El hospital tenía una forma extraña de detener el tiempo.
No importaba cuántas horas transcurrieran ni cuántas veces la luz cambiara detrás de los ventanales del pasillo; todo dentro de esas paredes parecía existir en una misma sensación constante, inmóvil y espesa: la espera. Era como si el aire allí no circulara del todo, como si cada respiración tuviera que abrirse paso entre el olor a desinfectante, el sonido lejano de monitores y el murmullo contenido de familias enteras intentando no desmoronarse en los pasillos.
Charly ya no sabía cuántas veces había mirado el reloj desde que había llegado esa mañana.
Ni cuántas veces había leído el mismo mensaje del médico.
Ni cuántas veces había repetido dentro de su cabeza cada una de las palabras que le habían dicho, intentando encontrarles otra forma, otra interpretación, otra grieta diminuta por la cual pudiera colarse la esperanza.
Pero siempre terminaba en el mismo lugar.
En el mismo miedo.
En la misma idea insoportable.
Y sin embargo, en cuanto cruzaba la puerta de aquella habitación, todo eso desaparecía.
No porque dejara de existir.
Sino porque, dentro de ese pequeño espacio blanco, aséptico, frío… su abuela seguía estando ahí.
Seguía siendo ella.
Y mientras siguiera siendo ella, Charly estaba dispuesta a fingir lo que fuera necesario para sostener esa ilusión un poco más.
La habitación estaba bañada por una luz suave de tarde. Las cortinas entreabiertas dejaban entrar una claridad pálida, y el sol, al filtrarse, convertía el blanco de las sábanas en algo menos hostil. Sobre la mesita auxiliar descansaban un vaso con agua, unas flores que una enfermera había dejado más temprano y la bandeja del almuerzo, que Charly sostenía ahora entre las manos con la misma delicadeza con la que se carga algo irremplazable.
Su abuela estaba incorporada en la cama, con la pierna inmovilizada y acomodada sobre almohadas, una ligera mueca apareciendo cada vez que hacía un movimiento brusco. Su cabello gris, peinado hacia atrás con una simple pinza, dejaba al descubierto ese rostro que para Charly siempre había significado hogar.
Aun así, incluso con el cansancio reflejado en la piel, incluso con la fragilidad que ahora parecía haberse instalado en sus huesos, conservaba intacta esa sonrisa.
Esa sonrisa cálida, pequeña, obstinada.
La misma con la que había enfrentado el mundo toda la vida.
La misma con la que la había criado.
Charly tomó la cuchara, sopló apenas para enfriar la sopa y la acercó con suavidad a los labios de su abuela.
—Un poco más —murmuró, con la voz baja, como si el volumen también pudiera alterar el delicado equilibrio del momento.
Su abuela frunció ligeramente la nariz.
—Me estás alimentando como si tuviera cinco años.
Charly alzó una ceja, sin dejar de sostener la cuchara frente a ella.
—Y aún así te quejas igual.
Eso consiguió una pequeña risa.
Ligera.
Familiar.
Y el sonido le aflojó algo en el pecho a Charly.
Porque mientras ella pudiera reír…
todo estaba bien.
Tenía que estarlo.
Su abuela tomó finalmente la cucharada y luego hizo una pequeña mueca pensativa, como si estuviera evaluando un platillo en un restaurante de lujo y no una sopa insípida de hospital.
—Bueno… —dijo al cabo de unos segundos—. He probado cosas peores.
Charly no pudo evitar sonreír.
—Eso es lo más cerca de un cumplido que te voy a sacar hoy, ¿verdad?
—No te emociones —replicó la mujer con falsa dignidad—. Aún me reservo el derecho a criticar.
Charly soltó una risa breve, la primera genuina del día.
La sostuvo ahí, apenas unos segundos, antes de que el peso de todo lo demás regresara como una sombra que nunca terminaba de irse del todo.
Porque la escena era hermosa.
Sí.
Pero también cruel.
Cruel porque era demasiado fácil imaginar que todo estaba bien cuando la tenía frente a ella de esa manera. Cruel porque el amor tenía esa capacidad perversa de hacerte olvidar por un instante que el mundo seguía rompiéndose aunque tú decidieras no mirarlo.
Su abuela tomó un poco de agua y luego observó la habitación con curiosidad fingida, como si estuviera hospedada en un hotel y no internada después de haberse caído por una escalera.
—Esto no está tan mal —comentó, mirando alrededor—. Podría acostumbrarme a que me consientan.
Charly negó suavemente, intentando seguirle el juego.
—No te emociones. En cuanto salgas de aquí, vuelves a la realidad.
La mujer la miró con una sonrisa astuta.
—¿Y dejar que tú hagas todo? Ni soñarlo.
Charly bajó la vista por un segundo.
Ese tipo de frases, tan sencillas, tan normales, eran las que más daño hacían.
Porque en ellas vivía todo lo que estaba en riesgo.
Todo lo que tal vez un día desaparecería.
Todo lo que tal vez, en algún momento, su abuela dejaría de decir… no porque no quisiera, sino porque su propia mente ya no sabría cómo encontrarlo.
Y entonces llegó el miedo otra vez.
Denso. Helado. Brutal.
Pero Charly lo tragó.
Se obligó a sonreír.
Porque fingir era lo único que podía hacer.
Fingir que el accidente había sido solo eso: un accidente.
Fingir que el diagnóstico todavía no era una amenaza colgando sobre sus cabezas.
Fingir que no estaba observando cada gesto, cada pausa, cada pequeño olvido, como si estuviera intentando adelantarse al momento exacto en que el mundo decidiera arrebatarle también esto.
Y mientras su abuela hablaba, mientras se quejaba del sabor de la sopa, mientras seguía siendo la mujer que siempre había conocido…
Charly se aferraba a cada segundo como si pudiera guardarlo dentro del cuerpo.
Como si pudiera detenerlo.
Como si amar con suficiente fuerza pudiera impedir que algo se perdiera.
No podía.
Pero aun así lo intentaba.