El lugar era exactamente como Connor lo habría esperado.
Elegante.
Silencioso.
Excesivamente perfecto.
El estudio de Valeria Montiel ocupaba uno de los últimos pisos de un edificio moderno en la zona más exclusiva de la ciudad, de esos que parecían construidos no solo para impresionar, sino para recordarle a cualquiera que cruzara sus puertas cuánto costaba el privilegio de estar ahí. El acceso privado, el recibidor minimalista, el aroma sutil a madera fina y flores frescas, la luz dorada filtrándose por ventanales enormes… todo estaba diseñado para transmitir una sola idea:
Aquí nada se deja al azar.
Connor lo notó apenas entró.
Y, por supuesto, eso lo puso en alerta.
Porque entendía ese tipo de lugares.
Entendía a las personas que construían su imagen con ese nivel de precisión. Sabía leer el lenguaje del lujo igual que sabía leer una sala de juntas: qué se mostraba, qué se escondía, qué estaba ahí para seducir y qué estaba ahí para intimidar.
El estudio no gritaba opulencia.
La susurraba.
Muebles en tonos neutros impecablemente seleccionados, arreglos florales discretos pero evidentemente costosos, muestras de telas organizadas por textura y temporada, catálogos de diseño alineados con una simetría casi obsesiva, una mesa central amplia cubierta de carpetas de inspiración, tablets electrónicas y pequeñas bandejas con bebidas servidas con una estética tan calculada que parecía parte del decorado.
Todo ordenado.
Todo pensado.
Todo… controlado.
Connor recorrió el espacio con una mirada rápida, silenciosa, metiendo las manos en los bolsillos del pantalón como si eso bastara para recordarle a su cuerpo que seguía en terreno conocido.
Pero esto…
esto no lo era.
Y eso lo incomodaba un poco más de lo que le gustaría admitir.
Porque podía negociar contratos millonarios sin alterar el pulso. Podía sostener una reunión hostil con una sonrisa perfectamente medida. Podía enfrentarse a su padre, a Mark, a la presión de un legado entero descansando sobre sus hombros.
Pero estar ahí…
en un estudio de bodas de lujo…
junto a una mujer con la que fingía estar comprometido…
tenía un tipo de vulnerabilidad completamente distinto.
Uno para el que no estaba entrenado.
—Bienvenidos —saludó Valeria Montiel con una sonrisa profesional y cálida, levantándose de su asiento detrás de la mesa principal—. Connor, Charly… por fin los conozco en persona.
Su voz era pulida, segura, cuidadosamente amable.
Valeria no era una mujer que necesitara elevar el tono para dominar una habitación. Había construido una presencia que se imponía de forma más sutil, más inteligente. Tenía ese tipo de elegancia impecable que no dependía solo de la ropa —aunque, claramente, la ropa ayudaba—, sino de la seguridad con la que habitaba cada gesto.
Connor la observó apenas un segundo más.
Profesional.
Observadora.
Peligrosamente perceptiva.
Perfecto.
Charly correspondió el gesto con naturalidad.
—Gracias por recibirnos.
Connor asintió apenas.
—Un placer.
Valeria los observó con atención.
Demasiada atención.
No de la forma superficial en que alguien mira a una pareja famosa o atractiva.
No.
Era peor.
Los estaba leyendo.
Como si no solo tuviera delante a dos clientes…
sino a una historia entera que intentaba decidir si creía o no.
—Tomen asiento —indicó, señalando las sillas frente a ella—. Antes de hablar de flores, vestidos o locaciones… quiero conocerlos.
Connor arqueó ligeramente una ceja.
—¿Conocernos?
Valeria sonrió con una calma casi divertida.
—Son una pareja que está por organizar una boda importante. Si no entiendo quiénes son juntos… no puedo construir algo que los represente.
Hubo un silencio breve.
Pequeño.
Pero cargado.
Charly intercambió una breve mirada con Connor.
No fue larga.
No hizo falta.
Ese tipo de comunicación ya se había instalado entre ellos con una facilidad que, en otro contexto, habría resultado alarmante.
Estamos en esto juntos.
Connor soltó una exhalación apenas perceptible.
—Bien.
Tomaron asiento.
La silla se sintió demasiado formal.
La mesa, demasiado íntima.
El ambiente, al inicio, fue… extraño.
Había una tensión ligera, casi imperceptible, como si ambos estuvieran caminando sobre una cuerda floja sin decirlo en voz alta.
Porque esta vez…
no había público.
No había familia.
No había Mark.
No había abuelas observando, periodistas esperando o empleados susurrando detrás de sus escritorios.
Solo ellos.
Y una mujer cuyo trabajo consistía, básicamente, en detectar fisuras emocionales y convertirlas en una experiencia visualmente perfecta.
Nada amenazante, en absoluto.
—Cuéntenme —pidió Valeria, apoyando los codos con elegancia sobre la mesa—. ¿Cómo son como pareja?
Silencio.
Un segundo.
Dos.
Connor giró ligeramente el rostro hacia Charly.
Charly lo miró.
Y entonces…
algo cambió.
Fue mínimo.
Pero estuvo ahí.
Como si ambos entendieran, sin necesidad de decirlo, que esta vez no bastaba con repetir un guion aprendido.
No podían responder como si estuvieran memorizando una coartada.
Tenían que sonar reales.
Y lo peor…
era que para lograrlo, tendrían que usar algo de verdad.
—Somos… —empezó Charly, dudando apenas, como si buscara una palabra que no los delatara demasiado— intensos.
Connor soltó una pequeña risa.
Y esa risa salió sola.
—Esa es una forma elegante de decir que discutimos mucho.
Valeria anotó algo con rapidez.
—¿Discuten por qué?
Charly sonrió ligeramente.
—Porque él cree que siempre tiene la razón.
Connor giró hacia ella con una expresión de fingida incredulidad.