El manuscrito de una falsa historia de amor

Capitulo 30

El orden siempre había sido su refugio.

No una simple preferencia. No una costumbre adquirida con el tiempo. Era algo más profundo que eso. Más antiguo. Más necesario.

Había personas que encontraban paz en la música, en el silencio o en la compañía adecuada. Charly Bennett la encontraba en lo predecible. En las agendas bien estructuradas, en los horarios exactos, en los correos redactados con precisión quirúrgica, en los márgenes alineados de una hoja impresa, en la sensación casi sagrada de que cada cosa estaba exactamente donde debía estar.

El orden no solo le daba calma.

Le daba control.

Y el control, en la vida de Charly, nunca había sido un lujo.

Había sido supervivencia.

Por eso, esa mañana, más que nunca, lo necesitaba.

Su escritorio estaba impecable, como siempre.

Las carpetas descansaban apiladas con una simetría casi obsesiva. Los documentos habían sido clasificados por urgencia, color y área de impacto. Las notas adhesivas estaban distribuidas con una lógica silenciosa que solo ella parecía comprender por completo. Su agenda digital permanecía abierta en una de las pantallas, mientras la otra mostraba un flujo constante de correos pendientes, confirmaciones, reprogramaciones y solicitudes internas que se habían acumulado después de los días que ambos habían pasado lejos de la oficina.

La editorial, como era de esperarse, no se detenía por nadie.

Ni por crisis familiares.

Ni por hospitalizaciones.

Ni por diagnósticos que partían el alma.

Ni por el hecho de que la vida de Charly, en cuestión de semanas, se hubiera convertido en algo que ya no se parecía en nada a la versión de sí misma que había sido antes.

Sus dedos se movían con rapidez sobre el teclado, respondiendo con eficacia casi automática. Ajustando horarios. Confirmando juntas. Reorganizando reuniones que habían quedado suspendidas después de su ausencia. Connor ya estaba de regreso en su oficina, sumergido en trabajo como si el movimiento constante fuera la única forma que conocía de no detenerse a pensar demasiado, y ella…

como siempre…

estaba asegurándose de que todo siguiera funcionando.

Como si nada hubiera cambiado.

Como si todo siguiera siendo simple.

Pero no lo era.

No desde hacía mucho tiempo.

Porque entre correo y correo…

había otro hilo de conversación abierto.

Uno que no pertenecía a la rutina.

Uno que no tenía nada que ver con contratos, propuestas editoriales o juntas internas.

Uno que, en realidad, representaba el siguiente movimiento dentro de una partida que ya no tenía vuelta atrás.

Valeria Montiel.

La wedding planner.

Una de las más reconocidas del país. Exclusiva. Exigente. Con una cartera de clientes donde figuraban apellidos que aparecían en revistas de negocios, columnas sociales y titulares financieros. Según todo lo que Charly había investigado la noche anterior —porque, por supuesto, lo había investigado—, Valeria no aceptaba trabajos que no estuvieran a la altura de su reputación.

Era cara.

Selectiva.

Y absolutamente impecable.

Exactamente lo que necesitaban.

El cursor parpadeaba en la pantalla mientras Charly releía por tercera vez el borrador del correo antes de enviarlo.

«Boda de alto perfil. Evento visible. Invitados clave del mundo editorial y empresarial. Necesitamos discreción en la planeación, pero impacto en la ejecución.

Buscamos una organización impecable, elegante y estratégicamente imposible de cuestionar.»

Sus dedos se quedaron inmóviles apenas un segundo sobre el teclado.

Un segundo mínimo.

Casi insignificante.

Pero suficiente para que algo dentro de ella se tensara.

Porque eso ya no era teoría.

No era una conversación privada con Connor.

No era una posibilidad lanzada en una oficina bajo el impulso de una emoción compartida.

Era un paso real.

Una acción concreta.

Una pieza más dentro de una mentira…

que tenía que ser perfecta.

Charly tragó saliva con discreción.

Y luego…

envió.

El sonido suave del correo saliendo fue casi imperceptible.

Pero para ella…

fue definitivo.

Porque cada decisión de ese tipo las alejaba más de la posibilidad de retroceder.

Cada movimiento volvía todo más visible.

Más difícil de deshacer.

Más real.

Y eso era precisamente lo que necesitaban.

Lo que Connor necesitaba.

Lo que ambos habían decidido construir.

Una historia tan sólida que nadie pudiera derribarla.

Ni Mark.

Ni Richard.

Ni nadie.

—Siempre tan eficiente.

La voz llegó antes que la presencia.

Y Charly no necesitó levantar la vista para saber quién era.

Su cuerpo reaccionó antes que su mente.

Fue apenas un endurecimiento en la espalda. Una tensión súbita en los hombros. El tipo de reacción que no se provocaba por simple antipatía, sino por algo más profundo.

Más instintivo.

Más visceral.

Mark.

El simple sonido de su voz fue suficiente para que algo dentro de ella se tensara con violencia contenida.

Sus dedos dejaron de moverse sobre el teclado.

Respiró.

Una vez.

Dos.

Intentando ignorarlo.

Intentando mantener la compostura.

Intentando convencerse de que no valía la pena.

Pero no funcionó.

Porque segundos después…

lo sintió.

Recargado contra su escritorio.

Demasiado cerca.

Demasiado cómodo.

Demasiado seguro de sí mismo.

Como si tuviera derecho a ocupar su espacio.

—No sabía que ahora también organizabas bodas —añadió él, con ese tono ligero que siempre llevaba algo oculto debajo. Algo afilado. Algo que no terminaba de mostrarse, pero que siempre estaba ahí.

Charly levantó la mirada lentamente.

Y lo vio.

La sonrisa.

Esa sonrisa.

La misma que había aprendido a odiar.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.