El manuscrito de una falsa historia de amor

Capitulo 37

El sonido del golpe aún vibraba en sus nudillos.

Seco.

Directo.

Satisfactorio… y, al mismo tiempo, profundamente insuficiente.

Connor no recordaba haberse movido.

No recordaba haber cruzado el espacio entre la puerta del balcón y el cuerpo de Mark.

No recordaba el instante exacto en que su respiración cambió ni el segundo preciso en que dejó de pensar.

Solo recordaba la imagen.

La única imagen que importaba.

Mark.

Demasiado cerca.

Su mano sujetando el brazo de Charly.

Su cuerpo invadiendo el espacio de ella.

Y sus labios…

sobre los de ella.

Algo dentro de Connor se había roto en ese instante.

No con estruendo.

No con dramatismo.

No como un hombre pierde el control en una escena digna de espectáculo.

Sino con una precisión fría.

Peligrosa.

Como si una parte de él —la más contenida, la más disciplinada, la más entrenada para sonreír mientras lo devoraban por dentro— hubiera dado un paso atrás.

Y hubiera dejado salir algo más antiguo.

Más primitivo.

Más honesto.

Más brutal.

Mark cayó al suelo con un golpe sordo, apenas alcanzando a sostenerse con una mano antes de levantar la mirada.

Y aun así…

sonreía.

Eso fue lo peor.

No el beso.

No la provocación.

No la falta absoluta de límites.

Sino esa maldita sonrisa.

Esa forma de mirar al mundo como si todo le perteneciera.

Como si pudiera tocar, invadir, manipular y salir ileso.

Connor dio un paso al frente.

Lento.

Medido.

Pero cada músculo de su cuerpo estaba tenso, preparado, listo para algo que ya no tenía que ver con palabras.

Su saco estaba abierto. La respiración más pesada de lo habitual. Los puños cerrados con tanta fuerza que el dolor en las manos apenas comenzaba a registrarse.

El aire de la noche era frío.

Pero él ardía.

—¿Hasta dónde piensas llegar? —su voz fue baja.

Peligrosamente baja.

No era un grito.

No era una explosión.

Era peor.

Era la clase de tono que obligaba a cualquiera con sentido común a retroceder.

Mark escupió un poco de sangre al lado, limpiándose el labio con el dorso de la mano. Giró apenas el rostro y sonrió de nuevo, aunque esta vez había tensión en la comisura de su boca.

—Relájate, primo —respondió, como si nada—. Solo fue un beso.

El aire se volvió más pesado.

Connor sintió cómo algo le recorría la espalda.

Un escalofrío oscuro.

Una furia tan limpia que casi parecía calma.

—Vuelve a decir eso —murmuró.

Mark se incorporó lentamente.

No del todo estable.

Pero orgulloso.

Siempre orgulloso.

Siempre estúpidamente seguro de que podía salirse con la suya.

—¿Qué? —ladeó la cabeza, limpiándose la sangre del labio otra vez—. ¿Que besé a tu prometida?

El segundo golpe llegó antes de que alguien pudiera respirar.

Más rápido.

Más duro.

Más preciso.

Connor no pensó.

No midió.

No calculó.

Solo reaccionó.

El impacto resonó en el balcón con una violencia seca que hizo vibrar el silencio alrededor de ellos.

Mark retrocedió un paso esta vez, manteniéndose en pie por puro orgullo, pero con la respiración ligeramente alterada y una sombra de sorpresa cruzándole el rostro.

Y eso…

eso fue lo único remotamente satisfactorio.

Connor avanzó un paso más.

—Te advertí —dijo, su voz ahora más firme, más clara, más letal—. Te advertí que no te acercaras a ella.

Mark soltó una risa breve, irónica, aunque esta vez le costó un poco más.

—¿O qué? —escupió hacia un lado—. ¿Me vas a golpear cada vez que lo haga?

Connor dio otro paso.

Uno lento.

Deliberado.

Una sentencia con forma de movimiento.

—Sí.

No hubo duda.

No hubo sarcasmo.

No hubo teatro.

Solo verdad.

Y eso…

eso cambió algo en el ambiente.

Porque Mark dejó de sonreír por un segundo.

Solo uno.

Pero fue suficiente.

Connor lo vio.

Lo registró.

Y una parte de él, la más oscura, la más honesta, la más cansada de años de juegos familiares, quiso seguir.

Quiso dejar de ser razonable.

Quiso dejar de ser el hijo correcto, el heredero funcional, el hombre que siempre encontraba una forma elegante de contener el desastre.

Quiso romperle algo.

Algo más que la boca.

Algo más que la arrogancia.

—Esto ya no es un juego limpio, ¿verdad? —añadió Connor, con la mirada fija, afilada—. Amanda no fue suficiente. Meterte en la empresa tampoco.

Su mandíbula se tensó con fuerza.

—Ahora esto.

El silencio se cargó de tensión.

No de esa tensión teatral de una discusión social.

Sino de la otra.

La real.

La que precede a la violencia.

La que deja claro que un paso más puede cambiarlo todo.

—No te cansas, ¿o sí? —preguntó Connor.

Mark lo observó.

Midiendo.

Calculando.

Como si aún estuviera buscando la forma de convertir eso en una ventaja.

Como si incluso con el labio partido y el orgullo hecho pedazos siguiera creyendo que podía ganar.

—Tú tampoco estás jugando limpio —respondió finalmente.

Connor soltó una risa seca.

Vacía.

—¿Ah, no?

—No creo que ese compromiso sea tan real como quieres hacer ver.

Connor dio otro paso.

Demasiado cerca ahora.

Lo suficiente para obligar a Mark a alzar ligeramente el rostro.

—Ten cuidado con lo que dices.

Mark sostuvo su mirada.

Y por un instante, ambos volvieron a ser niños en una guerra que nadie había detenido a tiempo.

Connor, el hijo que siempre tenía que demostrar.

Mark, el primo que siempre aparecía cuando había algo que quitarle.

—¿O qué? —replicó Mark—. ¿También me vas a golpear por decir la verdad?

Connor no respondió de inmediato.




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