquiera un poco.
Ni un músculo.
Ni un pestañeo.
Ni la más mínima dignidad.
—¿Y qué fue exactamente lo que hice?
Connor lo miró directamente.
Sin pestañear.
—Le pediste que me sedujera.
El silencio que siguió fue breve.
Pero no incómodo.
Mark simplemente lo sostuvo, como si estuviera evaluando cuánto tardaría Connor en perder la compostura. Como si esa clase de acusación no fuera, en realidad, una acusación sino solo una pieza más del entretenimiento nocturno.
Y luego sonrió.
—Sí.
Así de simple.
Así de fácil.
Sin vergüenza.
Sin defensa.
Sin siquiera la cortesía de fingir arrepentimiento.
Connor sintió cómo la tensión en su cuerpo aumentaba.
No fue un estallido.
Fue peor.
Fue una presión limpia, creciente, fría.
La clase de furia que no hace temblar las manos porque está demasiado ocupada afilándose por dentro.
—Eso no es jugar limpio.
Mark soltó una pequeña risa y tomó de nuevo su vaso.
—Connor… —murmuró, girándose finalmente para mirarlo de frente—. Esto nunca ha sido un juego limpio.