El triunfo tenía un sabor particular.
No era estruendoso, ni evidente, ni siquiera inmediato. No llegaba como un grito ni como una explosión, no se imponía sobre el cuerpo con la arrogancia de las victorias fáciles. Era, más bien, una sensación que se asentaba despacio en el pecho, como una certeza tibia que iba ocupando espacio con cada pensamiento, con cada recuerdo reciente, con cada pequeño detalle que confirmaba que, esta vez, las cosas habían salido bien.
Que, por una vez, el esfuerzo había valido la pena.
Que, por una vez, el plan no se había roto a la mitad.
Que, por una vez…
ella podía respirar sin sentir que el mundo estaba a punto de desmoronarse.
Charly Bennett caminaba junto a Connor con esa sensación instalada en el cuerpo, suave pero constante, como una corriente cálida deslizándose bajo la piel. No era euforia —Charly no era dada a la euforia, ni siquiera en sus mejores días—, pero sí algo muy parecido al alivio bien merecido. Uno más sólido. Más hondo. Más raro, incluso, porque no venía solo de haber conseguido algo importante, sino de haberlo hecho con él.
Habían vuelto.
Y no solo habían vuelto…
habían ganado.
El manuscrito estaba asegurado. Amanda firmaría con la editorial. Margaret tendría exactamente la clase de resultado que esperaba ver. Y por primera vez desde que aquella absurda cláusula había irrumpido en sus vidas como una sentencia disfrazada de herencia, Charly podía ver el camino con claridad. No era ya una posibilidad remota sostenida con optimismo forzado y planes a medio armar.
Era real.
Tangible.
Visible.
Estaba ahí, al alcance de la mano, como una puerta que por fin comenzaba a abrirse después de semanas de empujar en la dirección equivocada.
Y eso…
la hacía sentir orgullosa.
De él.
De ella.
De ambos.
Porque lo habían conseguido juntos.
Porque Connor, con toda su arrogancia cuidadosamente cultivada, su encanto insoportable y su tendencia a convertirlo todo en un espectáculo, había cumplido. Porque ella, con toda su obsesión por el control, su necesidad enfermiza de que las cosas tuvieran sentido y su incapacidad casi profesional para relajarse, también lo había hecho.
Y porque en medio de todo eso…
funcionaban.
Más de lo que cualquiera de los dos había planeado.
Más de lo que quizá era conveniente.
La noche alrededor de ellos tenía una ligereza extraña, casi amable. El aire era fresco, pero no incómodo. La ciudad seguía moviéndose a su alrededor con ese ritmo propio de las grandes avenidas bien iluminadas: coches pasando con rapidez contenida, luces reflejadas en el asfalto, murmullos lejanos, el sonido ocasional de una risa escapando de alguna terraza todavía abierta. Había vida por todas partes, pero a una distancia cómoda, como si el mundo, por una vez, estuviera permitiéndoles un pequeño corredor de calma en medio del ruido.
Connor caminaba a su lado con las manos en los bolsillos del abrigo y una expresión que Charly no le había visto con tanta claridad en días.
Liviana.
No completamente libre de tensión —Connor Whitmore, sospechaba ella, había nacido con una cierta cantidad de tensión estructural en el sistema—, pero sí más suelto. Más respirable. Más él, quizá, cuando no estaba peleando contra algo.
—Creo que esto merece una celebración —dijo de pronto, con ese tono ligeramente satisfecho que siempre usaba cuando quería sonar casual mientras anunciaba una idea que claramente ya había decidido en su cabeza.
Charly giró apenas el rostro para mirarlo.
—¿Ah, sí?
Connor asintió con una gravedad ridículamente ensayada.
—Sí. Algo significativo.
Charly arqueó una ceja.
—Me preocupa profundamente lo que consideras significativo.
Connor sonrió sin mirarla de inmediato, como si ya estuviera disfrutando la conversación antes incluso de dar su respuesta.
—Estoy pensando en ese restaurante chino que tanto amas.
Charly se detuvo un segundo.
Literalmente.
Su cuerpo se frenó con una sorpresa tan honesta que Connor tuvo que girarse hacia ella, divertido por la reacción.
—¿Hablas en serio?
Connor hizo una pequeña mueca de sacrificio casi patriótico.
—No me mires así. Esto es un acto de amor al proyecto.
Charly lo observó con desconfianza.
—Odiabas ese lugar.
—Lo sigo odiando —admitió él con total tranquilidad—. La decoración es cuestionable, las sillas son incómodas y estoy casi seguro de que ese pez enorme en la entrada me odia personalmente.
La imagen llegó a su mente de inmediato: el acuario viejo junto a la puerta, con ese pez naranja de expresión particularmente agresiva que siempre parecía mirar a Connor como si reconociera en él a otro depredador territorial.
Y antes de poder evitarlo, Charly soltó una pequeña risa.
Suave.
Ligera.
Real.
Connor giró la cabeza hacia ella al oírla y algo en su expresión se ablandó apenas.
—Pero —continuó él, retomando el hilo con una voz más tranquila— tú lo amas.
La forma en que lo dijo…
sin ironía.
Sin burla.
Sin el barniz de provocación con el que normalmente disfrazaba casi cualquier gesto amable.
Hizo que algo pequeño y delicado se moviera dentro del pecho de Charly.
Algo peligroso.
Algo que ya estaba empezando a parecerse demasiado a ternura.
—Así que iremos —añadió Connor—. Comeremos algo que probablemente no voy a entender, pedirás ese té rarísimo que huele a farmacia antigua y yo fingiré que lo disfruto mientras pierdo lentamente la fe en mis papilas gustativas.
Charly lo observó un segundo más de lo necesario.
—Eres terrible.
Connor sonrió con esa satisfacción arrogante de quien cree haber hecho algo muy noble.
—Pero considerado.
Charly negó levemente con la cabeza, aunque su sonrisa no desapareció.
—Tal vez.
Y durante unos segundos…