El tiempo en un hospital no avanzaba.
Se arrastraba.
Se deformaba.
Se estiraba de maneras incómodas, como si cada segundo se negara a terminar de pasar, como si el mundo exterior siguiera girando con la crueldad intacta de siempre —coches, reuniones, cenas, gente riendo, teléfonos sonando, vidas enteras sucediendo al otro lado del cristal— mientras, dentro de esas paredes blancas, todo quedara suspendido en una especie de espera interminable.
Una espera sin forma.
Sin ritmo.
Sin piedad.
Connor Whitmore no sabía cuántas horas llevaban ahí.
Había dejado de mirar el reloj después de la tercera vez que comprobó, con una mezcla casi ofensiva de incredulidad y frustración, que apenas habían pasado unos minutos.
Cinco.
Siete.
Nueve.
Doce.
El tiempo se estaba burlando de él.
No tenía sentido.
Nada lo tenía.
Porque en ese momento…
nada importaba realmente.
No el manuscrito.
No la editorial.
No Mark.
No la absurda competencia que, hasta hacía unas horas, había ocupado cada rincón de su mente como si de verdad pudiera compararse con algo real.
Nada.
Nada de eso pesaba lo suficiente para sostenerse frente a lo único que ahora existía con claridad.
Charly.
Todo su mundo, por primera vez en muchísimo tiempo, se había reducido a una sola persona.
A una sola respiración.
A una sola presencia temblorosa recostada contra él en la sala de espera más fría del maldito planeta.
Estaba echada sobre las sillas de plástico como si el cuerpo ya no pudiera seguir fingiendo que era capaz de sostener tanto. La cabeza descansaba sobre su regazo, ligeramente ladeada hacia el centro de su abdomen, como si en medio del caos hubiese encontrado ahí un punto mínimo de refugio. Su mano estaba aferrada a la tela de la camisa de Connor con una fuerza casi infantil, tensa incluso en el cansancio, como si soltarlo fuera equivalente a perder el equilibrio por completo.
Connor no se movía.
Apenas respiraba.
No porque temiera incomodarse.
Sino porque había algo frágil en la forma en que ella estaba sostenida sobre él, algo tan inusualmente vulnerable que cualquier movimiento le parecía una posible ruptura.
No quería alterar ese estado precario en el que Charly parecía mantenerse a flote.
Porque Charly Bennett…
no era así.
No era frágil.
No era temblorosa.
No era… esto.
La mujer que él conocía era firme, precisa, afilada incluso en la calma. Era la que resolvía, la que anticipaba, la que siempre parecía tener una respuesta preparada antes de que alguien terminara siquiera de formular la pregunta. La que caminaba por la editorial como si llevara dentro una arquitectura secreta hecha de control, disciplina y voluntad. La que nunca se permitía caer del todo, aunque el mundo a su alrededor se desmoronara.
Pero esa noche…
esa mujer no estaba.
O tal vez sí estaba, solo que rota de una manera que Connor no sabía cómo mirar sin sentir que algo dentro de él se tensaba demasiado.
En su lugar, había alguien más.
Alguien que respiraba con dificultad, como si incluso el aire le costara trabajo. Alguien que se aferraba a él en silencio, sin pedir nada, sin decir nada, pero diciéndolo todo en la forma en que no se soltaba. Alguien que parecía sostenerse únicamente porque su cuerpo había encontrado otro cuerpo al cual entregarle el peso.
Connor bajó la mirada hacia ella.
Su cabello caía ligeramente desordenado sobre su brazo y su muslo, más suelto de lo normal, como si incluso eso hubiera renunciado a mantenerse en su sitio. Su rostro estaba pálido. Había una tensión tenue en la línea de su boca, como si el cuerpo siguiera peleando con el llanto incluso después de haber agotado parte de su fuerza. Tenía los ojos cerrados, pero Connor supo de inmediato que no estaba dormida.
Solo… exhausta.
Abrumada.
Asustada.
La palabra se le clavó en el pecho con una incomodidad rara.
Asustada.
Nunca la había visto así.
Nunca.
Y por alguna razón, eso le resultó mucho más insoportable de lo que debería haber sido.
Connor apretó suavemente la mano que aún sostenía la suya, acomodando los dedos para que su agarre no tuviera que hacer todo el trabajo.
—Está bien —murmuró en voz baja, más para ella que para sí mismo.
No sabía si lo creía.
De hecho, estaba bastante seguro de que no.
Pero necesitaba decirlo.
Porque en ese tipo de lugares uno aprendía rápido que a veces las palabras no se usaban por convicción, sino por necesidad. Porque el cuerpo humano, por muy absurdo que sonara, a veces seguía respirando mejor si alguien al lado repetía que todo iba a estar bien aunque ninguno de los dos supiera si eso era cierto.
La enfermera les había explicado lo básico al llegar.
Un lapso de confusión.
Un tropiezo.
La caída.
La fractura en la pierna.
Lo físico… estaba controlado.
Eso era lo que habían dicho.
Pero había algo más.
Algo que no encajaba.
Y Connor lo había notado desde el instante exacto en que la palabra confusión salió de la boca de la enfermera.
Porque no era solo una caída.
Era lo que la había provocado.
Y había una forma particular en que el personal médico evitaba mirar directamente a la familia cuando algo importante todavía no estaba siendo dicho. Connor conocía lo suficiente a la gente como para detectar ese tipo de silencios. Esa pausa profesional. Ese pequeño rodeo verbal donde uno entendía, incluso antes de que nadie lo confirmara, que había una segunda parte en la historia.
El silencio en la sala de espera se rompía de vez en cuando por pequeños sonidos que, en otro contexto, habrían sido insignificantes: pasos lejanos sobre el piso brillante, una voz amortiguada llamando a alguien por un nombre desconocido, el zumbido constante de máquinas trabajando detrás de paredes cerradas, el pitido intermitente de algún monitor perdido en otra ala del hospital.