El manuscrito de una falsa historia de amor

Capitulo 40

El sonido del despertador irrumpió en la habitación como una traición.

Agudo.

Insistente.

Absolutamente inoportuno.

Connor frunció el ceño sin abrir los ojos, moviendo la mano con torpeza hasta encontrar el aparato sobre la mesita de noche. Lo apagó de un manotazo, con la intención muy clara de ignorar la existencia del mundo por al menos una hora más.

Porque, por primera vez en mucho tiempo…

no tenía prisa.

Se acomodó entre las sábanas, buscando esa tibieza precisa que invita a quedarse, a no pensar, a no hacer nada más que existir en ese punto exacto entre el sueño y la realidad.

Y entonces…

la sintió.

No fue inmediato.

Fue sutil.

El roce de otro cuerpo.

El calor.

La respiración suave que no era la suya.

Connor abrió los ojos.

Lento.

Con cuidado.

Como si cualquier movimiento demasiado brusco pudiera romper algo.

Y la vio.

Charly.

A su lado.

Dormida.

Con el rostro apenas girado hacia él, el cabello desordenado cayendo sobre la almohada en una maraña oscura y hermosa, una mano descansando cerca de su pecho como si, incluso dormida, su cuerpo siguiera buscándolo.

Y entonces…

todo regresó.

De golpe.

La lluvia.

La puerta abriéndose.

Sus labios.

La forma en que ella lo había besado primero.

Las confesiones dichas entre respiraciones temblorosas y verdades demasiado tiempo contenidas.

Sus palabras.

Las de ella.

El te amo que había salido de sus labios sin cálculo, sin defensa, sin miedo.

La sonrisa apareció en su rostro sin que pudiera evitarlo.

Lenta.

Amplia.

Real.

—Dios… —murmuró apenas, más para sí mismo que para nadie.

Charly era su chica.

La idea se asentó en su mente con una certeza abrumadora.

Suya.

No como posesión.

No como algo que pudiera retener por fuerza o reclamar por derecho.

Sino como elección.

Como verdad.

Como un lugar al que ambos habían llegado después de demasiadas vueltas.

Suya…

y él de ella.

Connor apoyó la cabeza ligeramente en la almohada, girándose apenas para observarla mejor.

Y lo hizo.

La miró como quien contempla algo demasiado valioso como para apartar la vista.

Sin prisa.

Sin distracciones.

Memorizando.

La forma en que sus pestañas descansaban sobre sus mejillas. La ligera curvatura de sus labios, todavía suaves por el sueño. La tranquilidad rara y preciosa que reflejaba su rostro ahora que no estaba cargando con el mundo entero sobre los hombros.

Era hermosa.

Pero no de una forma superficial.

No como la belleza fácil, obvia, vacía de las cosas diseñadas para impresionar.

Era hermosa de una forma inevitable.

Como si todo en ella tuviera sentido.

Como si incluso sus silencios tuvieran una lógica que el resto del mundo no merecía entender.

Connor extendió la mano con cuidado, apartando un mechón de cabello de su rostro con una suavidad que nunca habría creído posible en sí mismo.

Y en ese momento…

Charly se movió.

Sus párpados temblaron ligeramente antes de abrirse.

Sus ojos tardaron un segundo en enfocarse.

Y cuando lo hicieron…

lo vieron a él.

Connor no pudo evitarlo.

Le sonrió.

No una de sus sonrisas arrogantes.

No una calculada.

No una de esas que usaba como armadura frente al mundo.

Sino una completamente desarmada.

—Buenos días… —murmuró.

Charly parpadeó un par de veces, todavía atrapada entre el sueño y la conciencia, y por un instante simplemente lo miró. Como si también estuviera recordando. Como si el peso dulce de la noche anterior estuviera acomodándose dentro de ella con la misma mezcla de incredulidad y certeza.

—Buenos… —empezó a decir, la voz ronca por el sueño.

Pero Connor no la dejó terminar.

Porque se lanzó sobre ella.

Literalmente.

Charly soltó un pequeño sonido de sorpresa cuando Connor la rodeó con los brazos y la atrajo contra él con una intensidad completamente absurda para alguien que, hacía menos de un minuto, parecía medio dormido.

—Connor— —intentó decir, ya riéndose.

Pero tampoco la dejó terminar esa vez.

Porque empezó a llenarla de besos.

En la mejilla.

En la frente.

En la nariz.

En la mandíbula.

En cualquier centímetro de piel que encontraba.

Desordenado.

Torpe.

Pero absolutamente sincero.

—¿Qué haces? —preguntó ella entre risas, intentando apartarlo sin éxito real.

—Estoy celebrando —respondió él con total seriedad… mientras la besaba otra vez.

Charly soltó una risa más clara, esa risa suya que siempre sonaba como si tuviera luz propia.

—¿Celebrando qué?

Connor se detuvo solo lo suficiente para mirarla.

Y su expresión…

era peligrosamente honesta.

—Que eres mi novia.

Una pausa.

Sus manos la apretaron un poco más contra él.

—Oficialmente.

Charly rodó los ojos, aunque la sonrisa en sus labios la delataba por completo.

—Connor, ya éramos prometidos.

—Sí, pero eso era mentira —respondió él con la naturalidad de quien expone una verdad irrefutable—. Esto…

Se inclinó para dejar un beso suave, lento, deliberado en sus labios.

—Esto es real.

El corazón de Charly pareció acelerarse bajo sus manos.

Y Connor…

lo sintió.

Lo disfrutó.

Lo atesoró.

Porque por primera vez, no había necesidad de traducir nada.

No había que leer entre líneas.

No había que adivinar.

Ella estaba ahí.

Con él.

De verdad.

—Además —añadió, acomodándose mejor sobre ella como si no tuviera intención alguna de moverse en el futuro cercano—, creo que estoy enfermo.

Charly frunció el ceño, aunque la diversión seguía bailando en sus ojos.

—¿Enfermo?




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