El trayecto de regreso a la editorial fue un borrón sin forma.
Charly no recordaba haber cerrado la puerta del auto.
No recordaba el sonido del cinturón ajustándose sobre su cuerpo, ni la voz del conductor preguntando si deseaba que encendiera el aire, ni el desfile de semáforos que seguramente había atravesado en el camino de vuelta al centro de la ciudad.
No recordaba nada concreto.
Solo recordaba la presión.
El peso.
La amenaza.
La voz de Richard Whitmore deslizándose en su mente una y otra vez con la precisión de una cuchilla.
Desaparecerá.
Su mano se cerró ligeramente sobre el bolso que descansaba en su regazo, como si aferrarse a algo físico pudiera anclarla al presente. Como si la textura del cuero bajo sus dedos pudiera impedir que su mente regresara a ese despacho, a esa escena, a la forma en que el mundo había cambiado en menos de un minuto.
Respiró.
Una vez.
Dos.
Lento.
Controlado.
Inútil.
Porque no era ansiedad lo que sentía.
No exactamente.
Era otra cosa.
Algo más hondo.
Más silencioso.
Más peligroso.
Era la certeza de haber visto demasiado.
Y de haber entendido aún más.
Afuera, la ciudad continuaba con su indiferencia habitual. Gente caminando con prisa, taxis deteniéndose en esquinas imposibles, luces de anuncios reflejándose sobre el cristal de los edificios. El mundo seguía girando con una normalidad ofensiva mientras el suyo acababa de inclinarse en una dirección que no sabía cómo corregir.
Cuando el auto se detuvo frente a la editorial, Charly no se movió de inmediato.
Se quedó sentada un segundo más, mirando a través del vidrio polarizado la entrada principal del edificio.
Whitmore & Crown.
Imponente.
Pulcra.
Intacta.
La misma fachada elegante que tantas veces le había parecido sinónimo de estabilidad ahora se alzaba ante ella como una advertencia.
Porque Richard tenía razón en una sola cosa: ese mundo funcionaba bajo sus propias reglas.
Y las reglas nunca habían sido justas.
Charly cerró los ojos apenas un instante.
Después abrió la puerta.
Bajó del auto con la espalda recta, el mentón en alto, el bolso firmemente sujeto en una mano y la carpeta asegurada bajo el brazo.
Como siempre.
Como debía ser.
Porque si había algo que sabía hacer…
era fingir.
Entró al edificio como cualquier otro día.
Saludó a recepción con una inclinación leve de cabeza.
Respondió a dos buenos días con la sonrisa exacta que la ocasión requería.
Ignoró las miradas rápidas, los murmullos dispersos, el ir y venir de empleados que continuaban con su rutina sin sospechar que el suelo bajo sus pies podía quebrarse con una sola verdad mal dicha.
El sonido de sus tacones marcó cada paso sobre el mármol.
Constante.
Preciso.
Seguro.
Un metrónomo perfecto para sostener el derrumbe.
No pensó.
No podía.
Si se permitía pensar, se rompería.
Así que avanzó.
Uno.
Dos.
Tres pasillos.
Hasta llegar a la oficina de Connor.
La puerta estaba entreabierta.
Y desde dentro…
escuchó su voz.
Ligera.
Relajada.
Despreocupada.
—¿En serio hay gente que paga por esto?
Charly se detuvo en seco.
La mano sobre la manija.
El corazón golpeando demasiado fuerte.
—Esto parece una escena de película dramática —continuó Connor con ese tono entre divertido y escéptico que usaba cuando algo lo desconcertaba de forma inofensiva—. Solo falta la lluvia, una violinista en vivo y alguien llorando en una escalera.
Hubo un sonido de papeles moviéndose.
Otra carpeta.
Otra opción.
Otra parte del mundo en la que todo seguía siendo manejable.
—Caballos blancos —añadió, y una pequeña risa escapó de él—. ¿Quieres llegar en caballo, Bennett? Porque si es así, necesito saberlo con tiempo para empezar a reconsiderar todas mis decisiones.
Charly empujó la puerta con suavidad.
Y lo vio.
Connor Whitmore estaba detrás de su escritorio, con varias carpetas abiertas frente a él, el saco colgado en el respaldo de la silla, las mangas de la camisa dobladas hasta los antebrazos, la corbata aflojada lo suficiente para hacerlo parecer menos inaccesible de lo habitual.
Humano.
Demasiado humano.
Su expresión estaba relajada, casi divertida, completamente ajena al hecho de que el aire dentro de los pulmones de Charly seguía sintiéndose prestado.
Se quedó de pie en la entrada.
Observándolo.
Sin hablar.
Sin moverse.
Como si hubiera irrumpido accidentalmente en una escena que no le correspondía.
Como si, de pronto, él fuera algo mucho más frágil de lo que siempre había parecido.
Connor alzó la vista.
Y en cuanto la vio…
cambió.
Fue inmediato.
La ligereza desapareció de su rostro con una rapidez casi brutal. Su postura se enderezó, sus ojos se enfocaron por completo en ella, y algo en su expresión —algo profundamente atento, profundamente real— hizo que el pecho de Charly se cerrara aún más.
—Charly.
Su voz bajó al instante.
Más seria.
Más presente.
Más cerca.
—¿Qué pasa?
Ella no respondió.
No podía.
Porque si abría la boca…
no sabía si saldría una explicación.
O una grieta.
Connor dejó la carpeta sobre el escritorio sin apartar la vista de ella y se levantó de inmediato. Rodeó la mesa con rapidez, acortando la distancia entre ambos en apenas unos pasos.
—¿Pasó algo? —preguntó otra vez, esta vez con la tensión claramente instalada en el cuerpo—. ¿Qué pasó?
Las preguntas llegaron rápido después de eso.
Demasiado rápido.
Demasiado humanas.
Demasiado peligrosas.
—¿Tu abuela está bien?
El nombre de Elena Bennett la atravesó por dentro como una aguja.