El manuscrito de una falsa historia de amor

Capitulo 34

Había decisiones que se tomaban con la cabeza.

Frías.

Lógicas.

Limpias.

Decisiones que se acomodaban dentro de un plan, que nacían de la necesidad, de la estrategia, de la supervivencia.

Otras, en cambio, venían del corazón.

Desordenadas.

Impulsivas.

Imperfectas.

Difíciles de justificar.

Y luego estaban aquellas que nacían de un lugar más profundo.

Más antiguo.

Más íntimo.

Un lugar que no siempre tenía nombre, pero sí memoria.

Un rincón del alma donde se guardaban las cosas que uno había querido antes de aprender a renunciar a ellas.

Como ese sueño.

El del baile.

Charly no recordaba con exactitud cuándo había comenzado. No podría señalar una noche específica, ni una edad precisa, ni un momento concreto en el que esa imagen se hubiera instalado en su interior con la persistencia de una verdad privada.

Pero sí recordaba cómo se sentía.

Siempre.

La música suave.

Las luces cálidas.

Un salón amplio.

Un vestido girando con elegancia mientras la tela flotaba a su alrededor como si tuviera vida propia.

Y unas manos firmes sosteniéndola con seguridad.

Guiándola.

Elevándola al final, como si fuera ligera.

Como si fuera importante.

Como si fuera…

elegida.

Era un sueño de niña.

Uno de esos que nunca se decían en voz alta porque la vida tenía una forma muy eficiente de enseñarte cuáles deseos merecían ser conservados en secreto.

Porque había cosas que pertenecían a las películas, a los libros, a otras personas.

No a ella.

No a la niña que había aprendido demasiado pronto que el amor no siempre llegaba vestido de promesas, ni las bodas de cuento estaban hechas para quienes crecían entendiendo el valor de cada moneda, de cada oportunidad, de cada silencio.

Y, sin embargo…

ahora tenía una boda.

Falsa.

Planeada.

Estratégica.

Una construcción precisa hecha de apariencias, conveniencia y necesidad.

Y aun así…

no había podido evitar querer eso también.

No el vestido.

No las flores.

No la perfección vacía.

Sino ese instante.

Ese único momento.

El baile.

El problema, por supuesto…

era Connor.

—No.

La respuesta fue inmediata.

Cortante.

Definitiva.

—No bailo.

Charly, de pie frente al escritorio de su oficina, cruzó los brazos lentamente y lo observó con una ceja alzada, la paciencia ya tensándose bajo la superficie.

—No es una opción.

Connor levantó la vista de los documentos que estaba revisando con una lentitud deliberada, como si quisiera dejarle claro que estaba haciendo un esfuerzo enorme por siquiera participar en esa conversación.

—Claro que lo es.

—No lo es.

—Charly—

—Connor.

Él se recostó ligeramente en la silla, evaluándola con una mezcla de resignación y sospecha.

—No bailo —repitió, esta vez con ese tono de sentencia que usaba cuando pretendía cerrar un tema sin dejar espacio a discusión.

Una lástima para él.

Porque Charly Bennett no había construido toda su vida cediendo ante hombres que confundían seguridad con autoridad.

—Te vas a casar —respondió con una calma casi clínica—. La gente baila en las bodas.

Connor hizo una mueca.

—La gente con coordinación.

—No necesitas coordinación. Necesitas práctica.

—Necesito un milagro.

—Eso también se puede gestionar con suficiente presupuesto.

Él soltó una pequeña exhalación, sin humor.

—Prefiero firmar otro contrato millonario.

—Prefiero renunciar —replicó ella sin dudar.

Silencio.

Uno breve.

Pero contundente.

Connor dejó el bolígrafo sobre el escritorio con un leve golpe seco.

—Eres insoportable.

—Y tú dramático.

—Soy realista.

—No. Eres cobarde.

Eso sí logró que él alzara la vista por completo.

La observó.

Largo.

Evaluándola.

—¿Acabas de llamarme cobarde en mi propia oficina?

Charly inclinó ligeramente la cabeza.

—Sí.

Connor entrecerró los ojos.

—Valiente movimiento para alguien cuyo salario apruebo personalmente.

—Valiente movimiento para alguien que necesita casarse de mentira y no puede sobrevivir a un vals de tres minutos.

Eso lo dejó en silencio un segundo.

Y luego otro.

Y Charly supo, exactamente en ese momento, que había ganado.

Connor exhaló con resignación, pasándose una mano por el cabello.

—Bien —dijo al fin, con la dignidad herida—. Pero si muero en el intento, vas a explicarle a mi abuela que fue tu culpa.

La sonrisa que apareció en el rostro de Charly fue involuntaria.

Suave.

Real.

Y valió completamente la batalla.

—Acepto el riesgo.

---

El salón de baile era exactamente el tipo de lugar que Charly habría elegido si hubiera querido construir una fantasía con detalles peligrosamente precisos.

Amplio.

De techos altos.

Con una pared entera cubierta por espejos que reflejaban cada movimiento, cada vacilación, cada error con una honestidad cruel.

El suelo de madera brillaba bajo la luz cálida de los focos, y la música instrumental que flotaba en el aire llenaba el espacio con una elegancia tranquila que contrastaba de forma casi ofensiva con la realidad que se desarrollaba en el centro del salón.

Porque Connor Whitmore…

no tenía la menor idea de lo que estaba haciendo.

—Izquierda.

Pausa.

Derecha.

Giro.

La voz del maestro de baile era firme.

Paciente.

Profesional.

O al menos…

lo había sido durante los primeros diez minutos.

Ahora sonaba como la de un hombre que empezaba a cuestionar todas las decisiones que lo habían llevado a ese punto de su carrera.

Charly llevaba ropa deportiva sencilla: leggings negros, una camiseta ajustada y el cabello recogido en una coleta alta que dejaba expuesto su cuello. No había maquillaje, no había artificios, no había nada cuidadosamente construido en ella esa tarde.




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