Había visto demasiados lugares hermosos ese día.
Demasiados.
Jardines perfectamente podados que parecían diseñados para no permitir ni una sola hoja fuera de lugar. Salones con candelabros imponentes, mármol reluciente y ventanales tan altos que convertían la luz de la tarde en un recurso decorativo. Terrazas con vistas estratégicamente pensadas para provocar suspiros, fotografías y la clase exacta de envidia elegante que alimentaba revistas de sociedad y perfiles editoriales.
Todo impecable.
Todo lujoso.
Todo exactamente lo que cualquiera esperaría de una boda como la suya.
Y aun así…
nada.
Connor caminaba junto a Charly y Valeria Montiel con las manos en los bolsillos, escuchando a medias las explicaciones, los beneficios, las cifras, las posibilidades. Su mirada recorría cada espacio con la precisión automática de un hombre acostumbrado a evaluar proyectos, no emociones.
Funcional.
Correcto.
Vendible.
Aprobable.
Pero no…
no sentía nada.
Y eso, más que cualquier otra cosa, comenzaba a irritarlo.
—Esta es una de las favoritas de la temporada —explicaba Valeria con ese entusiasmo perfectamente calibrado que la había convertido en una de las organizadoras de bodas más codiciadas del país—. La pérgola principal puede adaptarse a distintos estilos florales, la luz natural aquí es extraordinaria para fotografía editorial, y además—
—Es bonito.
Connor la interrumpió sin brusquedad, pero sin emoción.
Valeria hizo una pausa.
Charly también.
Las dos lo miraron.
Connor observó la pérgola una vez más: flores blancas cuidadosamente dispuestas, un camino de piedra impecable, sillas de madera clara alineadas con exactitud.
Era bonito.
Sí.
Inobjetablemente bonito.
—Pero no —añadió él después de un momento.
Valeria ladeó apenas la cabeza.
—¿No?
Connor sostuvo la vista al frente.
—No es.
No terminó la frase.
Porque ni siquiera sabía cómo hacerlo.
No es suficiente.
No es correcto.
No es nosotros.
Eso último fue lo que finalmente entendió… pero no en ese momento.
Aún no.
La jornada continuó.
Y cada lugar fue peor que el anterior, no porque fueran feos, sino porque todos parecían responder exactamente a la misma lógica que Connor había pasado la mayor parte de su vida aprendiendo a tolerar.
Impacto.
Percepción.
Prestigio.
Apariencia.
Todo estaba pensado para ser visto.
Admirado.
Comentado.
Pero nada parecía hecho para ser vivido.
Y quizá ahí estaba el problema.
Porque, por primera vez desde que comenzó toda aquella farsa cuidadosamente construida, Connor no estaba buscando impresionar a nadie.
No de verdad.
Quería otra cosa.
Y el hecho de no saber nombrarla con claridad lo tenía más inquieto de lo que estaba dispuesto a admitir.
La última locación fue una finca moderna a las afueras de la ciudad, con muros de piedra clara, una fuente central y una extensión de césped tan perfecta que parecía artificial.
Valeria hablaba de posibilidades logísticas, de flujos de invitados, de zonas para recepción y ceremonia.
Connor apenas la escuchaba.
Su mirada estaba en otra parte.
No exactamente en el lugar.
Sino en Charly.
La observó de reojo mientras ella revisaba un catálogo que Valeria le había entregado. Tenía el ceño apenas fruncido en ese gesto suyo tan característico cuando analizaba algo en serio, una mano sosteniendo las hojas y la otra acomodando distraídamente un mechón de cabello detrás de su oreja.
Concentrada.
Serena.
Presente.
Y de pronto…
el problema dejó de ser el lugar.
Porque ninguno de esos espacios se sentía como ella.
Y por extensión…
ninguno se sentía como ellos.
Connor apretó apenas la mandíbula.
No le gustaba el rumbo que estaban tomando sus propios pensamientos.
No porque fueran equivocados.
Sino porque eran demasiado claros.
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El trayecto en coche hacia la siguiente locación fue silencioso.
No incómodo.
Pero sí cargado de algo que Connor no lograba definir.
Apoyó el brazo en la puerta, mirando por la ventana mientras la ciudad pasaba en un borrón de movimiento constante: semáforos, fachadas, personas caminando deprisa, el mundo entero avanzando con la indiferencia habitual de una tarde cualquiera.
Su mente, sin embargo, estaba quieta.
Demasiado quieta.
Eso tampoco era normal.
Connor Whitmore no era un hombre indeciso.
Podía tardar en confiar, podía tardar en ceder, podía tardar en decir lo que pensaba si no le convenía hacerlo… pero no dudaba.
No cuando se trataba de trabajo.
No cuando se trataba de estrategia.
No cuando se trataba de elegir.
Siempre sabía lo que quería.
Siempre.
Pero ese día…
no.
Y no era porque ninguna opción fuera buena.
Era peor.
Era porque ninguna importaba.
—¿Ninguno te gustó?
La voz de Charly lo sacó de sus pensamientos.
Giró apenas el rostro.
Ella estaba recostada contra el asiento, con el cansancio suavizando sus facciones sin restarle presencia. Habían pasado horas moviéndose de un lugar a otro, y aun así seguía ahí, atenta, observándolo con esa clase de inteligencia silenciosa que siempre lograba atravesarlo más de lo que él deseaba.
—Sí… me gustaron —respondió.
Y era verdad.
Todos eran buenos.
Excelentes, incluso.
—Pero… —insistió ella, sin quitarle la mirada de encima.
Connor exhaló lentamente.
—No eran nosotros.
El silencio que siguió no fue de sorpresa.
Fue de análisis.
Sintió su mirada sobre él.
Más fija ahora.
Más cuidadosa.
—¿“Nosotros”? —preguntó al cabo de un momento.
Connor asintió una sola vez.
Lenta.