El manuscrito de una falsa historia de amor

Capitulo 39

La lluvia golpeaba los ventanales con una constancia casi hipnótica.

Era de esas noches en las que la ciudad parecía rendirse. El ruido habitual —motores lejanos, sirenas aisladas, voces dispersas en la calle— se había disuelto bajo el murmullo incesante del agua cayendo sin descanso. Desde su habitación, Connor podía escuchar cada gota como si el mundo entero se hubiera reducido a ese sonido… y al eco insoportable de sus propios pensamientos.

Y ahí estaba el problema.

Pensaba demasiado.

Giró sobre las sábanas por enésima vez, apartando la manta con un gesto impaciente. La luz tenue de la lámpara junto a la cama recortaba sombras suaves sobre el techo, y él se quedó mirándolo como si, en algún punto entre las grietas de la pintura y la penumbra, fuera a encontrar una respuesta que no había sabido darse en toda la noche.

Pasó una mano por su rostro.

Exhaló con frustración.

—Eres un idiota… —murmuró al vacío.

Porque lo era.

Claro que lo era.

El beso.

Dios.

El maldito beso.

Cerró los ojos con fuerza, como si eso pudiera borrar la memoria, pero lo único que consiguió fue revivirlo con más claridad. La forma en que Charly había respondido. La manera en que sus manos se aferraron a él. El calor de su cuerpo tan cerca. La sensación devastadora y perfecta de haber cruzado una línea que llevaba demasiado tiempo fingiendo no ver.

Y luego…

la duda.

¿La había asustado?

La idea le golpeó el pecho con más fuerza que cualquier discusión que hubiera tenido en su vida.

Connor abrió los ojos de golpe y dejó escapar una exhalación seca, casi irritada consigo mismo.

No había pensado.

No había analizado.

No había hecho ninguna de las cosas que lo convertían en Connor Whitmore: el hombre que siempre calculaba, que siempre tenía un plan, que rara vez se permitía actuar por impulso.

Simplemente…

la había besado.

Porque lo necesitaba.

Porque no soportaba la imagen de Mark tocándola.

Porque no había podido seguir fingiendo que lo ocurrido en ese balcón no le había abierto algo salvaje en el pecho.

Porque—

—Maldita sea…

Se incorporó de golpe, sentándose al borde de la cama con los codos sobre las rodillas. Pasó ambas manos por su cabello desordenado y dejó la cabeza caer un segundo, respirando como si eso pudiera poner orden en el desastre.

Decir que se arrepentía sería mentira.

Una completa hipocresía.

Porque no lo hacía.

No se arrepentía del beso.

Se arrepentía de no haber sabido qué hacer después.

De haberse ido.

De haberla dejado ahí con el corazón latiéndole entre los labios y ninguna explicación real.

Había querido besarla desde hacía tiempo.

Mucho antes de admitirlo siquiera.

Mucho antes de que la idea de perderla empezara a parecerle algo insoportable.

Pero eso no quitaba el hecho de que podía haberlo arruinado todo en un segundo.

¿Qué tal si mañana llegaba a la oficina y ella…?

Se quedó quieto.

La idea terminó de formarse en su mente con una claridad devastadora.

¿Qué tal si rompía el compromiso?

¿Qué tal si decidía que todo había sido demasiado?

¿Qué tal si retrocedía?

¿Qué tal si elegía poner distancia, cerrar la puerta, fingir que ese beso nunca había ocurrido?

La sola posibilidad le apretó el pecho con una fuerza ridícula.

Porque ahí estaba la verdad, desnuda y brutal:

no quería perderla.

No quería perder la forma en que ella lo miraba.

Ni su voz al otro lado del teléfono.

Ni su presencia silenciosa al final de días imposibles.

Ni la manera en que se había convertido, sin que él lo notara a tiempo, en el único lugar donde realmente descansaba.

Los golpes en la puerta lo sacaron de golpe de sus pensamientos.

Connor frunció el ceño.

¿A estas horas?

Su cuerpo se tensó automáticamente.

Su mente, aún agitada, fue directo a lo peor.

Mark.

O su padre.

Ninguna opción era buena.

Se levantó de la cama con paso firme, la molestia regresando a su cuerpo como una segunda piel. Caminó hacia la puerta sin molestarse en encender más luces, con la mandíbula apretada y el ceño fruncido, preparado para una confrontación que no quería, pero que tampoco iba a evitar.

Abrió la puerta con más fuerza de la necesaria.

—¿Qué parte de “aléjate de—?

Las palabras murieron en su garganta.

Porque no era Mark.

No era su padre.

Era Charly.

De pie frente a él.

Empapada.

Completamente empapada.

El cabello oscuro pegado a su rostro y a su cuello, la ropa oscurecida por la lluvia, pequeñas gotas deslizándose por su piel como si la noche misma se hubiera aferrado a ella. Sus mejillas estaban ligeramente enrojecidas por el frío, su respiración un poco agitada, y había algo en su expresión que Connor no había visto nunca tan claro:

decisión.

Connor se quedó en silencio.

Completamente.

Su mente tardó un segundo en reaccionar.

—Charly… ¿qué—?

No terminó.

Porque ella se movió.

Rápido.

Decidido.

Sin darle tiempo a nada.

Se lanzó hacia él.

Connor reaccionó por puro instinto, sujetándola antes de que pudiera siquiera pensar en lo que estaba pasando.

Y entonces…

lo besó.

No hubo duda.

No hubo pausa.

No hubo explicación.

Solo ese beso.

Urgente.

Desesperado.

Cargado de todo lo que había quedado suspendido entre ellos horas antes.

Como si el silencio del auto, la distancia en la entrada del edificio, el miedo, la contención, todo…

se hubiera acumulado hasta estallar en ese instante.

Las manos de Charly se enredaron en su cabello, tirando apenas de él, acercándolo más.

Connor sintió el mundo inclinarse.

Porque no era él esta vez.

No era su impulso.

No era su necesidad tomando el control.




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